La silla

Tenemos mucho gusto en presentarles la colaboración que envió una de nuestras atrevidas, Lupita Zubieta, a propósito de la representación teatral organizada por Demac que se llevó a cabo en el estado de Puebla con motivo de la presentación de su libro Mensaje póstumo:

…Y la vida es uno mismo
Y uno mismo es los otros.
Juan Carlos Onetti

La silla

Ayer en la noche acudí a la representación de Mensaje Póstumo. La sala se llenó y yo pude encontrar una silla vacía en una esquina. Ayer te volví a ver, madre, en tu cama, cubierta con la sábana blanca, con tu pelo esparcido sobre la almohada y con tu sonda; el líquido que traía adentro era del mismo color de tu bilis. Yo, en la silla del espectador y frente a un escenario con poca luz, permití que la sombra de ese pasado se apoderara de mí. Ayer en la noche volviste a hablar, a moverte y te pedí de nuevo que rezaras por mí. Yo, parte del público, me sentí aturdida, como si mis obsesiones estuvieran frente a un espejo cóncavo donde el cuerpo, el rostro, los ojos se reflejaran distorsionados, y comprendí que así fue la amargura de nuestros corazones. Contemplar desde afuera un trazo de nuestras vidas me regresó al mundo de los inadaptados, acudí de nuevo con la tanatóloga y con ella volví a estar en la orilla del precipicio, caminando de puntitas para no caer al vacío de la existencia. La voz de la conciencia me recordó que tu muerte la traía pegada en las vísceras. ¡Cuántos afanes en esos tiempos, madre! ¡Cuántas sillas que impedían que yo encontrara la mía propia! ¿Cuántas fueron? ¿La del hospital, aquella del consultorio, esa otra de tu recámara o la de la funeraria, donde me sentí sin centro, sin lugar, perdida? Cuando se encuentra la silla de la infancia, la vida puede ser más soportable.

Una niebla bajó a mis ojos aguados y, como en un vidrio empañado por el vaho del tiempo, vi a madre e hija que luchaban por tocarse a través de movimientos torpes y, entre tropiezos, por amarse; elegía que resucitó el paisaje de nuestros últimos días en tu cuarto como una fotografía borrosa. Ayer, las estudiantes de actuación fueron el espejo retrovisor para decirme: ¡Mira! ¿Cómo te sientes? Y, desde mi silla, vi delirio y me sentí vagabunda en busca de una perspectiva; limosnera que mendigaba briznas de cariño en un mundo kafkiano, amorfo, sin contorno, donde la ignorancia y abandono coexistían. La copa semi vacía que he llevado en el corazón desde tu partida se desbordó anoche, hasta pude ver las burbujas de un licor, adormecido por la nostalgia, hirviendo en mi espíritu. 

Llegó el momento de tu muerte y me asaltaron las imágenes de la última vez. De nuevo el espejo oblicuo y los demonios que, entre gestos y muecas, se miraban mascullando:

Madre, ayuda a tu hija a ser madre… Ayuda a todas las madres a criar con paciencia y sacrificio…
Virgen del parto…
En el calor de tu hogar…
En un estanque fangoso…
Madre silenciosa…
Ruega por mí… ruega por mí.

Se obtuvo un silencio más fuerte que el sonido mientras las luces del escenario se iban apagando, poco a poco. Aplausos. De nuevo las luces, las actrices agradecían. Yo me levanté de mi asiento para aclamarlas, pero en realidad estaba aplaudiendo tu muerte. Dicen que cada uno descubre en el arte lo que tiene destinado a ver en su alma. Tuve que asistir el 16 de julio de 2009, día de tu cumpleaños, a un performance donde se representaba tu agonía para escuchar tu voz: Hija, yo estoy bien… Fue como si tu verdadera muerte estuviese ocurriendo, entre palmadas y efectos de sonido, tras bastidores para quitarse el maquillaje y ponerse la túnica para un sueño lúdico sobre horas de plenilunio. Yo, en mi silla, aún con los ojos húmedos, ya no necesité de una tanatóloga para enfrentar tu muerte. Estuvimos listas para triunfar sobre ella y sobre el tiempo. La grandeza no llega en momentos malos, sino cuando nos hemos alejado de la oscuridad del valle más profundo.

Reparé que las sillas de entonces provenían de ese lugar donde viven y se mecen los terrores infantiles, donde crecen, palpitan y se esconden invisibles. Mi silla de ahora, madre, es un lugar donde soy protagonista y no comparsa; el espejo un cristal donde siento ternura por mi espanto y la muerte se ha convertido en mi telón de fondo que vigila pero no asusta.
 

Con admiración, respeto, agradecimiento y cariño a los estudiantes de Teatrofilia:
Iris García
Gabriela Cortés
Selene Avendaño
Iliana Flores
Adaptación: Iris García
Dirección: Marco Polo Rodríguez
Asistencia y Musicalización: Roberto del Castillo

Sorprende la capacidad humana de la actriz para producir y recrear cosas y luego volverlas a repetir. Es el don de ver aquello que no está al alcance de los demás. Esto es lo maravilloso de la actuación, hay personas que nos pueden mostrar el misterio de la nobleza del sufrimiento humano.

Guadalupe Zubieta Valenzuela