Tenemos mucho gusto en presentarte a María Teresa Figueroa Damián, quien publicó el cuento que hoy nos comparte, La Señal, en el libro colectivo "El Otoño Come su Hoja" de la editorial Los Papeles de Cruzoe… Disfrútala…
La Señal
Ma. Teresa Figueroa D.
¿Recuerdas? Del suelo se desprendía un vapor húmedo, la tierra era un cántaro nuevo. Quejido de grillos, muy lejos el mugido de algún becerro extraviado. En la noche atávica eras un manojito de vida. La retama se cimbraba con los truenos.
Fue una noche de tormenta, hacía rato que se había apagado el aparato de petróleo, dormíamos. Recuerda esas noches de tiempo de aguas, espesas de lluvia y oscuridad. El relámpago cegador y el suelo que temblaba. La tormenta intensa, estruendosa. Se escuchó el atronar del río. Los golpes de troncos y piedras contra el puente. Los perros aullaban y “el cuinique” daba trotecitos cortos para un lado y para el otro.
El agua encharcó el corra, subió hasta la casa. Desperté con los gritos: “el río se desbordó”, “ámonos a la lomita” “todos pa’la lomita”. Entonces tú mamá: “¡la niña! ¿Quién se llevó a la niña?” No estabas. Nadie te había visto. Bajo aquella tormenta aplastante empezamos a buscarte. Se perdió una niña. Todavía no camina, seguro se cayó del canchiri y se la llevó el río.
“¡Busquen a la niña!” Tu mamá aullaba. Tu padre organizo a varios hombres para que fueran a buscarte. “¿Cómo con esta creciente? Tienen que esperar, no se distinguen ni las piedras del camino.” Con dolor, con desasosiego, como si te estuviéramos abandonando corrimos a la loma.
Muchas horas, mucho tiempo, silencio de frío y miedo. La lluvia se fue aligerando, las gotas se convirtieron en brisa y detrás del cerro ya clareaba. Tus padres y con ellos los hombres y las mujeres del rancho iniciaron la búsqueda, ni quién se acordara de las cosas que seguro había arrastrado la corriente.
Entre la lomita y el caserío, en medio de la huizachera oímos un balbuceo confundido con el trino de los primeros pájaros. ¡La niña!, ¡La chamaquita! Ahí estabas, sentadita, jugando con la tierra húmeda. No te veías asustada, apenas tu cabello un poco húmedo. Tu cuerpo tierno sin lastimaduras. Tu mamá te recogió. Regresamos a ver lo que quedó de nuestras casas. Los vecinos inquietos y azorados. Los miré a los ojos, uno por uno, con calma, con cuidado. Ellos saben que de esto no se habla. ¿Recuerdas?
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