Talladoras de Palabras

Marzo, 2009

Primer Manuscrito: Anaid

“… Estaba tan deprimida, tan cansada. Sentía el cuerpo pesado, cada vez más aburrida del trabajo, de las notas de siempre, de la misma espera de que “algo” sucediera en mi vida. Me levantaba diario a las siete de la mañana y corría todo el día por la ciudad persiguiendo líderes campesinos, líderes obreros, marchando al lado de “jóvenes” que caminaban largos trayectos gritando consignas anti-gobierno, tan conocidas, tan repetidas; entrevistando a gente que había sido abusada, oyendo discursos soporíferos de políticos que entre los compañeros sólo nos provocaban risas, luego, la llegada a la redacción, a escribir a toda velocidad sin ton ni son sólo para llegar antes del cierre y luego la invitación a las cervezas, las carcajadas catárticas de tanta tensión y la madrugada y el regreso a casa, con la esperanza de que ahora sí el insomnio no llegara y pudiera por fin dormir.

Quería fugarme y por eso me fui. No iba como turista, pero tampoco tenía claro en que trabajaría. Así que llegué a Europa primero en donde me dio el “síndrome del migrante”, como me dijeron por allá, ese temor-terror-ansiedad de no saber qué se hace ahí, aunque tampoco se sabría qué hacer en ningún lado… Fui a París, decidida a olvidarme del dilema del trabajo y simplemente convertirme en turista en una ciudad que siempre anhelé conocer. Lo logré a medias, porque el dinero se agotaba y era un permanente recordatorio de que sólo había dos opciones: o trabajaba o me regresaba.  Y fue entonces cuando mi hermano extendió su brazo, su mano y me acogió en su casa, en esa isla en la que permanecí casi dos años. Trabajé de todo: nana, cocinera, limpia-casas, maestra de español, locutora, programadora de radio… fueron buenos, muy buenos días en los que voluntaria y obligadamente, entre tanto silencio, con tan poca gente que habita ahí, empecé a reconciliarme conmigo misma.

Regreso a México. De hecho, regresé justo a este departamento con mi padre. La verdad, quería alojarme con mi mamá. Ella se negó. Si mis muebles y todo ya estaban aquí, ¿por qué iba a invadir su espacio? Tenía razón. Llegué aquí aunque no por mucho tiempo, porque fue cuando me reencontré con él. Se veía tan diferente, me gusta tanto, me gustó mucho más que cuando lo conocí, hace diez años. A los pocos meses acordamos vivir juntos. Dos años de encuentros y desencuentros, hasta que de nuevo estoy aquí, ahora sola…

En fin, aquí en este cuarto, están mis libros regados por el piso. Todavía no compro un librero que me guste y que sea del costo que mi bolsillo resista. Sobre ellos tengo un pequeño borreguito de peluche que me recuerda que, aunque triste a veces, puedo sobrevivir a la soledad. Me lo regaló mi hermano, en un cumpleaños, y también un globo con la forma de estrella de mar que es amiga de Bob Esponja en la caricatura y que fue un regalo que le hice a Antonio y que, por supuesto, no se llevó, aquí me lo dejó desde que se lo regalé...

Este es uno de los espacios. El que quiero que sea mi espacio para escribir aunque le falten muchas cosas todavía… ya está aquí mi lenta lap-top –me desespera, hay que ampliarle la memoria, como a su dueña quizá-, mis diccionarios, mis lentes.

Otro espacio donde escribo -mi diario- es la recámara. A ésta todavía le falta más por hacer. Por el momento, tiene un buró del que me acuerdo de hace mil –un decir por supuesto- años. Estaba en casa de mi mamá y desde que yo vivía ahí, o sea, por lo menos hace veinte años –cuando me fui de la casa-, todavía mucho antes estaba ahí. No sé cuándo ni cómo llegó aquí. Porque este departamento en el que vivo es de mi papá. Antes era su oficina, incluso aquí trabajé yo un tiempo con él, creo que hace como cinco años o quizá un poco más, no lo sé bien, se quedó como su departamento y mudó su oficina a otra parte. Pero él no tenía muebles, no muchos. Apenas mi mamá le dio ese buró y tenía una cama individual, ya muy vieja.

Ahora que yo vivo aquí ese buró se quedó en donde estaba, la recámara que yo tenía antes de irme se la repartieron entre mi mamá y mi hermana. La que sí se quedó fue la base de mi cama, que es matrimonial. Esa base también tiene mucho tiempo. Creo que la compramos Juan y yo hace mucho, antes del 94 –cuando murió- y ha resistido varias mudanzas. El colchón sí es nuevo. Tiene un año. Me acuerdo muy bien cuando Juan y yo compramos nuestro colchón. Casi no teníamos dinero y encontramos una muy buena oferta en una tienda que está sobre Revolución. Juan con su eterna expresión bondadosa, lo cargaba y lo ponía sobre la base. Juan que siempre me ofreció comprensión y escucha. Era un buen compañero. Dice mi mamá que se murió porque tenía el corazón muy grande y ya no le cupo.

A Juan lo conocí en 1990… En realidad nunca me enamoré de él, más bien, lo quise mucho, aprendí a quererlo mucho. Él sí se enamoró de mí… Me llevaba quince años. Yo tenía veinticuatro cuando empezamos nuestro cuestionado idilio… Se ganó a mi familia por esa cualidad suya de ser tan solidario, honesto y yo era lo que se dice una “patana” con él. Vaya, no quiero decir que fuera ojete, simplemente estaba más joven y me gustaban las fiestas a las que no lo invitaba porque él era más de platicar, no tomaba, no bailaba, aunque conmigo lo intentaba para ponerme contenta. Fue mi apoyo incondicional siempre, hasta que un día, cuando él recién había cumplido cuarenta y un años y yo veintiséis, le dio un infarto. He escrito tanto sobre cómo me sentí en ese momento y me sorprende verme como si acabara de suceder cuando lo cuento. Fue una pérdida muy grande para mí y me tardé mucho tiempo en recuperarme, porque no sólo no guarde silencio e intente comprender, sino que en franco enojo y sin sentido, hice mil y un tonterías, por unos cinco años más luego de su muerte. Hasta que me vi tan cansada… Se acabó “el reventón”, se me acabó la energía.

Así que esos objetos me acompañan y también una mesa de televisión que originalmente era para impresora, que viene de mi departamento anterior. Sobre ella, hay una tele que me prestó Antonio y una video que él me regaló.

Las paredes están “desnudas”, vaya, sin cuadros. Hace falta pintarlas, en realidad, hace falta pintar todo el departamento. A veces esa recámara me da tristeza porque me acuerdo cuando viví aquí con mi papá recién regresé… Era su recámara y la mía donde ahora está el estudio. Ahí estaba él, tranquilo, sí, pero sin preocuparse mucho por el polvo y los muebles viejos. Me acuerdo que me daba las buenas noches y se metía a leer y luego se dormía y se levantaba muy temprano. Su recámara tenía varias imágenes de cristos y folletos, libros de religión, porque a últimas fechas le dio por pegarse mucho a la iglesia. Me da tristeza por mucho motivos, o no sé si muchos: uno, porque es muy difícil comunicarme con él; estoy como a la defensiva; dos, porque me siento responsable de su soledad, no sé, es como muy triste para mí…”.
 

08 Ene00:06

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Por Anaid (no verificado)

Jaja lei los otros comentarios, siempre nos sentimos identificadas con algo, pero no fue solo la historia... Mi nombre es Anaid, y mi ex Antonio... Lo que pienso y me asusta es; cuantas posibilidades de que esto se repita en el mundo habra? Saludos!

05 Jul18:40

Through the looking glass...

Por Laura (no verificado)

Siempre es muy fascinante para mi ver como todas encontramos en todas nuestras propias historias...

Yo siempre he creido que todo pasa por un motivo excepcional... y hoy justamente vine a leer tu primer manuscrito y braaaaavo! no soy ninguna experta - de hecho estoy en este proceso de descubrirme y crear mi primer manuscrito - pero me senti muy identificada con algunas partes de tu historia.

Actualmente vivo con un hombre que me hace muy feliz... que tiene quince años mas que yo... "esa cualidad suya de ser tan solidario, honesto y yo era lo que se dice una “patana” con él"... FASCINANTE...

Gracias por compartir y suerte con lo que sigue de tu recorrido con las talladoras....

21 Mayo10:25

Anaid: A veces me siento

Por Susana (no verificado)

Anaid: A veces me siento como tu lo describes. He leído algunos relatos  y me encantan, voy a pedir informes para saber si soy digna de ser una talladora. Me imagino que cuando ustedes las atrevidas, se reunen a tomar el café a de ser una experiencia mágica, estar todas las que han descubierto su alma e intercambiar sus comentarios. Te felicito .

Susana