El que busca… encuentra
Mi abuela, Epifanía, era una mujer con metas. Ella día y noche pensaba en cómo invertir su dinero y ahorrar, no le importaba trabajar duro para conseguirlo. Su condición de mujer no se lo impedía. Pegó ladrillos junto con su suegro para levantar una barda alrededor de su casa o un nuevo
cuarto que más tarde alquilaba. Vivía de sus rentas y de sus tandas. Gracias a ellas logró adquirir varias casas y terrenos. Era muy baja de estatura, más no de aspiraciones. Siempre ayudó a mi abuelo a salir adelante y a sus hijos les proporcionó un lugar para vivir con sus familias.
Ella siempre buscó y también siempre encontró. Yo la escuché varias veces aconsejar tanto a sus hijos como a sus nueras, sobre el papel de la mujer en el matrimonio: «La mujer es la administradora del hogar, la que controla y dirige, aunque el poder lo ejerza el hombre». Si no hubiera sido por su tenacidad, ni su esposo ni sus hijos hubieran gozado de un lugar para vivir, o tal vez sí, pero les hubiera costado trabajo, como a ella.
El momento mágico surgía por lo general cuando había desequilibrio económico en la vida de sus hijos, esto incluye a mi padre. Y Epifanía afirmaba: «Siempre hay opciones solo hay que buscar bien».
Ese consejo me marcó. Ahora, cuando hay alguna situación difícil en mi vida, recuerdo sus acciones al igual que sus palabras, entonces el desánimo desaparece. Y llega a mi pensamiento su figura pequeña, el cabello completamente blanco, su piel marchita, no así su mirada o su andar. La veo con un vestido de encaje negro con fondo rosa, el cual se confunde con su piel. La imagen poco a poco se desvanece y su ejemplo continúa.
La esperanza es lo último que muere
Las mujeres de mi familia han sido un ejemplo sobre lo que debo hacer o lo que no debo hacer con mi vida. Algunas veces, aunque he querido cambiar la ruta, cruzo los mismos caminos que ellas transitaron, hubiera podido evitarlos pero supongo que fue indispensable recorrerlos para que, al llegar a mi destino, lo hiciera satisfecha de mis propios errores y aciertos.
El camino del amor es estrecho, sólo caben dos, con mayores curvas que cualquier otro camino de la vida, con pendientes y sin ellas. A veces, cuando nos confiamos, vamos de prisa y otras vale la pena bajar la velocidad y disfrutar del paisaje, pero sobre todo de la compañía, porque no sabemos si al llegar al destino lo haremos en soledad.
Eva, mi abuela materna, está muriendo un poco cada día y pienso que el amor es su mayor enfermedad, pues a pesar de los años nunca pudo olvidar al amor de sus vida; desafortunadamente no fue mi abuelo. De él se separo hace muchos años y conoció, después de un tiempo, a Armando, un hombre al que parecía importarle mucho la estabilidad, tanto emocional como económica, de mi abuela y la ayudo a salir adelante con sus hijos, mis tíos. Ella vivía en un pueblo cerca de los grandes volcanes en la Ciudad de México y él vivía precisamente ahí. Mi abuela viajaba todos los días al centro de la ciudad, vendía ropa en un mercado ambulante y él transitaba por esa ruta con frecuencia. Un día la vida los juntó, él insistió, la enamoró y convenció a mi abuela de vivir juntos. Armando le construyó a mi abuela una casa, ahí vivían ambos con mis tíos, menores de edad en esos tiempos. Le ayudó a educarlos. Los hijos mayores también querían mucho a Armando, sobre todo porque trataba muy bien a su mamá.
Mi abuela siempre sonreía cuando estaba a su lado. Se veían radiantes uno al lado del otro. Nunca dudé del amor de Armando hacia mi abuela, pero él poseía un gran secreto que mi madre descubrió un día por casualidad. Él viajaba con frecuencia porque su trabajo lo requería, al menos esa fue la excusa que daba, la realidad fue que estaba casado y nunca se lo había dicho a mi abuela.
Mi madre lo encontró en el centro comercial y se acercó gustosa a saludarlo, su sorpresa fue enorme cuando se percató de que una señora y dos jóvenes estaban con él. Mi madre no hizo ningún escándalo en ese momento, sólo puso cara de incredulidad, que más tarde se transformó en ira. Nos fuimos de inmediato a la casa y le habló a su hermano para contarle, luego se juntaron con su otra hermana y los tres fueron a hablar con mi abuela.
Ella quedo destrozada. Armando nunca regresó, ni siquiera a dar una explicación, no sé si mi abuela lo buscó, lo que sí sé es que siempre esperó que regresara. Ella guardaba la ropa de Armando como un tesoro, no dudo que, a la fecha, todavía le quede algo de él. Nunca volvió a ser la misma, vendió la casa que él le hizo y se regresó al pueblo, siguió trabajando. Su mirada, pensamiento y corazón no volvieron a ser los mismos nunca más. Alguna vez la oí decir: “la esperanza es lo último que muere”, me da tristeza, pienso que cuando la esperanza muera también lo hará ella.
No me voy a divorciar, entonces para qué hago escándalos.
Mi amiga Mirna es muy optimista, siempre trata de ver el lado bueno a toda situación. Trabaja, junto con su esposo, en un negocio propio, gracias a ella muy bien administrado, por cierto. Tienen dos hijos ya grandes, viven todos juntos en una casa pequeña, no lo digo yo lo dice ella, pues le encantaría tener una casa grande, pero el asunto no es prioridad para Ignacio, así que la casa, para Mirna, solo es un sueño. En algunas ocasiones han tenido problemas, como todo matrimonio, y ella sale airosa con esa frase; obviamente no son problemas que en verdad te hagan pensar por un minuto terminar con todo, pero sabemos que si nos apasionamos de una tontería podemos hacer un gran desastre. Y ella tiene toda la razón, para qué quejarnos si no ponemos el remedio para evitar el hecho de discutir una y otra y otra vez sobre la misma cosa, sin resolverlo, sólo quejándonos, contándolo a quien se deje, llorando y finalmente no pasa nada. Mejor como ella, practica, sensata e inteligente. Todo tiene solución menos la muere.