Las palabras que sobreviven al tiempo
Dicen por ahí que las hijas nos parecemos a la madre. A mí, me criaron entre mi mamá y su hermana mayor (a quien le decíamos, e identificaré en estas letras como ¨mami¨). Así que, tengo mucho de ambas. Juntas eran la figura paterna y materna respectivamente, aunque, a veces, la ternura de cada una, las ponía en una misma frecuencia.
Las dos venían de un mismo seno familiar y eran distintas como el agua y la arena. De mi mamá, aprendí mucho sobre el trabajo ejecutivo, la templanza, la toma de decisiones, los gajes, dimes y diretes de un puesto directivo.
Recuerdo que, pasaba por ella a su trabajo al caer la tarde y, mientras llegábamos a su casa, hablábamos de mi día. Mis juntas, decisiones, discusiones e intrigas departamentales me resultaban agobiantes; para mí era, (no sé si para otros también), muy difícil emocionalmente hablando, mantener mi figura de autoridad y permanecer inmutable ante un equipo de 8 departamentos. Pero ella era un lobo de mar. Parecía saberlo todo sobre relaciones interpersonales, decisiones administrativas brillantes y luchas de poder. Sin embargo, algo que me dijo me dio la idea general del panorama y su objetivo: ¨sigue una línea recta en tu camino y, jamás te salgas de ella¨.
Esa frase me ha marcado profundamente en mi camino profesional y personal. Me ha ayudado a entender la verdad, el valor y el peso de una conducta honesta y recta, aunque el mundo entero se me venga en contra; me ha ayudado a afirmar mi personalidad y cierto equilibrio ante la singular dualidad de mi espíritu que, como caballo salvaje, me jala hacia la ira y, como duende transparente, me induce a permanecer en un estado dulce y soñador. Todo en pos de mi apasionado idealismo personal.
Una filosofía muy mía se ha desarrollado en mi interior desde aquella tarde. Partiendo de ese concepto, he ¨sistematizado¨ mi manera de identificar a las personas, pues mi intuición me lleva a ¨presentir¨ algunas intenciones; así que hasta mis relaciones se han visto influenciadas por esa frase. Alguna vez en un pódium, desarrollé la profundidad de su significado en una mini conferencia sobre la excelencia y hasta un cuadro mío fue inspirado por esas palabras; así como un fragmento de algunos escritos que he hecho y, cuando puedo, también paso el consejo. Pues a mí me ayudó a enfrentar la dureza del mundo y me dio resultado.
Mi mamá fue una mujer que vivió la vida “intensamente, como el mar, que tanto amaba” —escribí en su esquela cuando murió— “sin una visita al mar, no hay vacaciones”¨ —decía juguetona— y, no puedo definir si yo amo ir a la playa por genética o por emular a mi mamá, pero yo pienso igual... cada año repito esa frase.
Por alguna razón que desconozco, de los tres hijos soy la más parecida a ella físicamente. Me atrevo a decir que, en este momento, soy la única que se le parece. A medida que envejezco, me doy cuenta que llegaré a ser su viva estampa aunque, como una incongruencia muy irónica, siempre sentí que nuestros mutuos mundos y espíritus eran avasalladoramente distintos. Ella era irremediablemente práctica y yo, irremediablemente soñadora y creativa. Ahora que tengo a mi hijita, (ella también me decía “hijita”) me doy cuenta que algo que sí podríamos haber compartido, es el respeto por los niños. A veces, me sorprendo a mí misma utilizando sus premisas, teorías y razonamientos cuando consuelo a mi nena. Otras tantas, hasta parece que la escucho en mi propia voz, pues ya sé cuál es el tono preciso y efectivo, yo misma recuerdo el conmensurable poder de la voz de mi madre.
“¡Te pones con un niño” —decía saltando a defender a algún chiquillo regañado— aprovechadote!¨ —remataba cuando algún adulto acorralaba a un pequeño para divertirse a su costa-, pues siempre encomió a utilizar la empatía antes de juzgar, castigar o utilizar a un niño. Esas, son frases y palabras que todo el día se escuchan en esta casa cuando mi marido desespera a nuestra hija.
De mi madre, conservo el estricto sentido del orden y la limpieza en todos mis ámbitos, especialmente de la casa. “En la cama que no se tiende, anda el diablo brincando” decía mi abuela, según nos platicaba mi mamá. Esa frase la recuerdo siempre, entendiendo en un contexto profundo que todas las cosas negativas tienden a gestarse, por congruencia, en un ambiente de caos o desorden.
No sé cuántas veces habrá platicado sus puntos de vista. Los que he decidido conservar, se han quedado grabados en mi caminar, mi historia y mi diario hablar. Yo conservo palabrejas que, seguramente mi madre adoptó de mi abuela como: “trespeleque”, “chilindrín”, “cabeza de garambullo” o “viejo”, (esta última para referirme a algún sujeto desconocido). Pero, mejor prefiero hablar de mi “mami”, (la hermana mayor de mi mamá) que con ochenta y tantos años todavía vive; tratar de hacer estos análisis sobre mi madre me llevan a recordar todo con nostalgia. Ahí es “cuando la puerca tuerce el rabo” —-diría mi mamá.
Esta nostalgia surge como un susurro imperceptible, filtrándose por no sé donde; como cuando el viento apenas mueve las cortinas al atardecer; y luego, así como llega repentina la tormenta, de pronto me encuentro atrapada en mis recuerdos. Y ya es tarde; en ese punto no hay remedio para sacudirme las lamentaciones y melancolía; no hay retorno. Sólo queda el vacío y dejar fluir todas las pasivas sensaciones que apañan mi actitud; no vale resistirme ante todo el huracán que se ha gestado sin haberlo visto venir.
Mi mami es una mujer diez años mayor que mi madre. Con ideas, dichos, refranes y costumbres más arraigados en su generación. Sabia, como las mujeres de su época. En todo momento de mi vida la concibo así; con una respuesta y explicación inteligente para todo.
De ella conservo el amor a las especias, los tés, la cocina a la antigua, los remedios caseros, ir al mercado, la iglesia y el rezo. La devoción a algunos santos y el cariño al rosario (grandes diferencias con mi madre). Estricta e impositiva, voluntariosa y de ideas férreas, con un singular sentido de la libertad, mi mami optó por no casarse. “Amada libertad, hasta pintada es bonita” —nos dijo siempre al explicarnos su decisión— supongo que no se imaginaba bajo el mando de hombre alguno.
Puedo decir, que con ella he pasado gran parte de mi vida. Siempre me cuidó. Y siempre hemos sido cómplices, compañeras. Grandes amigas. Y me place decir que me encanta escucharla platicar de sus antepasados. Ella es el punto medio entre esa generación y la mía. El puente que me ha permitido conocerles y encontrar una cultura de tiempos de la revolución, llena de riqueza, por la vida simple de su tiempo y, a la vez tan compleja por la época que les tocó vivir (y sobrevivir). Una época cuya estela le tocó a mi mami, pues a través de mi abuela, que la vivió en pleno, desarrolló un alto sentido de la astucia, la satisfacción del deber cumplido, la disciplina, el trabajo y, por consecuencia, un estricto pacto con la desconfianza. “No te fíes ni de tu propia sombra”; “piensa mal y acertarás”, siempre nos dijo. Y, aunque debo aceptar que no siempre aplico el dicho, es muy cierto que debe una mantener todos los sentidos alerta. Por otro lado, no podemos confiar ciegamente en el futuro. Hay qué tener pruebas y, bases sólidas para dar por hecho un acontecimiento próximo. Eso mismo lo recuerdo con su frase: “no digas zape hasta que no escape”, haciendo lugar a la cautela y la prudencia.
Algo que su sabiduría me ha dado y que la vida misma me ha llevado a constatar es que: “No escupas al cielo porque en la cara te cae“, pues el poder de la palabra puede marcar o sellar destinos. Nada hay en esta tierra sin una consecuencia y una de esas cosas es todo lo que sale con nuestra voz. Es tan difícil detener nuestras pasiones que, la alferecía de nuestras palabras pueden llevarnos a sellar el revés de un desenlace.
Podría escribir y escribir sobre mi mami. Todo un personaje. Sus historias y talentos me resultan interminables. Todos ellos con su debido toque de nostalgia, por esa grata niñez que me dio su cálida presencia y compañía. A través de los años, en las reuniones familiares, tíos y primos siempre comentamos sus célebres frases; todos, en algún momento, las hemos aplicado y transmitido. Nos contamos nuestros momentos cómicos y cómo salimos del apuro con alguna de sus frases.
“No presto porque al cobrar me hacen un gesto”, “Al que madruga dios lo ayuda”, “Los leones para el nido y las palomas para el combate” —siempre salen a relucir—, pues ella ha sido pieza clave en la niñez e historia de todos los ahí reunidos.
Para concluir, creo que lo más importante no es solamente esa hilera de recuerdos que va una tejiendo al lado de sus padres, sino esa marca indeleble que envuelve, con un particular e intangible sello, la forma de vida que adoptarán en el futuro aquellos quienes aprendan de nuestro camino; y el privilegio de tener la información para aplicar lo aprendido en nuestro diario vivir. Resalto, sobre todo, la importancia del honor que demos a las enseñanzas de nuestros antepasados.
C.C. Suárez
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Una historia narrada con un
Por Anónimo (no verificado)Una historia narrada con un sentido muy peculiar que le da un sabor interesante... es como .. una platica entre amigas, pero con un gran sentido muy conmovedor de tratar las palabras...
tienes alguna novela?