Talladoras de Palabras

Septiembre, 2010

Segundo Secreto Chatita

LOS GUIJARROS PARLANTES
TRES VIDAS EN UNA…y una vida de las tres…

Mi abuela. Ella era una mujer muy fuerte, con una personalidad avasalladora, inteligente y además simpática. Siempre estaba rodeada de amistades, a pesar de que en esa época estaba en silla de ruedas. Vivíamos con mi familia, a las afueras de Santiago, en El Arrayán, que vendría a ser el cajón del Rió Mapocho. No teníamos auto, éramos 6 hermanos, tres hombres y tres mujeres, las menores todas mujeres. Soy la menor de todos mis hermanos y la menor de las mujeres, en ese tiempo tenia una enfermedad. Mi hermana mayor, Isabelina  tenia el síndrome cilíaco, que no era muy conocido en Chile y el mundo, y es por eso que Isabelina se la pasaba enferma, cualquier virus se pegaba. Volviendo a la idea, mi abuela adoraba a Isabelina, pues era la primera mujer de sus nietos, además de tener esta extraña enfermedad. Salíamos todos los días a las 6 de la mañana a tomar el autobús toda la familia, pues mi madre trabajaba en un consultorio médico de enfermera, y mi padre trabajaba en pleno centro de Santiago. Así es que era genial ver a esta familia tomar el autobús, todos los niños tomados de la mano. Yo, como era la mas pequeña, entraba al colegio en la tarde, así es que me iba a la casa de mi abuela, me metía en su cama y volvía a dormirme para despertar tipo 11 de la mañana, con un rico yogurt, para hacer mis tareas. Un recuerdo que me dejó marcada de ella fue que yo me torcía con mucha facilidad los tobillos, y una vez me lo torcí en el colegio, llegué a casa de mi abuela, y ella , con silla de ruedas y todo, se acercó a mi, y me dijo, ”tu siempre me masajeas las piernas, ahora yo te voy a cuidar”. Creo que me impresionó, pues para mi, a pesar de tenerla tan cerca, la sentía muy lejana, muy poderosa, y que ella me hubiera cuidado a mi fue lo mas emocionante de mi existencia.

Mi madre. Mi madre es, como su madre, mi abuela, una persona fuerte, sólida, cultísima, sabia, inteligente, muy humana. Me encantaría ser como ella a su edad, 87 años.

Mi madre. La palabra clave de ella: Fe. Fue criada en una familia tradicional, aristocrática, y rica, en Chile. Mimada, pero nunca dejaron de inculcarle la responsabilidad social. Cuando salió del colegio quiso estudiar medicina, pero su padre se lo impidió, ya que, le dijo, esa era una profesión de hombres. En esos años, los años 40, era muy difícil para una mujer, acá en Chile, poder acceder a estudiar una carrera, una profesión. Por lo tanto, mi madre estudio enfermería.
Al graduarse, mi madre no ejerció su profesión, fue hasta después de nacer yo que la retomó y trabajó 15 años ejerciéndola, antes de eso ella quería trabajar, así es que comenzó a prestar sus servicios en una repartición pública, en el departamento de Bienestar. Pasaron los años, y mi madre conoció a mi padre en Chuquicamata, una ciudad al norte, en la que está la mina de cobre más grande a tajo abierto del mundo. Mi padre trabajaba en las oficinas de la mina. Se enamoraron y mi madre volvió a Santiago estando de novia con mi padre y mantuvieron correspondencia por un año y medio hasta que se casaron...

Como matrimonio, puedo decir que tuvieron una vida feliz. Pero mi padre era un soñador. Fue un desheredado por la guerra, y siempre quiso volver a tener el estándar de vida que había tenido cuando joven, antes de venirse a Chile, ya que mi padre era Italiano, hijo de madre chilena. Provenía de una antigua familia noble de la Toscana, específicamente Florencia.

Volviendo al tema, como decía, era un soñador empedernido, se metía en una cantidad de negocios que nunca resultaban. Eso significaba que mi madre tuvo siempre que ponerle el hombro, vender todo lo que podía para poder salir de la debacle, y es así como se deshizo de todas sus joyas y bienes. Pero ella nunca se quejó, jamás se deprimió, siempre salió adelante con nosotros, con todos, a pesar de haber perdido a mí hermana Isabelina cuando la nena tenía 11 años. Ella tiene tanta fe, que su fe es capaz de sobrevivir a todos los cataclismos.

Mi amiga Jackie. Ella, con solo una palabra, me cambió la vida en 180 grados.

Esa palabra fue amor. Ella me dio amor, apoyo, amistad, me hizo ver la vida de otro modo, ese modo fue que no podía ser tan estructurada, que tenia que abrirme a las experiencias y la vida de diferente manera. A ser más humilde, a no juzgar, a mirar a las personas como son, no como una quiere que sean, y es por eso, por la manera que tuvo de guiarme, que pude cambiar mi forma de ser, logré atreverme a dar pasos importantísimos en mi vida adulta, a ser valiente y soltar la vida rutinaria y cómoda para hacer una nueva existencia, luchando con bríos en un capitulo de mi vida, que es el que estoy viviendo hoy.

Estas tres mujeres han marcado fuertemente mi vida, por ser poderosas y valientes, cada una en su espacio en mi historia. Creo tener un carácter fuerte, pero sin duda ellas me hicieron más fácil el camino.Y sin duda, es, a pesar de la edad que tengo, casi 49 años, tengo la fuerza para luchar, para construir una nueva vida, para crear, para soñar, para amar a una persona que vive en tierras lejanas, que, aunque cueste años en que estemos juntas, vamos a lograrlo. Mi vida es de una luchadora de tiempo completo, no puedo darme el lujo de quedarme atrás, soy una guerrera y me gusta, me hace sentir más viva, más joven, hace renacer en mi todo lo que había quedado dormido por veintitantos años de matrimonio. Ahora renace la guerrera del sol, la que estaba esperando la oportunidad para salir a la luz.

Siempre me he preguntado el por qué de los cambios en las personas. Y creo que es porque tiene que ser, aunque sean cambios tan drásticos que la propia vida cambie realmente a 180 grados. Eso es lo que me ha pasado a mí y va a llegar el momento en que revele a mi propio mundo mi verdad.

Chatita

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