Talladoras de Palabras

agosto, 2009

Segundo manuscrito, Anaid

Cuando me siento impotente, metida en una enorme caja y amarrada con mecates y nudos, sacudo desesperadamente mi angustia... Tengo miedo. Miedo de no pertenecer ya a la ciudad, al país al que sigo perteneciendo en mi memoria, miedo de no reconocerme en los espejos de mi infancia, de mi juventud, miedo de haberme adentrado para siempre en el laberinto turbio y sin solución de los ciudadanos provisionales de ninguna parte. Hay gente que no se ha dado cuenta de que ya murió y por eso, quiero dejar a la muerta que cargo encima con un eterno ajetrear de cazuelas y guisos, con escritos… Estrujo mi memoria, escribo… Abrazo las nubes o el sol mientras me río de mis locuras… Claro que puedo, ¿cómo de que no?

(Carmen González Batta, Almudena Grandes, mi amiga y mi mamá).

Es un guijarro “mix”. Pido permiso desde aquí para mezclar frases de distintas mujeres que me han marcado…

La primera y última parte pertenecen a Carmen González Batta. El inicio de la frase soy yo. Será porque eso de la angustia, la impotencia, lo amarrado, son palabras que me calan y que si les doy continuidad y precisión con la frase de Almudena Grandes, en su libro “El Corazón helado”…

Me lleva a mis días en el extranjero. Es una angustia que en ocasiones hasta sabe “dulce”. Tanta libertad, tanta soledad… nadie te reclama, te llama… a nadie reclamas ni llamas, estás ahí, para hacer y deshacer, pero sola como condición. Nadie te espera, ni esperas a nadie… tienes el mundo, como cantaba José Alfredo, “para ti solita” y lo verdaderamente desastroso es que no sabes qué hacer con él y en él.

Tan arraigadas, eso sí, las costumbres. Los roles que una mujer “debe” cumplir. Teóricamente una mujer se casa, tiene hijos a los que atiende toda la vida y luego se muere. Yo no sé qué es eso y ni lo sabré porque cuando tenía 35 años decidí que yo no tendría ya hijos. Y quedé libre para dedicarme por completo al primer estadio de mis preocupaciones y del que no he podido salir… descifrar el enigma de cómo ser una mujer independiente, pero enamorada… una especie de locura, aunque como dice Doris Lessing en su libro “De nuevo, el amor”: “decir que alguien está loco es hacerlo inofensivo. Es una palabrita juguetona”.

Sutil manera de evidenciar mi cobardía. Esa falsa esperanza en el famoso amor. Palabrilla a la que he dedicado muchos desvelos… no me sale y sí, en cada fracaso, siempre llego a la conclusión fácil de decir que estoy “loca” o que el prospecto de amor está “loco”. Así se convierte uno y convierte a otro en un ser “inofensivo” y con eso se justifican mil y un humillaciones, injusticias, mentiras, abusos… Se dejan pasar en aparente olvido, aunque por dentro quede la huella de la propia traición y de esa no se escapa tan fácil; ahí ya no hay palabras “juguetonas” que alivien y borren la marca que una misma se deja.

A veces, un triste “juego”, pero la palabra “juego” me gusta y esa sí, no importa la oscuridad en la que esté, siempre me da “esperanza”. También dice Doris Lessing en ese mismo libro que “lo que define al infierno es que no hay esperanza”, y por eso el “juego” me rescata de las llamas, de mis propias cenizas… Aunque a veces pese tanto esa ansiedad por pertenecer a algún lado, a alguien, por el arraigo, o en otros términos, por no sentirse sola.

Algunas mujeres recomiendan a los hijos como antídoto contra la soledad. Siempre he escuchado esa frase en los labios sonrientes de una madre que afirma sin dudar: “los hijos te cambian la vida”. ¿Y si esto no se cumple?

Esos otros caminos, los de la soledad, hay que hacerlos como por primera vez, como si nadie nunca hubiera andado por ahí aunque ya varias mujeres en la historia los hayan recorrido y no me voy muy lejos, mi madre; mis mejores amigas estamos en eso…

Entonces ¿por qué tanta alharaca? ¿por qué se pierde toda orientación o por qué el camino parece tan gris? No lo sé, de verdad no lo sé. El caso es estar instalada en la nostalgia: nostalgia por el amor que nunca tuviste; nostalgia por querer estar sola de nuevo cuando tienes pareja; nostalgia por una tierra que no es la mía; nostalgia por “los míos”; nostalgia por un trabajo estresante; nostalgia por querer ser independiente de jefes y padres y madres; nostalgia por todo…

Por eso cuando mi amiga lanzó la frase, que no es de su autoría, la leyó por ahí y me la compartió: “hay gente que no se ha dado cuenta de que ya murió”, me di cuenta de mi propio velorio. Contundente. Me la dijo a cuento de cualquier otra cosa que platicábamos sobre ella y sobre lo que me pasaba y la relacioné con esa Anaid que viajó porque se negaba a morir e insistía en hacerse la viva.

Mi amiga es una mujer en sus treinta, muy simpática, coincidimos mucho en la simpleza… compartimos la misma tendencia a la depresión, ella todo lo salva con una buena broma o con una mirada de sorpresa o de resignación detrás de unos grandes lentes.

Eran tiempos en los que vivía para el trabajo. Ya hacía varios años que había dejado mi casa, había vivido con otro muchacho, luego con Juan, tuve otro novio hasta que me ubiqué en un departamento al sur de la ciudad. De martes a sábado, me levantaba muy temprano ya angustiada… A correr todo el día y por la tarde, en la oficina, me reía y luego empezaba la nostalgia. En el trayecto hacia mi casa, escuchaba música mientras manejaba y me gustaba ver la avenida Revolución casi para mi solita, la noche, la calma.

Casi diario repasaba como sin querer, toda mi vida y por supuesto, resaltaba mis fracasos. Ya treintona, sola, sin vida porque, fuera de lo que pudiera contar de la vida de otros, dado mi oficio, era como si yo no existiera. Mi mamá a veces me preguntaba “¿por qué no te consigues un novio, pero uno bueno?” y me daba risa… ¿a qué hora?

Siempre preguntándome si estaba haciendo lo correcto, si eso era “vivir”, si eso se esperaba de mí, si, si, si… En mis últimos años en ese trabajo empecé a sufrir una depresión crónica… Adopté una actitud amable hacia afuera, sonriente, correcta, educada, aunque siempre escondiendo el enojo, un enojo ya incomprensible que de pronto salía en forma muy violenta y luego la tristeza, la decepción de mí misma.

Decidí irme y allá lejos, me reencontré. Había ganado un poco de paz, me había “perdonado” y pensé que estaba lista para volver. Yo regresé otra, pero al tocar tierras defeñas intenté, necia, ser la misma de antes, la misma soltera decaída, la misma profesionista frustrada y eso me ha costado la mutilación de esa otra mujer que encontró fuerza adentro y el silencio que necesitaba para moverse a gusto y no mucho más.

Ahora, de pronto me observo como un revoltijo de la muerta con la viva y luego ya las confundo, no sé cuál de las dos quedó en pie y cual bajo tierra o, la teoría que más sostengo es que aniquile a las dos y soy apenas, los restos de ambas sin haber logrado aún reconstruirme en esta nueva realidad. Es nostalgia del país que no es mío pero en donde renací, es nostalgia de este país mío que abandoné. Estoy aquí extrañando mi vida de allá y estuve allá enferma de soledad, como si aquí hubiera sido muy feliz.

Esa frase me hizo pensar que en tanto no asuma que esa vieja Anaid se murió, no podré dar paso a una diferente. Tengo que guardarle el luto respectivo y luego volver a empezar.

Por eso me gusta el “ajetrear de cazuelas”, porque me da la sensación de sacudir a los demonios, a la muerta que todo el tiempo tengo a un lado, acechando.

Por eso me gustan las nubes y el sol…  quisiera convertirme en ese cielo, en formar parte de eso en donde pareciera que no pasa nada. El sol además siempre es como un alivio para mí. Es, evidentemente, el anuncio de un nuevo día, el fin de la terrible noche, de esa oscuridad que engrandece a veces los temores, la tristeza, la soledad.

Ese ajetrear de cazuelas es también como la voz de mi madre, el “grito de guerra” que escuché desde niña, porque para eso nos formó mi madre, para que fuéramos guerreros, siempre: “¿Ah, sí?, ¿cómo de que no?”. La frase va acompañada de una mirada llena de escepticismo, retadora; las manos a las caderas o encendiendo un cigarro que no evita que los ojos se desvíen del interlocutor… Con ese gesto, mi madre quiere decir “nada de que no se puede, a mí no me vengas con eso, todo se puede” y si no, ahí está ella para demostrarlo.

Tan fuerte, tan alegre. Siempre arreglada, muy bonita e hiperactiva. Te escucha con un dejo de desesperación cuando intentas justificar por qué algún asunto no avanza. Clava sus ojos entre amarillos y verdes, así como diciendo “no me digas, y ¿qué más?”- y luego suelta la frasecita esa de “¿cómo de que no?” y empieza a moverse o a moverte para que veas que sí se puede.

A veces produce el efecto contrario: me pesa esa imagen de mi madre. Como que tuviera que responder siempre y en ocasiones, no quiero o vienen las comparaciones: “yo, ya lo hubiera hecho”, “claro, es que tú eres una descuidada”, “no, así no”… Nunca es suficiente para darle gusto, siempre pudo haber sido mejor…

Por mi propio bien, entiendo el mensaje central: no darse por vencido y este es el que, sin duda, me ha levantado de muchas, es más, desde hace algunos años es lo que me mantiene respirando, buscando un motivo para no detenerme. No hay más, nadie responderá por ti y aunque desde un punto de vista es liberador porque tienes tu vida en tus manos y con ella harás lo que quieras, también a veces, es un camino tan solitario, tan pesado…

Peso que se aligera cuando se abre un poco el paso a la ternura entre tanta guerra… Por eso me sorprendió mucho cuando mi madre me escribió una de las pocas cartas que me ha escrito en su vida, empezando con la frase “Querida hijita”.

Se me partió el alma. Ella, quien no pierde tiempo en arrumacos y cursilerías, que se enoja cuando está triste y más cuando uno de sus hijos está triste y entonces en lugar de consuelo es regaño y sacudida permanente; ella, de quien no recuerdo una caricia –aunque sí abrazos, más bien, ella se deja abrazar y luego de dos segundos te hace cosquillas, te aparta y te vuelve a decir con esa sonrisa traviesa “ándale, échale ganas”- me hablaba con toda la ternura y el enorme amor que me tiene.

Esas palabras me llevaron a las noches en las que me acostaba en su cama, siempre suave y calientita mientras ella iba y venía. Es su rutina nocturna: se quita el maquillaje, se acuesta, lee una revista y en ese momento, estando yo ahí, a un lado, huelo su crema, me acerco, me recargo en su brazo. Es un instante en el que por fin está quieta y ahí me siento a salvo; ahí ya nada me puede pasar; ahí ya no estoy triste, estoy en casa… hasta que se cansa y me corre, je, “ay, ya vete a tu cama”.

Fueron también palabras que interpreté como petición de ayuda y eso me partió más. Yo pienso que no importa que yo esté triste o mal para siempre, pero mi mamá no, ni un minuto. Eso no lo puedo soportar. Así que esa frase fue como la confirmación de ese lazo fuerte que nos une y que en los eventos o etapas más oscuras me hace reaccionar y aferrarme a ese motivo de vida que es mi madre.

Ahora la miro con atención. No puedo describir la sorpresa que me llevé cuando regresé de viaje. Ahí estaba ella… siempre fuerte pero ya no es la misma… Cada vez la veo más cansada y cosa inusual en ella, durmiendo siestas en la tarde y yendo al doctor a escondidas porque antes que nada le da en el orgullo que alguien sepa que se siente mal.

La vi ahí en su casa, sola, sin decirle a nadie que se siente mal. Me preocupé de que algo le pase sin que yo me entere y luego me vi y pensé que yo también debía tomar mis precauciones porque cada día envejezco más y hay que ver la salud y los gastos médicos que implica, lo cual supone que yo debía ahorrar… Otra vez el miedo y otra vez el “ajetrear de cazuelas”: además de las previsiones a futuro, más bien hay que aprovechar ahorita; hacer lo que pueda hacer, lo que quiera hacer, con ganas, porque tampoco hay garantía alguna de que yo vaya a llegar a esas edades.

Siempre hay alguien que dice que hay que pensar como si tuvieras a un lado a la muerte. Se me olvida. Quisiera vivir todos los días como si fuera el último y no me gustaría que se dijera que me la pasé llorando en la víspera de mi muerte.