Talladoras de Palabras

Febrero, 2009

Primer Manuscrito: Sestela

Mi nombre es Celia María del Pilar, mi pseudónimo es Sestela Santillán. Celia, porque nací un 21 de octubre, María del Pilar porque así lo decidieron mis padres. Sestela Santillán por un sueño que tuve y que me lo reveló. Esta última me ayuda a tolerar las frustraciones de la vida y es quién protege a la parte de mí que escribe. Me gusta llamarme así porque cada nombre es una personalidad diferente dentro de mí: Pilar, mi “yo”, Celia mi “súper yo” y Sestela, mi “id”. Tal vez suene bastante raro pero no lo es. Todos nos comportamos de diferente forma para cada circunstancia, en mi caso, utilizo una de estas personalidades para cada situación.

En un día común, me levanto temprano con la certeza o con la esperanza de que tendré una buena jornada; todavía con sueño aligero mi organismo y después me dispongo al baño diario: me desnudo y me meto bajo la ducha. Dejo que el agua templada bañe mi cuerpo y en un íntimo ritual hago que ésta se lleve mis temores, mis dolores, mis malestares y lo que resta del sueño. Después me arreglo, me visto y salgo de casa directo a la oficina. En el camino voy pensando, tratando de adivinar cómo será el día, qué me deparará; brevemente le pido a Dios que todo sea bueno y salga bien.

Trabajo de ocho a diez horas, dependiendo de la carga de trabajo o de los pendientes que haya. Regreso a casa entre las siete y media y ocho de la noche, ceno mientras veo algún programa de televisión o los noticieros. Platico con mis hermanas Leticia, Silvia o con mi padre, Rogelio, con quienes vivo. Llega la hora de ir a la cama y me dirijo a mi recámara. Cierro la puerta, respiro profundamente al tiempo que me arranco la máscara y el disfraz de todo lo que tengo que ser durante diecisiete horas.  Me despojo de la ropa y con ella de las preocupaciones, las fatigas, las dificultades, las maledicencias, los enojos, y las frustraciones; me visto, junto con la pijama, de mí misma. Ha llegado el momento de ser únicamente yo, de estar a flor de piel para convertirme en tinta. Es entonces, en el silencio de la noche, rasgado de vez en vez por el tren que se escucha a lo lejos, que cual animal lastimado, busco un rincón para lamer mis heridas, descansar mis batallas, curar mis dolores; me revuelco en los recuerdos. Hago míos el tiempo y el espacio; libero a mis otros “yo” y me dejo llevar por la pluma que, como si tuviera vida propia, llena páginas contando historias, inventándolas o relatándolas, escribiéndolas o describiéndolas. Es el momento en que grito en silencio, lloro sin lágrimas, hablo callada. Dejo que me invada la soledad para sentirme acompañada; me mato de dolor para seguir viva, abro mis heridas para volverme insensible, magnifico mis temores para dejar de sentir miedo, llamo a mis demonios, monstruos y fantasmas para atacarlos y someterlos o vencerlos; me recluyo en mi mundo para sentirme libre. Dejo de ser mi mecenas para convertirme en mi prisionera o en mi verdugo. Es el momento en que me toco por dentro y conjuro la nostalgia.

Descubro y vivo el tiempo: estático, inmóvil, dormido, callado, únicamente roto por el tic, tac… tic, tac… de un reloj que me resta segundos de vida y de sueño; y el espacio: cuatro paredes, dos camas, dos libreros llenos de historias y sabiduría, figuras de peluche que me miran incesantemente, caricaturas pirograbadas, un televisor sin sonido, una máquina de tejer, un buró, una reproducción de la “Gioconda”, a quien le interpreto la sonrisa: a veces burlona, en ocasiones compasiva, otras tantas nostálgica y muchas, motivadora; un crucifijo de madera tallada con un Cristo negro que espera pacientemente que un día le dedique una oración verdadera; un closet, una ventana y una puerta cerrada son “mi tiempo” y “mi espacio”, y los considero míos porque les pertenezco y me pertenecen. Son mi mundo dentro de mi mundo; mi vida aparte dentro de mi vida; mi desierto dentro de mi desierto que vivo intensamente en cada segundo.

Comienzo a escribir y es como si de pronto todo dejara de existir, ya no siento fatiga, ya no siento sueño, ya no siento esa sensación de ser un cuerpo; sólo soy mi imaginación, una hoja en blanco y un bolígrafo. Lo que me rodea desaparece para dar cabida a un escenario donde aparece, como en una pantalla de cine la historia que se va formando, aquella que a la mañana o a la semana o al mes siguiente desaparecerá hecha pedazos en el basurero; aquella que va y viene un tiempo, dentro de mi bolsa, para finalmente dejar de existir.

Escribo hasta que más no puedo hacerlo, el sueño se apodera poco a poco de mí hasta vencerme y es como si muriera cada noche para poder vivir a la mañana siguiente un nuevo día, una nueva vida o la misma vida pero con un enfoque diferente, fresco, descansado, optimista, eso sólo me lo dirá durante el baño diario, mi reflejo, y es que ahora ya no temo mirarme al espejo porque sé que la persona que estará ahí soy yo. Ahora puedo escudriñar mi aspecto sin apartar la vista, sin desviarla como antes, sin despreciarla. Ahora mi imagen me habla con la mirada y me dice cosas que empiezo a entender: la vida no pasa en vano, la edad a veces te da sabiduría. En el camino a esta edad fui perdiendo pedazos de mí que se quedaron en cada amor que sufrí, en los desamores que después gocé; en los encuentros que padecí, en los desencuentros que con el tiempo disfruté; perdí, como piezas de rompecabezas, pedazos de corazón, de cordura, de ecuanimidad, de viveza, de inteligencia, que fueron quedándose entre las rocas de las vivencias, en las locuras de otras edades y que ahora empiezo a recuperar como monedas perdidas. Ahora comienzo a formar otra vez el acertijo de quien fui alguna vez pero estoy segura que nuevamente volveré a ser.

 

04 Feb06:46

me encantó!!

Por Ranita (no verificado)

Hola Sestela! me encantó la forma en que describes ese camino que todos andamos y que muchos padecemos, pero que pocos logran describir con la sencillez y majestuosidad que tú lo haces.

Creo que en la vida nada es casualidad y nuestro reencuentro es una peldaño más que nos permitirá crecer y disfrutar cada uno de los instantes de nuestra vida.

Pedazos de vida, que como dices, pareciera que dejamos esparcidos en el tiempo y en el camino, pero que sin embargo, construyen el yo que hoy somos.

La vdd me encantó, sencillo y majestuoso!

Sigue escribiendo, que solo Dios detenga tu camino. . .