Talladoras de Palabras

2009, diciembre

Olivia Carbonel

Mujer Perfecta

“Escríbele una carta a tu padre, hija”, me decía mi abuela cuando los preparativos para la fiesta de la navidad se respiraban en la casa. Todos los años era igual y recuerdo me ponía a pensar: no sé por qué dice eso. ¿Qué cosas puedo escribirle a una  persona que no conozco? A mi padre nada más lo había visto en esas fotografías que mi mamá esconde en una cajita roja dentro del ropero. Un señor de piel morena, muy alto, con ojeras bastante oscuras y una boca que no sonreía nunca.

Mi abuela lo quiso mucho, lo sé por la forma en que atraía su recuerdo. Lo evocaba tal y como si estuviera hablando sobre un héroe al que había que venerar. Hasta sabía que su comida favorita era el queso y cuando ella iba a  Guadalajara, a visitar a su hermana, nunca olvidaba comprar uno de los más sabrosos para regalárselo a mi padre. Varias veces quise preguntarle cómo podía tener un sentimiento de cariño hacia ese hombre, pero no me atreví. ¿A caso no  se daba cuenta de su maldad?

A pesar de que han pasado muchos años y ella ha muerto, sigo escuchando el eco de sus palabras. Fueron expresadas muchas veces. ¿Por qué insistía en que yo escribiera a ese desconocido? 

Por las mañanas me invitaba a cocinar y mientras la sopa despedía vapores, mi abuela seguía hilando una serie de historias en torno a mi padre. Después de muchos platillos ya me había resignado a escucharla sin decir nada, pero luego me escapaba para esconderme en un rincón.

Desde allí, ensanchada por la oscuridad de sus intenciones, mi abuela parecía un ser grotesco, un costal de cosas sin sentido. Sus frases me desconcertaban y terminaban por herir la tarde.

Un buen día, cuando ya era una adolescente, me armé de coraje para decirle: alto abuela, deja ya de mencionarlo, se fue y nunca va a regresar, entiéndelo de una vez.

Nunca más volvió a mencionar una palabra sobre él. Mientras cocinábamos me contaba cómo pasó la vida con sus papás y sus hermanos en la hacienda que permanecía a sus cuidados. Así pasaron muchos años, cuando de repente apareció en mí un deseo: conocer a aquel hombre del que me había fastidiado escuchar.

¿Por qué se había marchado? Todos los días pensaba en él mientras que una especie de  rencor iba germinando en mi interior. Después comprendí: ese sentimiento que me inspiraba su imagen no era verdadero. Fue solamente la copia de aquello que los demás decían sentir, una mezcla de odio y desprecio hacia la forma en que hizo las cosas. En realidad yo estaba ansiosa por mirarlo, por conocerle, por aprender algo de él.

Entonces emprendí su búsqueda. No fue una tarea difícil, lo primero era saber su dirección y la tomé de una libreta que mi madre guardaba junto a su cajita roja de las fotos. Ni siquiera tuve que recorrer largos caminos, viajé en el metro rumbo a su casa. Ese fue un día en verdad fugaz, avanzaba rápido dejándome una ligera estela de bienestar. Me sentía poderosa e importante, como si estuviese cumpliendo una misión secreta de la cual dependiera mi vida. Y esto no era meramente una fantasía, de secreto tenía bastante pues no se lo mencioné a nadie y ¡claro que en ello me iba la vida!, debía saber de dónde había yo brotado, cuáles eran mis raíces.

Me di cuenta del gran sentimiento que le provocó mi visita aunque fingió no sorprenderse. Lo saludé: hola, soy Julie. No respondió, las palabras no le salían, se quedaron atrapadas en otro tiempo, en el tiempo donde Julie no podía hablar ni mucho menos caminar.

Tal vez lo único que le pareció más conveniente en ese momento de tensión, fue invitarme a comer. Nos dirigimos al zócalo, a la plaza de Santo Domingo como dos completos extraños, colocando nuestras palabras sobre cosas sin algún significado real. Quise decirle algo profundo, algo mágico que lograra acercarnos y transformarnos en amigos por un solo instante, pero no pude escribir nada en su corazón y él tampoco en el mío.

T.S. era  la única persona a quien pude confiarle mi secreto. Ella cuidó de mí y mis hermanos mientras nuestra madre permanecía ausente porque trabajaba día y noche para poder mantenernos.

T.S. nos llevó a conocer el mar; le ponía polvo rosado a nuestros vasos con leche para darle sabor a fresa; nos arrullaba con una canción que había sido escrita para una mujer llamada Verónica y bailábamos frenéticamente en su cuarto al ritmo de música clásica.

En mi naciente imaginario ella figuraba como la mujer perfecta. Era portadora de una elegancia sin antecedentes, algo nunca visto en el barrio en donde vivíamos. Yo sabía su secreto, en su cuarto tenía un libro de pasta dura del que había copiado la forma de tener una postura siempre recta, cómo utilizar los cubiertos, ceñirse a lo mínimo para no alcanzar nunca la vulgaridad, entre otras medidas que a mí me parecían exageradas. Sin embargo, admiraba su forma de vestir, sus piernas envueltas en medias negras, los zapatos de tacón delgadísimo, el perfume impregnado en todo lo que le pertenecía, los aretes, collares y pulseras de oro de los que nunca prescindió, su empleo como secretaria en una dependencia del gobierno, su perspicacia para tener al hombre que deseaba.

Cuando no iba a trabajar, transitábamos la mayor parte del día juntas. Ella me enseñó a despreciarme. Se burlaba de mis piernas comparándolas con dos chorritos, le causaba mucha gracia que usara faldas. Me detenía antes de cruzar la puerta de la calle para preguntar: ¿a dónde vas con esos esquís?, mofándose del tamaño de mis pies. Un día me corté el cabello y no paró de reír ante lo que nombró mi parentesco con una escobeta. Al contarle que fui a visitar a mi padre me dijo que dejara esas tonterías.

En esa época debí ser muy sensible, su burla me caló hasta los huesos de manera que empecé a percibirme como una mujer deformada por mis inconmensurables defectos. Me costó largos años de mi vida darme cuenta de la irrealidad que T.S. me había vendido.

Está por demás mencionar los cien mil lugares a los que acudí, las personas a quienes tuve que escuchar, los remedios que probé, entre otros abundantes suplicios sólo para desvanecer las palabras que mi mamá postiza me puso en la mente. Todo fue en vano. Aún no logro desechar esa imagen deformada de mí misma, mas he comprendido que no es real. Es como si yo estuviera viviendo detrás de una coraza transparente, no la puedo quitar  porque es pesada como el metal y a pesar de ser tan clara me impide mostrar lo que soy realmente.

Por esa razón debo redescubrirme a diario; cada nuevo día sé que soy una guerrera en busca de un remedio que deshaga el conjuro, sé que tal vez nunca lo alcance, pero en esa carrera mi ser ha evolucionado hasta el momento presente. Así, me encuentro ahora en una  fase  para  apropiarme de la escritura.

En una ocasión, tomando la clase de historia en la preparatoria, me senté junto a Vico para preguntarle si podíamos ser amigas. Asintió y desde ese día no me separé de ella mientras duró nuestra estancia en esa escuela. Vico tenía el labio leporino, era delgada, rubia  y muy bajita. Me agradaba porque todo el tiempo estaba feliz, tenía una risa particular que contagiaba a quien se encontrara a su lado. 

Yo conversaba muy poco, no tenía otras amistades y vivía en la biblioteca. Mi única amiga era Vico. Al salir de clases iba con ella a comer y a pasar la tarde entera en su casa. Ella nunca aceptó mi forma de ser, le molestaba mi actitud introvertida. Celebraba las pocas veces que me atreví a despegar la boca e iba corriendo a contárselo a otras personas: ¡Julie habló, Julie habló! 

Cierto día me invitó a una fiesta, tuvo que agotar todas sus energías para convencerme de que fuera con ella. Pasé largo tiempo en un sillón observando a las personas, mirando a Vico reír. Luego vino a sentarse a mi lado, mientras fumábamos un cigarrillo le confié mi miedo de no ser autentica, de sentirme la copia de otras personas. Entonces dijo: no te preocupes por eso, yo también he copiado.

Y se puso a cantar una melodía de Silvio, “Soy como soy, a casi todo el mundo ya le pedí prestado”. Me sonrió dulcemente a la vez que sus ojos me demandaron una palabra. Yo no quería que me preguntara nada, jamás lo hizo.
 
Olivia Carbonel