Rosalina Nicolat

Rosalina Nicolat es colaboradora para la agencia de noticias CIMAC, licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM y concursante Demac

Aquí te reproducimos este valioso testimonio que presentó en la pasada Feria del Zócalo capitalino para DEMAC:

¿Qué sucedió durante y después de mi experiencia de escritura autobiográfica?

Inicio con palabras que pedí prestadas a una gran escritora mexicana del siglo XX:

Escribo porque yo, un día, adolescente,
me incliné ante un espejo y no había nadie.
¿Se da cuenta?  El vacío. Y junto a mí los otros
chorreaban importancia.

                                                                    Rosario  Castellanos

Nací en el seno de una familia donde ambos progenitores deseaban tener única y exclusivamente hijos. Su deseo se cumplió. Llegó el primogénito que tanto anhelaban. Era el orgullo y representaba una gran expectativa para los padres. Sin embargo, su gran promesa murió antes de cumplir un año de  edad.

Después, para su gran frustración, nacimos y sobrevivimos tres mujeres. Fui la tercera. Ante el nacimiento de cada hija, el odio y frustración de mi madre iba in crescendo. Cuando nací, se negó a amamantarme, y no quiso saber nada de mí durante un mes.

Después de todo salí ganando, pues quedé al cuidado de una tía abuela de cuento. Ella me brindó cariño y atención. Estimuló mi imaginación al narrarme historias maravillosas. Lamentablemente para mí, desapareció de la casa paterna cuando tenía siete años. Esto me produjo un sentimiento de orfandad y desamparo.

Mi padre creyó que al cumplir su rol de proveedor, era suficiente. Nunca estuvo dispuesto al diálogo. Sus palabras favoritas fueron: “No tengo tiempo”; “Estoy ocupado” y “No me molestes porque estoy rezando”.

A mí madre siempre la guió la venganza. Víctima ella misma de violencia física, su lema era golpearnos por todo y por nada. Golpearnos por deporte. Golpearnos por reír, por jugar, por hacer ruido. Un día, siendo ya adulta, le pregunté: “¿Por qué nos golpeabas tanto?” Y su respuesta fue contundente: “Para que sintieran lo que yo sentí, para que les doliera como a mí me dolió”.
Ante la falta de un interlocutor o interlocutora, empecé a escribir a los doce años de edad. Todas mis inquietudes de adolescente, el descubrimiento de mi mundo, mis sueños, los empecé a volcar en hojas en blanco.

Siempre que le comentaba a mi madre mis proyectos a futuro, su respuesta era invariable: “Tú serás alguien el día que el sapo tenga cola y la rana, pelos”.

¿Y qué creen? 

Que un buen día me encontré con una rana azul preciosa, con una cabellera rubia, y un sapo con cola de gato.

Crecí, me convertí en adulta, concluí la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, y conseguí un empleo en la UNAM, en el Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas. Empleo por el que luché, y que me apasionaba.

Perdí ese trabajo  gracias a otra mujer. Ella decidió concentrar toda su energía en excluirme, no sólo del Instituto donde trabajaba, sino de la UNAM.

En marzo de 2005 planeaba seriamente mi suicidio. Sería un suicidio eficaz. A los diez y once años de edad ya había intentado fallidamente desaparecer del mapa.

Hice una investigación exhaustiva acerca del suicidio. ¿Tenía derecho a suicidarme? Descubrí que sí lo tenía. Se suicida quien ha perdido toda esperanza en la vida, en los seres humanos y en sí mismo. Yo había extraviado la esperanza en algún lugar, y no tenía idea de cómo recuperarla.

Un día me sucedió algo sorprendente. Acudí a una sucursal bancaria a depositar mi quincena. Un cajero abandonó su lugar de trabajo para ofrecerme una “Póliza de seguro contra suicidio”. Le contesté rápidamente:

“Le agradezco mucho su ofrecimiento. En el momento en que decida suicidarme, vendré a contratar la póliza que usted me ofrece”.

Realmente me quedé con la duda: ¿Verdaderamente existió ese empleado bancario, o fue mi propia imagen en el espejo que decidió mostrarse ante mí? Esa imagen de desolación y de infinita tristeza me impulso a buscar una chispa de esperanza en la vida.

Empecé a trabajar con una terapeuta psicocorporal. Simultáneamente iba escribiendo mi historia en el taller de autobiografía de Rosa Nissán. Aún así yo seguía pensando que era una inútil, que era incapaz de concluir algo.

Un día de mayo de 2005 la terapeuta me obsequió una Convocatoria de Demac: “Para mujeres que se atreven a contar su historia”. Y me  invito a participar en el concurso.

Antes me había dado un tríptico de Alcohólicos Anónimos y me sugirió que siguiera el primer paso: “Sólo por hoy voy a vivir”.

Cuando llegaba a mi sesión de terapia y le decía a la psicóloga que no quería sentir, que me quería  morir, ella me contestaba:

“Escribe tu testimonio, conclúyelo y envíalo a concurso. Si después decides suicidarte, por lo menos le demostraste a tu madre, aunque ya esté muerta, y a ti misma, que eres capaz de concluir algo”.
Así que en mi caso, la escritura autobiográfica ha servido para anclarme a la vida.

Seguía repitiéndome que era una inútil e incapaz de alcanzar cualquier objetivo, sin embargo, continuaba escribiendo afanosamente día y noche.

En el taller de Rosa Nissán conocí otras historias, otras mujeres. Mujeres valiosas que luchan con la palabra desenvainada.

Antes de asistir al taller, pensaba que mi historia era la más trágica de todas las historias. Que las grandes tragedias griegas de Sófocles, Esquilo o del gran dramaturgo inglés William Shakespeare, eran inferiores a las mías.

Sin embargo, en el taller de Rosa Nissán descubrí que mi increíble y trágica historia empalidecía y empequeñecía junto a otras historias verdaderamente dramáticas. Al contrastarla con otras experiencias, la mía se convirtió en una tragicomedia barata.

Finalmente pude cumplir con mi objetivo. Terminé de escribir mi testimonio autobiográfico, y obedeciendo la sugerencia de mi terapeuta, lo envié a concurso.

No gané el premio, tampoco obtuve alguna mención, sin embargo, esa experiencia me dio seguridad y confianza en mí misma.

La escritura es una llave mágica que abre puertas y derrumba muros. Es el Ábrete Sésamo de los cuentos maravillosos.

En el año 2006 la terapeuta, que también es periodista, me invitó a publicar en www.cimacnoticias.com  diez capítulos en el marco del  25 de noviembre. Día internacional de lucha para erradicar la violencia contra las mujeres.

Acepté publicar mi testimonio. Muchas mujeres lo leyeron y se conmovieron con mis experiencias de vida. Quedé sorprendida con la buena recepción de mis textos.

Recibí un correo electrónico de una mujer mexicana, víctima también de violencia, que decidió huir a Suiza. Logró superar su historia, sus limitaciones, y actualmente trabaja en una ONG que lucha por los Derechos Humanos de migrantes, de personas discriminadas por cualquier motivo: raza, religión, nacionalidad, idioma.

En el año 2008 la misma terapeuta-periodista, me invitó a escribir con mayor asiduidad en www.cimacnoticias.com. Escribo artículos sobre mujeres valiosas en el mundo del arte. Poetas, novelistas, antropólogas, pintoras, escultoras, músicas, bailarinas y demás disciplinas artísticas.
Y por fin logré lo que siempre quise: Comunicarme. Comunicarme conmigo misma y con los otros y las otras.

Ahora, con la maravilla del  Internet y del mundo globalizado, he sido gratamente sorprendida al saber que mis escritos han sido reproducidos en Argentina, Madrid, Barcelona, Nueva York, hasta donde tengo noticia.

Mi escritura ha encontrado una nueva vertiente. Como niña solitaria que fui, inventaba personajes imaginarios, con quienes protagonizaba maravillosas aventuras.

Mi madre me golpeaba por ser imaginativa. Decía que tenía mente calenturienta, y que me crecería la nariz por mentirosa.

Me vi obligada a archivar esas historias y personajes que había creado. Sin embargo, un día decidí tomar un taller de escritura infantil. Abrí la puerta de la imaginación y aquellos personajes que estaban atrapados, decidieron salir nuevamente, desempolvando sus trajes y aventuras.

Actualmente se está cocinando la edición de mi primer cuento infantil.

Ahora estoy satisfecha conmigo, pues poco a poco, mi escritura se va diversificando.

Sin lugar a dudas, la escritura sigue siendo el ancla que me sujeta amorosamente a la vida.
   
Agradecimientos

Este  lento camino de reconciliación con la vida lo he transitado con el acompañamiento de algunas mujeres solidarias y amorosas que se comprometieron conmigo. Que me brindaron generosamente su tiempo y entusiasmo. Algunas de ellas son: Aurora, Carolina, Elisabeth, Gabina, Josefina, Magdalena, Rosa y Romana.

Palabras finales

Ya para despedirme, quiero invitar a todas las mujeres aquí presentes a que se den la oportunidad de atreverse a escribir su historia. Es  una actividad fascinante que vale la pena realizar.
El tema de la convocatoria actual es muy sugerente:

“Para mujeres que se atreven a contar su historia de Revolución, Libertad e Independencia personales”.

Rosalina  Nicolat

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