Las diferentes caras de ser mujer
Sor Juana Inés de la Cruz fue una guerrera rebelde que defendió su individualidad como mujer y sus ideas fuera del cliché de su época, más tarde se refugió en un hábito y desde allí luchó por permanecer fiel a sus principios.
Sin embargo, no todas desarrollamos esa fortaleza, ni encontramos el detonador que impulse el deseo de seguir aun con las circunstancias en contra. Aún ella fue una incomprendida defensora de sus derechos naturales como mujer por ser una persona integral.
Vivir en una sociedad implica apegarse a ciertas reglas, pero a veces las reglas no son justas ni equitativas. De niñas algunas fuimos más sumisas y otras rebeldes pero sin enfocar esa energía, adoptamos diferentes roles, nos identificamos con personajes a los que admiramos sean reales o ficticios. Muchas de nuestras madres fueron permisivas con nuestros hermanos por ser hombres y siempre se nos exigió más por ser niñas –debes ser tierna, linda, femenina, aseada, saber cocinar, lavar, planchar para cuando te cases- si un hombre no era limpio y no sabía de labores domésticas no importaba, finalmente tendría una mujer que le serviría, fuera su madre, hermana, esposa o sirvienta.
Afortunadamente hubo excepciones donde la bisabuela educó a los hijos hombres con los mismos derechos y responsabilidades que a las niñas y por tanto tuve la fortuna de tener un abuelo materno que cocinaba delicioso, planchaba mejor que nadie y lavaba sus camisas como un profesional, además adoró a mi abuela hasta el final de sus días, lo anterior, no quiere decir que haya sido fácil.
No todas las historias tienen un final feliz, falta aún mucho por avanzar y crecer, yo misma exijo más a mi hija que a mi hijo, ella debe sobresalir en un mundo laboral de hombres y defender su derecho a desarrollar sus talentos, a ser productiva y exitosa, no por ser la sombra de un hombre sino por derecho propio y eso implica retos mayores. En el ámbito laboral, si tienes que elegir entre un hombre y una mujer para un solo puesto aceptarás a la mujer si evidentemente supera en mucho al candidato masculino. Por eso debemos estar preparadas.
En el interior de cada mujer hay oculta una Juana de Asbaje, sólo que no siempre se encausa correctamente, en mi historia inicié actividad sexual por instinto más que por convicción, la naturaleza hizo su parte y la ignorancia la suya. Canalicé esa energía vital de manera inapropiada. Mucha gente supone que cuando creces ya sabes qué pasará con tu vida, que hay un plan oculto en algún chip de tu cerebro, no es cierto, no puedes andar por la vida sin un plan sin saber qué quieres y dejarte llevar por los deseos de tu cuerpo. Algunas personas sí postergan el placer, desarrollan su potencial y desde pequeñas van construyendo lo que será su destino, yo no. Yo hice muchas cosas por impulso y si no me atropelló un coche fue porque tengo un gran ángel maravilloso que aún me cuida.
Era yo muy joven cuando soñaba con mi príncipe azul, guapo, valiente y como en el cuento de la Cenicienta esperaba el “y vivieron felices por siempre” El tiempo se encargó de darme un “ubicatex”, los príncipes no existen, al menos no en la concepción que yo tenía. Mi papá era mi héroe desde pequeña, aunque la imagen de mi hombre ideal distaba kilómetros de la figura paterna.
Se parecía más a David Jones de los Monkees o a Camilo Sesto, lo imaginaba portentosamente inteligente, atento, romántico, detallista llenándome siempre de rosas rojas, con voz muy varonil, oliendo a maderas, planchadito, educado y con una gran y franca sonrisa que completaba el marco de unos preciosos y expresivos ojos. Obvia decir que en el contexto no había responsabilidades de lavar, planchar, cuidar chamacos, ni hacer estirar un exiguo gasto. Todo un guión cinematográfico.
La realidad no fue ni tantito parecida a mi utopía; no faltaron los verdugos y los bufones, no obstante hubieron príncipes más terrenales con los que viví experiencias extáticas y conforme fui madurando he disfrutado sin tabúes ni telarañas, he sido capaz de hacer el amor a plena luz del día en un lugar que no fuera mi cama, sin remordimientos, ni culpas.
En cierto punto del camino hubo un aborto, tuve mucho miedo de lo que dirían mis padres, no estaba apta para ser madre. Fui sola, me sentí impotente, abatida, mientras perdía la conciencia por la anestesia lloré y tuve la sensación de caer a un abismo, no sabía si tendría oportunidad de despertar y nadie sabía dónde estaba. Al salir me sentí vacía, rota, devaluada y con un gran sentimiento de culpa. Mucho tiempo me sentí sucia, creí perder el derecho de que alguien me quisiera. Deseé vengarme del sexo masculino, no sentir, no pensar, ser como ellos, nada de compromisos, nada de amor. Mucho tiempo creí que así funcionaban.
Creo que los verdugos implacables de nuestra sociedad más que los hombres son las mismas mujeres, censura sin piedad para cuñadas, nueras y féminas cercanas que no son hogareñas, hacendosas y abnegadas. Considero que es más por ignorancia que por convicción, también podría ser envidia o el complejo del cangrejo mexicano, jálale las patitas para que no salga de la cubeta. No saben el daño que nos hacen como género y los peldaños que descendemos en la escalera por alcanzar la equidad.
Uno de los retos personales más complejos como mujer ha sido la de ser madre, es un personaje que exige mucho, no remunera y despierta lo mejor del ser humano, nunca se está totalmente lista. Esos seres pequeñitos y aparentemente vulnerables son sumamente poderosos, te hacen realizar hazañas para darles de comer, sanan viejas heridas y te desarman con un balbuceo o la mejor de sus sonrisas. Ese ha sido mi caso, mi hija la mayor ha compartido conmigo soledades y desventuras, sin embargo, los mejores recuerdos los he tejido a su lado. Nos independizamos y aventuramos fuera de la ciudad, iniciamos proyectos y crecimos en talla y experiencia.
Algunos años después llegó su hermano tras un complicado embarazo, más por problemas de convivencia, infidelidades y maltrato por parte de su padre que por el proceso en sí. Fue una relación destructiva. Huí de su lado cuando mi bebé tenía sólo veinte días de nacido, fue una larga noche, la búsqueda de alojamiento seguro y en contra sentido, el apoyo de terceras personas solidarias y generosas, parecía el escenario de una película western; no evado la parte de responsabilidad que me toca, si hay un maltratador debe haber una masoquista con espíritu de víctima y que además, sumida en el dolor, aunado al desgaste físico y anímico, carecía de visión clara del futuro.
Con los años y algunas sesiones de terapia perdoné sin olvidar; el trabajo de tiempo completo y apoyo de mis jefes me forzaron a salir de la depresión y apatía. He tenido periódicamente sentimientos de culpa por desatender a mis hijos y dejarlos en manos extrañas y con mi familia en el mejor de los casos; no obstante, son buenos chicos, no pueden darse el lujo de atenerse a que su mamá les prepare el desayuno y les espere para comer, me interesa que tengan fortaleza de espíritu y sean autosuficientes, que se valgan por sí mismos y el día que les llegue a faltar su madre no sean una carga para nadie, que sepan mantenerse y superarse. Los amo y por eso, no quiero niños dependientes, ni vagos, no puedo evitar que tropiecen o se lastimen, pero sí puedo enseñarles a levantarse las veces que sea necesario. Han vivido lo mismo episodios de abundancia económica que de carencias, de mudanzas y regresos, la diversidad de escenarios y experiencias ayudan a crecer en madurez.
Mis expectativas a corto plazo son mejorar la calidad de vida de mi familia, transmitirles valores, predicar con el ejemplo; a largo plazo, convencer a las personas que cruzan por mi camino que la vida no es fácil pero vale la pena vivirla, es mejor ser factor de cambio que simple espectador y no basta soñar… hay que trabajar y dar el primer paso para lograrlo, como hizo Sor Juana en su tiempo, a su estilo y desde otra trinchera.
A.