Marzo 16. 2009
Al fin encontré mi espacio, llevo más de un año hablando de que quiero pertenecer a las Talladoras de Palabras y siempre tengo un excelente pretexto para no empezar.
El espacio ya lo tengo elegido. Es mi escritorio. En él tengo toda clase papeles: recordatorios, facturas, carpetas de proyectos terminados y no. El Libro de mi Muerte, es una carpeta que me regaló una amiga donde hay que poner todas las cosas en orden para cuando se llegue ese momento. Creo que es algo muy sano que todas las personas deberíamos hacer. En ella hay que colocar los papeles del banco, el testamento, seguros, cómo queremos que sea nuestro funeral, si queremos que nos entierren o nos cremen, etcétera... y lo más importante: los legados que le dejamos a los seres queridos. No se trata de “las joyas de la corona”, sino de cosas que sabemos que esas personas apreciarán porque nos apreciaban a nosotras. En ese renglón, por ejemplo, yo tengo marcado lo que dejaré a cada una de mis ahijadas – tengo como mil – también los manteles y las carpetas que mi mamá tejió. Este trabajo es invaluable y realmente ya nadie lo valora, así que se lo dejaré a sus sobrinas las que sí lo apreciarán por tanto que la querían.
Hay algo que siempre estoy queriendo hacer y no he hecho y que también va dentro de esa carpeta. Te aconsejan que les dejes mensajes a las personas que quieres para que se lean a tu muerte. Ya tengo pensado a quién le escribiré pero nunca lo he llevado a cabo. Es otro pendiente más en este camino de escribir durante 2009.
Volviendo al espacio, mi escritorio está en una habitación en la que hay de todo. En este momento le estoy dando la espalda – y así quiero seguir – al tiradero que hay detrás de mí. Tengo miles de bolsas con ropa que tengo que llevar al reclusorio para niños y bebés de las internas. Esta es la ropa que trajeron las Beguinas de España y que es urgente entregar. Sin embargo, las cosas en el reclusorio han cambiado, cambiaron a la directora, al personal y tengo que empezar de nuevo a ir conociendo a la gente y llevar a cabo y hacer el plan de trabajo que yo tenía para este 2009. Así que de momento, a darle la espalda a los bultos y a concentrarme en la escritura.
A mi derecha hay un librero, lleno de libros que ya leí, otros que todavía no leo, los que no leeré jamás pero ahí están, amenazantes, esperando a ser leídos de una buena vez (otro propósito de 2009). No es que no lea, es que siempre tengo más y más para leer. El propósito realmente no es leer, sino no comprar mas que lo que sí vaya a leer y como los Alcohólicos Anónimos, “uno a la vez”.
Y, bueno, enfrente de mí y a mi izquierda está la gran fuente de inspiración: fotografías de todos (o muchos) seres queridos, personas que han sido importantes en mi vida. De las que he aprendido, los que ya se murieron, los que todavía son muy pequeños y más que nada, de todas las mujeres de mi vida.
Con las Talladoras deseo comprometerme a escribir lo que siempre he querido. Estaba yo leyendo en el tema del mes de las Talladoras que “el feminismo siempre ha demostrado un especial interés en la autobiografía” y sobre eso es sobre lo que yo quiero escribir. Quiero compartir mis experiencias. No tengo mucha práctica en esto de la escritura y me da miedo empezar con algo que no conozco. Sé que para ser una gran escritora hay que leer mucho, investigar, buscar, pero también creo que “hay que vivir” y en eso sí que tengo experiencia. Quiero mostrar a las mujeres que han influido en mi vida, cuán importantes han sido, qué me han enseñado, cómo quisiera ser, cómo NO quisiera ser, cuál ha sido su legado. De esta forma yo también podré dejar un legado a las mujeres de mi vida que siguen, a mis sobrinas, a mis ahijadas, a las niñas del futuro. Creo que esto suena muy prepotente pero no importa, sé que algo aprenderán de mí, como yo he aprendido de estas otras mujeres. El título de mi obra (¡qué importante suena!), es ese YO Y MIS MUJERES. Sí, ya sé que el burro no va por delante, pero en este caso sí. Primero soy Yo y luego todas estas mujeres maravillosas con las que he compartido mi infancia, mi adolescencia, mi juventud, mi edad adulta, mis sueños, miedos, triunfos, fracasos, risas, mis lágrimas…
Ahora ya tengo el tiempo para hacerlo, sólo que es mejor perderlo que enfrentarme a escribir. Cuando me jubilé, - después de cuarenta y tres años de trabajar exhaustivamente en empresas súper estresantes y demandantes – dije que lo único que quería era tener tiempo, tiempo para estar conmigo, para caminar, para meditar y ¡PARA ESCRIBIR!, y ahora, cuatro años, cinco meses y veintiún días después, estoy frente a esta hoja en blanco sin haber empezado. Ahora ya es una firme decisión, para empezar, todos los miércoles y jueves de cinco a siete de la tarde, como una disciplina. Tengo el propósito de hacerlo y aquí estoy, frente a la máquina sin saber cómo llenar este tiempo.
En lugar de ponerme a escribir me llené de compromisos: toda clase de cursos y clases de todo tipo, comidas, cenas, trabajo social. Cualquier cosa es buena para evadirme pero ¡ya basta!, la decisión está tomada y empezaré con estas cuatro horas semanales y veremos cómo se van presentando las cosas.
Quiero tomarlo como un trabajo, como cuando tenía una junta o una cita y había que cumplirla no importa qué. Ya no me acuerdo quién dijo que el éxito era noventa por ciento transpiración y diez por ciento inspiración y, como todo, hay que ejercitarlo para lograrlo.
Creo que debo presentarme, yo soy Dulce, ni modo así me pusieron. Un día una persona me dijo: “qué responsabilidad tan grande era andar por el mundo con este nombre” y tenía razón. Mi nombre me gusta, me gusta mucho y me gusta cuando alguien – especialmente algún hombre que he amado – me dice así: Dulce. No “gordita” ni “mi amor” ni nada por el estilo, sólo Dulce.
Pero sí es una responsabilidad y yo creo que algunos de mis problemas de no decir exactamente qué me sucede, de no enojarme, de no contrariar a los demás, es precisamente ese. Cómo yo que soy “Dulce” voy a mostrar una cara agria o un carácter amargado. Tengo la obligación de ser D U L C E. Como una paleta, un caramelo, un chicloso, un muégano, una trompada, un pirulí, un merengue, un Toficos!!!!
Soy una mujer de sesenta y cinco años bastante atractiva. Ahora me siento más atractiva que cuando tenía veinte, pero menos que cuando cumplí cuarenta, pero sigo siendo atractiva. No dije hermosa, ni glamorosa pero sé que mi personalidad es atractiva. A la gente le llamo la atención y quiere estar conmigo. Esto también lo descubrí recientemente, no crean que siempre me sentí así.
Soy inteligente, bastante simpática, con buen sentido del humor. Soy gorda – de esto tendré que hablar más adelante – pero también recientemente he asumido mi gordura. Tengo los ojos grandes y oscuros, el pelo castaño oscuro Gracias a L’Oreal, si no estaría lleno de canas. Ahora lo llevo corto, de niña, y hasta que empecé a trabajar, lo tenía larguísimo. A los dieciocho que me lo corté lo tenía como una cuarta arriba de la rodilla.
En realidad tengo muchas cualidades, soy confiable, responsable, amorosa, buena amiga, generosa, sensible. Y también juzgona, criticona, gastalona, comelona. Soy curiosa, buena investigadora. Ordenada y desordenada a la vez y también codependiente. Me preocupa mucho lo que la gente piense de mí, quiero ser siempre aceptada y querida, que todos piensen bien de mí.
No soy envidiosa, ni perfeccionista, no soy neurótica. No soy “mala onda”, sí critico y cuento chismes, pero nunca cosas que puedan dañar a los demás. Me molesta muchísimo la gente que tira mala onda.
Me dan miedo muchas cosas. Tengo miedo a la enfermedad, no a la enfermedad en sí, sino a estar mucho tiempo enferma, dar molestias, no tener para pagar los gastos. No me da miedo la muerte, pero me encantaría que fuera fulminante como fue la de mi mamá. Me da miedo ofender a la gente. Que ya no me quieran. Me da miedo entrar a un grupo nuevo y sentirme inadecuada. Me da miedo sentirme tonta y más todavía que los demás se den cuenta de que no sé algo.
En este momento espero seguir viva – pero tampoco por muchos años más – máximo unos diez. Como decía mi mamá: “no quiero ser una viejita que esté dando lata y lástima, que nadie soporte”. Muca, una de las mejores amigas de mi mamá “una de sus mujeres y también mía, más adelante tengo mucho que contarles de ella, decía: “Quiero morir en perfecto estado de salud”.
Los años que me faltan por vivir quiero vivirlos plenamente, como he vivido hasta ahora. Quiero tener ganas de hacer las cosas, de ver a mis amigas, de disfrutarlas, de viajar – en viajes cortos – de caminar, de tomar clases para escribir.
Espero tener la independencia económica y física suficiente para valerme a mí misma. Yo me disfruto mucho, pero en gran parte es porque hasta este momento gozo de independencia. Espero seguir teniéndola mientras viva.
Creo que es muy pretencioso decir “este es mi mundo” y restringirlo a un pequeño o gran espacio, cuando ahí afuera hay todo un mundo para ver, para disfrutar, para sufrir, para compartir, para conocer. Pero lo que sí sé es que mi mundo es la gente –la gente buena y simpática – esto es lo que más disfruto del mundo en el que me tocó vivir. Las personas te nutren, te alegran, te consuelan, te comparten.
Dentro de las tradiciones de las Talladoras, debemos tener un anillo de Chompantle, ¡yo ya me hice el mío! Bueno no me lo hice yo. Tengo una amiga – Clara – que se dedica a hacer joyería, a ella se lo pedí y me hizo un anillo precioso. Tal como me lo imaginaba. Es de piedras y chaquira. La chaquira es lo que forma el aro y el anillo es una flor formada como por seis pétalos, ahí se sostienen seis piedras rojas y en el centro tiene otras seis. Lo que sería el pistilo también está formado por chaquiras más chiquitas. El anillo es grande, llama la atención. Lo uso constantemente, no nada más para escribir, me gusta llevarlo, me siento orgullosa y me siento más orgullosa todavía cuando platico que es el anillo de las Talladoras.
¡Me siento muy bien en mi casa! ¡Qué importante es tener nuestro propio espacio! Aunque en mi departamento nadie me molesta, hay algunas veces en que sé que no hay un solo vecino en todo el edificio y lo disfruto enormemente. Me gusta ver mi casa, sentarme a leer el periódico, a desayunar, a ver la televisión con la tranquilidad de que todo esto es sólo mío. Nadie puede irrumpir en mi espacio si yo no lo permito, y me refiero a todo mi espacio, no sólo al espacio físico. Debe de ser terrible vivir hacinada en un cuarto con mucha gente, o peor aun, en una prisión, aunque reflexionando, nadie puede irrumpir en nuestro espacio interior. Las paredes, los muros, las rejas no invaden nuestro mundo interior a menos que nosotras lo permitamos y para acompañarme tengo mi escritura. La escritura es lo que me permite comunicarme en silencio con las personas y conmigo misma. Sé que dentro de mí hay un enorme caudal para compartir pero tengo miedo, no sé cómo expresarlo. Estoy intentándolo y aquí seguiré. Quiero compartir mis pensamientos, mis palabras con mucha gente, principalmente con muchas mujeres que, la igual que yo, lo tienen todo guardado. Guardado como un tesoro – porque es un tesoro – pero está listo para salir, para mostrarlo, para volcarlo en todo aquel que quiera leerlo y de ser posible, disfrutarlo.
Comentario a las talladoras
Por Anónimo (no verificado)Entré por curiosidad, me gusta escribir, tengo un diario, inconcluso, mentiroso, cómplice.
Me llamó la atención la convocatoria y una frase que suena a reto (y me encantan los retos) "Atrévete..." busqué más información en internet y aquí estoy. Me siento como alumna en mi primer día de clases, en una escuela desconocida, aún sin amigos, a la vez con curiosidad y ganas de aceptar el reto. Ansiosa por aprender.
Entré a leer los primeros escritos de algunas Talladoras y no pude menos que expresar una gran sonrisa...muchas son como yo, se expresan y sienten parecido a mí, han vivido experiencias similares...y yo que siempre creí que era la única.
Felicidades por atreverse, muchas lo deseamos, lo pensamos, lo soñamos y muy pocas nos atrevemos a realizar nuestro sueño.
Creo que la travesía va a ser mejor de lo que imaginé.