¡Bienvenidas al Ciclo de Literatura Carcelaria! En estos meses queremos compartir con ustedes los textos y testimonios de las mujeres en reclusión que se han atrevido a apropiarse de la Escritura y a compartir con nosotras aprendizajes y experiencias…
Comenzamos nuestro ciclo con la ganadora de los Premios Demac Penitenciario 2002, Alexa y su texto titulado Mi Diario… Esperamos que lo disfrutes y nos retroalimentes escribiendo aquí mismo tus comentarios a la obra o enviándonos tus opiniones a diana.perez@demac.org.mx
Mi diario
Alexa
Este diario lo dedico a:
Querido Padre Mío
Adorado Hermano Jesucristo
Amada Madre y Reina del cielo.
La mayor parte de lo que aquí escriba es lo que siento, lo que me inspiran. En ustedes deposito mi tristeza, mi llanto y mi risa.
No se olviden de mi hijo, díganle que lo amo, que nunca lo olvido, que siempre está en mi pensamiento, que lo bendigo, y les pido que no lo dejen de su mano.
Bendíganlo, denle paz, salud, vida y sabiduría, para que no equivoque el camino; que me perdone, que ya he pagado con un dolor duro, amargo, con lágrimas, soledad, desamor, olvido y silencio, esperando siempre el momento de su visita.
Siento en mi corazón que sufren por mí. Aun siendo parte de ustedes no puedo ser feliz. Sin embargo, sé que me bendicen para que un día no muy lejano descubra mis equivocaciones y haga correcciones para alcanzar la felicidad.
¡Sé que entonces serán felices por mis triunfos y reirán conmigo!
Lunes 5 de febrero de 1996
Querido padre mío:
Hoy vi toda la desilusión pintada en su rostro y me he dado cabal cuenta de la magnitud de mi error.
Tantas cosas buenas que usted siempre me enseña, toda la confianza que depositó en mí, y lo he defraudado. Quizá nunca tenga la fortaleza de contarle toda mi verdad sobre las causas que me condujeron a esta cárcel. No sé qué pase más adelante, ni qué fin tenga la historia de mi vida.
Viernes 9 de febrero de 1996
Querido hijo:
Qué dolor tan grande he sentido hoy al verte con tu traje de cumpleaños, porque hoy que cumples cuatro años, tu piñata, tu pastel y tu fiesta han quedado en otras manos que no son las mías. En mi afán de darte todas las cosas materiales de las que yo carecí, estoy aquí. Pero no… ¡Eso no es verdad! Debo reconocer que fueron otros los motivos. Me dejé llevar por la ambición, por lo fácil.
Equivoqué el camino, y sólo le pido a Dios que me ayude a que no me condenen a tantos años de prisión. Padre mío, tú que estás en el cielo, cuida de mi hijo. Yo no merezco siquiera que te dignes mirarme, pero un día lograré ser la chica sencilla y buena que una vez fui, digna de tu amor y confianza.
Mayo de 1996
Conversación telefónica:
—Mamá, conseguí un permiso para que mi hijo se quede conmigo el fin de semana, ¿me lo podría traer?
—Pero, hija, ¿cómo se va a quedar contigo? No es lugar para niños. De hecho, en el kinder hablé con la directora y me recomendó que no te lleve al niño, porque puede ser un trauma para él y afectarle en su desarrollo.
—Pero, ¿qué le va a decir a Alejandro cuando pregunte por mí?
—Pues que te fuiste de viaje y que tardarás un poco en regresar.
Trato de controlar las lágrimas y le contesto:
—Discúlpeme, mamá, pero aquí hay muchas chicas que tienen a sus hijos con ellas y no estoy de acuerdo con lo que dice la directora. El niño me necesita. Y sí, mamá, ya sé que eso lo debí haber pensado antes; no quiero discutir con usted. ¿Me va a traer al niño, sí o no?
Y claro que Alejandro estuvo conmigo ese fin de semana y muchos más. Incluso ese verano, en vacaciones, aprendió a nadar en una alberca que se encuentra aquí, en el área femenil. Se ha puesto morenito, lo quiero tanto.
Septiembre de 1996
Hoy me han sentenciado a veinte años de prisión. ¡No puedo creerlo! ¿Acaso escuché mal? Pero no, el notificador me repite la sentencia. Ya no lo escucho. Mil emociones pasan por mi corazón y se convierten en lágrimas que me impiden siquiera firmar esa hoja de papel. ¿Que si quiero apelar? “¿Qué significa eso?”, pregunto. “Que no está de acuerdo con la sentencia que se le está dictando”, me contesta el notificador y firmo otra hoja.
¿Cómo es posible que el abogado no consiguiera siquiera que yo quedara como cómplice? ¡Pero qué tonta soy! ¿Cómplice de quién, si me detuvieron sola, si no confesé toda la verdad? Imposible. Confesar todo de nada hubiera servido, yo no hubiera salido y habría arrastrado a otra persona de mi familia a este lugar. No me hubiera perdonado que mi madre se enfermara más de lo que ya se encuentra por mi culpa. Más tarde, ya más tranquila, llamé por teléfono a mis padres para que vinieran y darles la noticia. Les conté todo. Ni una sola lágrima brotó de mis ojos. Mi padre dijo: “Pobre hija mía. Ahora sí te has quedado sin alas, que Dios Nuestro Señor te dé paciencia y fortaleza para soportar todo este tiempo; eres tan inquieta”. Mientras las lágrimas corren abundantes por el rostro de mi madre, la abrazo, me pongo de rodillas y le pido perdón. Ella sólo me acaricia el cabello y dice: “Gracias, hijita, porque has sido tan valiente al cargar tú sola con toda la culpa. No sé qué habría pasado si también tu hermano y yo estuviéramos aquí”.
¿Cómo me siento cuando se marcharon, yo que ni siquiera pude llorar frente a ellos? ¿Qué iba a ser de mi hijo?
Llegó la noche y no quería dormirme, no quería despertar al día siguiente y enfrentar la realidad; quería que fuera un sueño. ¡No me podía estar pasando esto a mí! ¿Dónde estaba la Alexa, la gran estilista que meses antes hizo su primer seminario de belleza, que trabajaba como maquillista y peinadora de un canal de televisión? Nada, no quedaba nada de ella. Todos mis sueños e ilusiones se fueron al bote de basura de Averiguaciones Previas, que fue donde tiré mi bata de estilista.
Noviembre de 1996
—Mamá, ¿verdad que no estás enferma y que ésta es una cárcel?
—¿Quién te dijo eso, Alejandro?
—Nadie, mamá, yo lo sé, afuera hay policías. Pero no le vayas a decir a mi abuelita que lo sé, porque si no, me va a regañar. Ella dice que estás enferma y que por eso no te puedes ir a la casa con nosotros, que esto es un hospital, pero eso no es cierto. Cuéntame ¿por qué estás aquí? ¿Qué hiciste?
Me llené de vergüenza y no supe qué contestarle. ¿Cómo explicarle a un niño de casi cinco años que su madre está detenida por secuestro?
—Mira, chiquito, es verdad. Esto es una cárcel, pero no le digas a tu abuelita que lo sabes. Y estoy aquí porque me porté mal, robé dinero, y cuando uno está grande y hace eso, se lo traen para acá, ¿me entiendes? ¿Dejarás de quererme por eso?
—Ah, ya comprendo. Robaste dinero para tener la casa donde vivíamos y llevarme a Disneylandia, como me prometiste. No te preocupes, cuando sea grande te voy a comprar una casa bien bonita y muchas cosas para que ya no tengas que robar nada. ¡Te quiero mucho, mamá, y nunca voy a dejar de venir a visitarte!
Me quedé asombrada de su madurez, de su inocencia. Trato de contener las lágrimas. Dios mío, ¡dáme fortaleza!
Diciembre de 1996
Me han confirmado la sentencia. Ya no creo en los abogados, no creo en Dios, no creo en nada, quiero morirme. En mi celda las cucarachas, que son lo más asqueroso, se pasean en libertad de arriba abajo. ¿Acaso soy tan mala para merecer tanto tiempo? Primera Navidad en la cárcel, vino mi hijo, mi familia, pero nada me consuela.
Enero de 1997
Siempre me he considerado una mujer fuerte. Inicié mi propio negocio a los veintidós años con un hijo recién nacido, siendo madre soltera y teniendo que trabajar mucho para salir adelante. Aun aquí dentro tengo que luchar. Pasará mucho tiempo para que tenga nuevamente mi libertad y no puedo convertirme en una carga para mis padres, que bastante hacen con pagar el colegio de mi pequeño. ¡Basta ya de lamentarme! Nada gano con llorar en las noches, con eso no voy a conmover a nadie. Si con llorar lograra mi libertad, con gusto llenaría un tambo de lágrimas. ¡Adelante, Alexa, tú puedes!
Febrero de 1997
Hoy es domingo 10 de febrero y estoy celebrando el cumpleaños número cinco de mi hijo. Le hice un pastel de naranja con betún de azúcar glas. Me prestaron una habitación de conyugal y le organicé una pequeña fiesta con algunos niños; muy sencillo, pero mi pequeño estaba emocionado.
Febrero, mediados de mes
Hablé con el director de esta cárcel y le presenté mi proyecto. Quiero poner un pequeño salón de belleza en el área conyugal, en un hueco que hay debajo de las escaleras. Sólo hay que levantar una pared, ponerle puerta, una ventana, y acondicionarlo para trabajar. Le comenté mis planes a mi padre, y como toda su vida ha sido albañil, me dio su visto bueno y su apoyo con lo que necesite.
El director dio su aprobación y empezaré a trabajar de lunes a viernes con un horario de diez de la mañana a cinco de la tarde.
Vienen muchos chicos a cortarse el cabello y les cobro diez pesos. En promedio gano a la semana de $400.00 a $500.00 y pago $150.00 de renta al mes.
Sábados y domingos se los dedico a mi hijo. Tengo un permiso especial para que mi padre lo deje en las oficinas de la Dirección los viernes en la tarde y lo recoja los domingos, también por la tarde, sin que tenga que entretenerse en hacer fila y entrar hasta acá conmigo. Nos vamos al módulo de femenil, y juego en la cancha con él y nos metemos a la alberca.
No tengo mucha amistad con mis compañeras porque casi no estoy en el módulo, pero tampoco tengo problemas con ellas. Me han robado dos o tres cosas, pero no les he reclamado nada. Son chicas que se drogan, que se inyectan en los pasillos, que se ponen violentas y que a mí, la verdad, me dan miedo. Afuera nunca conviví con este tipo de personas, ni siquiera sabía que existía la heroína ni la mariguana. En las fiestas sí tomaba licor, y la cocaína la conocía porque algunos de mis amigos la usaban; incluso llegué a usarla los fines de semana. Hasta ahora me he dedicado a trabajar, no quiero problemas, tan solo me importa convivir con mi pequeño.
Abril de 1997
Entré a la preparatoria. Tuve que hacer un examen global de la secundaria porque me faltaba el tercer año. Saqué 8.4 de promedio. Las clases las dan los propios internos, es puro cotorreo y se forman parejas. El profesor que nos da inglés es un chico de mi edad, bastante atrevido, que se burla constantemente de mí, que porque soy muy fresa, de modales muy delicados; es insoportable. Ayer me pidió que fuera su novia y hoy le he contestado que me la paso bien a su lado. Es muy alegre, muy bromista, y está por el delito de posesión de heroína. Le dieron cinco años y dice que pronto se irá; bueno, eso dicen todos. Unos de verdad se van y otros nos quedamos, como yo. Neftalí dice que soy muy inocente, muy ingenua en muchas cosas, incluso se burla cuando le digo que me dan miedo las “malillas”. Mi hijo le cae bien y juega con él en la cancha de basquet.
Mayo de 1997
Hoy es 22 de mayo; ayer fue mi cumpleaños número veintiocho. En la mañana, temprano, vino mi hijo y me trajo un vestido de regalo, y mi mamá me trajo mi pastel favorito. Alejandro cada día está más grande, como que dio una estirada, porque cuando entré aquí estaba muy chaparrito. En la noche me la pasé bien, con mi novio, porque arreglamos visita conyugal para celebrar mi cumpleaños. Sólo que se enojó porque conseguí una botella de licor. Cuando tenía trece años, su padre murió porque tomaba mucho, y ahora él odia el alcohol: “Que sea la primera y la última vez que tomas delante de mí; claro, si quieres que nuestra relación funcione”.
Agosto de 1997
Le he contado a Neftalí la verdad de por qué estoy aquí y me he puesto a llorar. Me consoló, pregunta que de dónde me salen tantas lágrimas. Dice que es posible que pague con el 25% de mi condena, o sea cinco años; que no me desespere, que no me va a dejar sola. Y no lo hace, todos los días lo veo, pero me ha enseñado a fumar mariguana. Siento como si me hubiera tomado unas copas, livianita, un poco mareada, pero relajada, feliz, todo me da risa; no es mucho lo que fumo.
Octubre de 1997
He sido feliz durante este tiempo. Tengo a mi hijo conmigo, tengo trabajo y un chico enamorado de mí. Pero eso sólo hasta el día de ayer que le llegó la libertad a mi novio. Me ha dejado todas sus cosas: la televisión, un refrigerador, un montón de recuerdos y el vicio maldito de fumar mariguana. Dice que no me olvidará, que vendrá a visitarme, que no me va a dejar sola, y le creo. Está enamorado de mí y yo de él.
También recibí la noticia de que mi hermano Ernesto está enfermo. Él también es estilista, yo le enseñé un poco de lo que sé. No saben qué es lo que tiene, parece que es sarampión, pero que yo recuerde, cuando éramos pequeños nos dio a los siete hijos que somos. Debe ser otra cosa, de momento está internado.
Octubre de 1997
Neftalí ha cumplido su promesa, no ha esperado ni una semana para regresar a pelear a Trabajo Social que lo dejen pasar a verme y lo ha conseguido. Viene dos veces por semana y se queda conmigo en conyugal; es muy lindo, me trae mandado y pasa a casa de mi madre por mi pequeño y me lo trae de visita. Desgraciadamente no todo es felicidad. La salud de mi hermano ha empeorado al grado de que se encuentra en terapia intensiva. Todavía no saben qué es lo que tiene, que es un virus nuevo, raro; el caso es que tiene llagas en todo el cuerpo y el estómago muy inflamado. Le han hecho varios estudios y no saben qué es. Me da mucha tristeza; de los cuatro hermanos que tengo, él es uno de los más buenos. Está casado, tiene una pequeña, y su esposa está embarazada.
Anoche no dormí pensando en él y pidiéndole a Dios por su salud.
Noviembre de 1997
Hoy hablé a la casa y estaban rezando el rosario por mi hermano. Los especialistas que lo atienden no dan esperanzas de que se cure; lo operaron y tiene los intestinos perforados. La enfermedad que le dio por fuera lo invadió también por dentro, parece que tiene una clase de púrpura que, si no se detecta a tiempo, es mortal. Estoy tratando de que me dejen salir a verlo. Hoy me trajo Neftalí a mi hijo, pero la verdad no tenía cabeza para disfrutar de su visita, estoy demasiado angustiada por mi hermano.
Pasé nuevamente por la dirección a ver qué me habían resuelto de mi solicitud de permiso para ver a mi hermano. Me lo negaron, que sólo se dan permisos cuando un familiar fallece. ¡Cómo no!, ya muerto ¿para qué quiero verlo? Ha venido Neftalí de visita y he tenido una fuerte discusión con él. Como él ya está en libertad, no comprende lo que siento, qué le importan mis problemas. Prendí un cigarro de mariguana y me lo quitó. Dice que ésa no es la solución, y yo le contesto muy indignada que él me enseñó a usarla, y como ya no fuma, no quiere que yo tampoco la use. En fin, estuvo grave la discusión, hasta una cachetada le planté. Claro que luego me arrepentí y le pedí una disculpa; no tiene la culpa de lo que me pasa, ya pagó su tiempo y no tiene ninguna obligación de venir a visitarme y soportar mi mal genio.
Diciembre de 1997
Mi hermano ha logrado salvar su vida; está muy delicado, pero estable. O quizás eso me dice mi madre para que no me preocupe. Vino a visitarme y me encontró muy delgada, creo que sospecha que estoy usando drogas. Claro que no se equivoca.
También estoy muy molesta porque hay un matrimonio interno y, como hicieron una donación muy cuantiosa para mejorar el área de enfermería, les permitieron salir a la fiesta de quince años de su hija; una fiesta, no un sepelio. Pero en fin, Señor don dinero.
Ya pasó el 24 de diciembre y me la pasé con mi novio. Dejó de estar con su familia por acompañarme, y me dijo que también venía a quedarse para fin de año. No he querido que mi hijo pase estos días conmigo, porque merece estar con sus primos, con sus amiguitos, jugando con sus juguetes nuevos. No soy muy buena compañía para él en estos momentos; me siento muy triste.
Enero de 1998
Sigo trabajando en el saloncito de belleza. Hace mucho frío y casi no tengo trabajo, pero Neftalí me trae mi mandado y está al pendiente de lo que me hace falta. De todas maneras no soy feliz y cada día me pesa más este encierro. En las noches no duermo, me la paso fumando mariguana en el baño de mi celda, incluso estoy usando cocaína a escondidas de mi novio. El otro día vino mi madre y me encontró con aliento alcohólico. Se fue llorando; ya no soporto estar aquí.
Febrero de 1998
Hoy es domingo. Mi hijo cumplió seis años. Le hicieron su piñata afuera, me trajo las fotografías para que las viera. Se ha quedado conmigo, como siempre, cada tercer viernes, pero me temo que últimamente no he sido muy buena compañía para él; bueno, para nadie.
Mayo de 1998
Hoy es mi cumpleaños. Mi madre me trajo mi pastel favorito y a mi pequeño, aunque sólo un ratito, porque vino mi hermano Ernesto, con todo el estómago vendado y una sonda. Tiene muchas marcas en sus piernas y brazos, está muy delgado y me alegra verlo, aunque también me deprime.
Julio de 1998
Al fin llegó el día que esperaba y tanto temía. Es un viernes y Neftalí llegó de sorpresa. No esperaba verlo, y luego de platicar un ratito me dijo muy serio:
—Alexa, quiero que sepas que te quiero mucho, no lo olvides. También sé que estás usando cocaína —ante mi asombro, sigue—. Chiquita, no nací ayer, y tan sólo te pido que no me defraudes. Confío mucho en ti. Droga siempre habrá en todas partes, mas no por eso vas a usarla. Mira, ayer vino mi hermano, el que vive en Las Vegas, Nevada. Ya te había platicado de él, me invitó a que me vaya a trabajar con él. ¿Me dejas ir?, ¿no te enojas? Te prometo que para Navidad estoy de regreso contigo. ¿Me esperas?
Sentí un nudo en la garganta y sólo le pregunté cuándo se quería ir.
—Mañana, mi flaquita. Sólo vine a despedirme de ti, pero no llores, mi reina. Te juro que voy a regresar, no te voy a dejar sola.
No sé qué decirle, no puedo detenerlo, me falta mucho tiempo para salir. Él tiene sus sueños, sus ambiciones. ¿Quién soy yo para impedirle que los realice? Así se lo hago saber. También le digo que si no quiere, no regrese.
—Pero, chiquita, ¿cómo me dices eso? Tú sabes que yo te adoro. Si quiero irme es para ganar un poco más y ayudarte mejor. Además, sabes que donde trabajo es mucha friega y me pagan muy poquito, pero si me dices que no me vaya, me quedo contigo.
—No, mi amor, si te pido que te quedes me vas a guardar rencor después. Además, yo también me iré pronto.
—No te entiendo, Alexa, que no sea lo que estoy pensando. No hagas una tontería, prométemelo, por favor.
—Mira, no te preocupes por mí. Eres libre de irte, pero si me estás prometiendo regresar y no lo haces, no importa. Un día voy a salir en libertad y te buscaré aunque sea debajo de las piedras para decirte: “¡Mírame, aquí estoy, soy libre, estoy bien! Me dejaste sola y no te extrañé, porque siempre estuviste dentro de mí, acompañándome en cada momento de mi vida y ayudándome a ser valiente”. Vete y que Dios te bendiga. Nunca olvides que te quiero con todo mi corazón, y por eso, sólo por eso, te doy tu libertad. Que encuentres la felicidad y cumplas todos tus sueños.
—Alexa, me estás despidiendo como si nunca nos fuéramos a ver, y yo voy a regresar.
Eso me lo dijo muy triste, pero mientras se va alejando por el camino y voltea a verme, veo en su cara una sonrisa, me manda un beso con la mano y yo sé que lo he perdido, que nunca lo volveré a ver.
Septiembre de 1998
Peso cincuenta kilos y todos los días consumo mariguana y cocaína. Tan sólo para eso trabajo. Ya estoy perdida, y en mis momentos de lucidez me sigue rondando la misma idea en la cabeza: me voy a escapar; casi tengo el plan perfecto, ya me cansé de estar drogada, de esta cárcel, de sentirme tan miserable, tan sola.
Primera semana de octubre 1998
—Hermano, me voy a escapar de aquí.
—Cállate. ¿Cómo puedes decir eso? ¿Te has vuelto loca?
—Sí, estoy loca de desesperación. ¿No comprendes?, mi hijo me necesita. Estoy perdiendo mis mejores años aquí encerrada, ¡como tú estás afuera!
—Mira, Alexa, tranquilízate. Alejandro está muy bien cuidado, todos lo llevamos a pasear, está bien en la escuela, no le falta nada.
—Claro que le falto yo. ¿Qué más quieres?
—Alexa, esto no debió haber pasado, perdóname. ¿Crees acaso que soy feliz? En las noches no duermo pensando en que estás aquí. Cuando Dios te llame a cuentas, tú vas a tener tu parte de culpa pagada, pero yo ¿qué le voy a decir?, ¿que tú pagaste por mí?
Después de un pesado silencio, le dije:
—Hermano, perdóname, yo tuve la culpa de todo como hermana mayor que soy. Debí haberte aconsejado, tener más cordura, y sin embargo me dejé llevar. Discúlpame por hacerte sentir mal, pero sabes que no soy mala y aquí me estoy perdiendo. Está decidido, me voy a ir de aquí.
—Sólo te pido que pienses, si no logras escapar, en el dolor que le vas a causar a nuestros padres y a tu hijo. Perderías tu salón de belleza, las visitas de Alex, e incluso te pueden mandar a Chihuahua. Piénsalo un poco más, por favor —me dijo bajando la cabeza.
Domingo 20 de octubre, es de noche
Estoy en la celda de castigo. Me atreví, lo hice. Después de que los abogados no pudieron hacer nada por mí, tenía derecho a intentarlo. Y fracasé, las cosas no salieron como las tenía planeadas y me detuvieron.
Hoy en la mañana vino mi papá a dejarme al niño y le dije que se lo llevara, que no tenía permiso para tenerlo. Le pedí que me diera su bendición porque pronto estaría afuera. A mi padre se le llenaron sus ojos de agua, me dijo que tuviera cuidado y me dio su bendición. Estuve un momento con Alex y le dije que no se podía quedar, que tenía algo que hacer, que pronto lo vería. ¡Qué equivocada estaba!
La noche anterior le había pedido prestada una peluca a una compañera, le dije que se la iba a peinar y que después se la entregaba. No sabía que ella tenía una responsiva firmada para tener la peluca y no prestársela a nadie. Desde que se la vi, se me ocurrió disfrazarme. Tengo un lunar rojo que abarca casi todo el lado derecho de mi rostro, pero como estudié maquillaje, me cubrí todo el lunar, me quité las cejas, me maquillé de manera diferente a como siempre lo hacía y me puse unos lentes de contacto verdes. Tengo el cabello corto y lo llevo rubio, pero con una cabellera larga, rizada y negra, me veía completamente diferente. Elaboré el sello y me lo puse en la mano con tinta invisible que conseguí. Los domingos hay visita familiar y sale a la una y media, pero en ocasiones, o con una lana de por medio, uno puede salir antes. Y así lo hice, pasé dos casetas de vigilancia, y cuando iba por la tercera, me topé con un sargento que se me quedó viendo asombrado —tengo que decir que me veía guapísima— y le sonreí, pero no por coqueta, sino de nervios, y más me paralicé cuando me dijo: “¿A dónde vas, Infamia?” Él siempre me decía así. Yo le cortaba el cabello a algunos custodios y sargentos, entre ellos a él. Me detuve un instante y seguí caminando, pero dos custodios me salieron al frente y me detuvieron. Me llevaron a la Dirección, donde me interrogó un comandante. Confesé la verdad con toda la tristeza del mundo, pero sólo en mi corazón, porque en mi cara sólo se reflejaba la valentía de no derramar una sola lágrima, y eso que no andaba drogada, estaba en mis cinco sentidos. Había perdido. Me tomaron fotos de frente, de perfil, con y sin disfraz, me pasaron a una habitación donde estaba la doctora, una enfermera y una custodia, y me pidieron que me quitara toda la ropa para levantar un acta donde se decía que yo no había recibido maltrato físico, y lo que sea de cada quien, nadie, en ningún momento, me ofendió con un golpe o una mala palabra.
Creo que en el fondo comprendían por qué lo había hecho, mas no lo entendían en toda su dimensión. ¿Qué me podía faltar que no tuviera? Tenía todos los privilegios que una interna apreciada por los directivos puede tener, y eso que no tenía dinero. Era trabajadora y tenía carisma, pero me faltaba lo más importante: MI LIBERTAD.
Antes de traerme a la celda de castigo, me dejaron hablar a mi casa. Me contestó mi papá y le dije:
—Padre, estoy bien; lo intenté, pero no lo logré. No sé cuándo pueda tener visita, trate de explicarle a Alex lo que ha pasado.
Después de un largo silencio, me contestó: —¿Sabías que Alejandro se dio cuenta de todo lo que pensabas hacer y que te está esperando todavía?
“¡No es posible!”, pensé, y papá continuó diciéndome:
—No sé cómo le voy a decir que no lo lograste, voy a tratar de verte lo más pronto posible. ¿No estás golpeada, no te hicieron daño?
Siento un nudo en la garganta al contestarle:
—Claro que no, papacito, de verdad que estoy bien. Déle un abrazo bien grande a mi hijo y dígale a mamá que me perdone por este nuevo dolor.
Y aquí estoy, recordando. Ya es muy noche. Tengo un espejo en las manos y no me atrevo a acabar con mi vida. En este momento llega una custodia, ve el espejo, y no sabe qué decirme. Al fin me lo quita de las manos y me dice: “Alexa, no soy nadie para juzgar lo que hiciste, pero si fuiste tan valiente para hacerlo, enfrenta también las consecuencias”. Y se va. Hasta ese momento las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos y paso la noche sin dormir.
Lunes 21 de octubre de 1998
Me llevaron a la enfermería, con el psicólogo. Me ayudó un poco platicar con él. Al salir de su consultorio me esperaba el Trabajador Social. Me dijo: “Alexa, hoy en la mañana me dieron una buena noticia: ¡que no te fuiste!” y me abrazó y me puse a llorar. Me llevó con el director, que con toda la humanidad del mundo me escuchó y me dijo que muchos internos habían subido a abogar por mí, que no será mucho el tiempo que permanezca castigada, pero que mi salón de belleza quedará cerrado definitivamente. No puedo evitar tomar el periódico que se encuentra sobre su escritorio y me entero de todos los detalles de mi intento de fuga en primera plana; no lo puedo creer, nunca imaginé que saldría en los periódicos.
Cuando la custodia me conduce al módulo femenil, tenemos que pasar por un área de hombres, y es impresionante para mí ver todas las muestras de cariño de mis compañeros, los aplausos y las vivas, porque de dos mil y tantos internos hombres, fui la única que tuvo pantalones para atreverme a hacer lo que hice. ¿Creen acaso que eso me consuela?
Miércoles 23 de octubre
El área donde estoy castigada no es una celda, es una canasta de vigilancia abandonada, de dos pisos, dentro del módulo femenil. Tiene tela de malla en derredor. Me asomo y veo a mis compañeras en el área del comedor y también las celdas; aquí duermen los gatos. Están las instalaciones de gas, de electricidad y el boiler; no hay agua, ni luz. Si quiero bañarme, tengo que pedirle a alguien que me haga favor de pasarme la manguera para asearme. En la parte de abajo hay un sanitario, y algunas chicas resentidas me han dejado una paloma muerta, piensan que habrá represalias y que les van a quitar sus cosméticos.
Me llevaron custodiada a Jefatura. Tengo visita, eran mi padre y mi hermano. Me miraban con ansiedad buscando la menor huella de maltrato. Si hubiera venido mi hermano solo, lo hubiera abrazado y hubiera llorado, pero al ver a mi padre y descubrir las señales de envejecimiento, de sufrimiento, me contuve y traté de tener una agradable visita, rodeada de custodios, porque la visita me la dieron en Jefatura y no en la sala de visitas.
Segundo domingo de noviembre 1998
No dejo de admirar a mi hijo. Ayer me lo trajo mi papá; soy un héroe para él, pidió quedarse conmigo. Sí, aquí en la canasta. Una de mis compañeras me hizo el favor de ponerme la luz y yo me las ingenié para hacer una cama con unas tablas y unos bloques. Durmió muy abrazado a mí, platicamos mucho, le ayudé con su tarea e incluso me dieron permiso de salir dos horas a jugar con mi pequeño en la cancha. Pero todo tenía un motivo y no tardé en descubrirlo.
Noviembre de 1998
Hoy tuve dos visitas. La primera muy temprano. Por la mañana vino un sacerdote a platicar conmigo. Me lo mandó una señorita que trabaja aquí mismo, en el Departamento Administrativo. Me comentó que quizá no me acordara de ella, su nombre es Eugenia y le di catecismo en la iglesia cuando yo tenía diecisiete años; me mandó un libro de oraciones y un rosario; ¡Dios mío!, ¿acaso mi vida tuvo un buen fruto en esta chica que me regresa la fe en ti?
Ya por la tarde vino un jefe de Seguridad y Custodia que me tenía en aprecio. Nunca he sabido su nombre, todo mundo le dice Colosio por su parecido con el difunto. Me saludó muy serio y le pregunté si estaba enojado conmigo.
—Enojado es poco. ¿Es que estás loca? ¿Te causa gracia lo que hiciste? ¿No comprendes que te van a mandar a Chihuahua, te van a quitar todos tus beneficios y vas a hacer tu tiempo derecho?
—¡No es cierto! —le contesté furiosa.
—Alexa, ¿por qué no me dijiste que te querías escapar? Yo te hubiera ayudado
—¿Tú crees que hubiera confiado en alguno de ustedes? Además, ¿con qué querías que te pagara? Porque nadie hace nada gratis y tú lo sabes bien.
—Eres una tonta. ¿Acaso no sabes que el día que pediste la peluca prestada, Rocío informó que tú la tenías y que te estaban cuidando? Ya sabían lo que harías y te dejaron para luego pararse el cuello. El director no sabía nada, ese día no vino, pero el sargento, que ahora es comandante, sí lo sabía, y se jacta de ser él quien te detuvo. ¿Quieres más?
—¡Eres un desgraciado! ¿Por qué no me avisaste? —se lo digo con lágrimas resbalando por mis mejillas.
—Alexa, yo no supe nada hasta el domingo en la tarde, después que hiciste tu babosada.
—¿Y qué? Te puede no haber sido tú quien me detuviera, ya te habrían ascendido. Y vete, por favor, no quiero volver a verte nunca —se me queda mirando muy ofendido—. ¡Que te vayas! ¿No entiendes?
Noviembre de 1998
Pero qué tonta, qué ilusa. ¡Cómo se habrán reído de mí! Qué fácil hubiera sido ofrecerle dinero a cualquier custodio para que me ayudara. Son unos corruptos, y yo creyendo en la autoridad.
Diciembre 11 de 1998
Hoy me dejaron en libertad del castigo. No han sido ni dos meses los que he permanecido aquí, y gracias a Dios nunca me faltó un plato de comida de alguna compañera o alguien que me brindara una caja de cigarros o se pusiera a platicar conmigo. Perdí mi celda y me aceptaron en otra donde venden droga. Poco a poco me he dado cuenta de que casi todas las chicas la consumen, antes no lo notaba porque no pasaba por aquí. No puedo salir a trabajar, pero algunos internos han intercedido por mí y parece que pronto me dejarán regresar.
Diciembre de 1998
Estoy trabajando donde puedo, mi salón sigue cerrado. Me entregaron mis cosas de cortar el cabello, pronto será Navidad; está haciendo mucho frío.
25 de diciembre
Todavía no me recupero, me duele la cabeza, la nariz, todo. Un chico que anda quedando bien conmigo me regaló una botella de tequila y un ocho de cocaína. Me puse a celebrar mi derrota.
Todavía hoy en la mañana me tomé un café con lo último que quedaba en la botella. Me acoplé con unas chicas de Michoacán que acaban de caer y me puse hasta las chanclas, incluso empeñé mi chamarra para conseguir más cocaína. Amanecí con un abrigo que no sé ni quién me puso, no recuerdo nada. Pero eso sí, Flor, una de las de Michoacán, me dijo que me la pasé llorando a mares toda la noche y que ella se estuvo conmigo. Tiene diecisiete años, podría ser mi hija y ya le da por inyectarse heroína. Esto es una locura, nunca probaré la heroína, eso nunca.
Diciembre 31 de 1998
Estoy sobria, sin drogarme. Casi todas tenemos aquí a nuestros pequeños e hicimos piñatas para ellos y bolsitas de dulces. Alejandro está aquí, conmigo. Me cambié a la que antes era mi celda, mis compañeras no usan drogas y yo les prometí no usarlas más.
Hoy es día primero, fui a misa con Alejandro y mis compañeras de celda. Tengo que dejar atrás todos los resentimientos y volver a levantarme. Alguien me espera afuera y tengo que estar bien para que no se avergüence de mí, ese alguien es mi hijo.
Un interno todo borracho intentó fugarse el 24 en la noche. Le faltaban unos meses para salir y lo tuvieron que bajar de la malla. No ha corrido con tanta suerte como yo; lo golpearon para someterlo, estaba drogado y borracho. Me tocó verlo en la Jefatura, y al verme agachó la cara.
Febrero de 1999
Estoy celebrando el cumpleaños número siete de mi hijo. Le hice una piñata, pastel y hot-dogs en una habitación del área conyugal; vino toda mi familia. Ya puedo pasearme por todos lados, ¡estoy contenta! Entré otra vez a la preparatoria y ahora sí estoy dispuesta a terminarla. En mi celda todos los días rezamos el rosario y voy a misa los domingos. Estoy tratando de ayudar a Flor y a Ruby para que dejen las drogas. En solidaridad y como compromiso quisieron que les cortara el cabello a rapa. Se ven muy graciosas, tan jovencitas, y me siento útil de ayudarlas un poco. Cuando las veo muy desesperadas nos fumamos un cigarro de mariguana y las mando a dormir.
Marzo de 1999
Otro chico intentó fugarse. Madrid se brincó una barda, en plena luz del día. Lo pescaron cuando intentaba subirse a un camión de pasajeros. Le han puesto una golpiza… pobre chavo, está en la enfermería.
Mayo 21 de 1999
Hoy es mi cumpleaños número treinta. No me dieron permiso de que se quedara mi hijo conmigo. Cuando subí a Trabajo Social a tramitar el permiso, hablé con el nuevo director, a ver si me permite abrir otra vez mi salón de belleza. Me preguntó si era la que intentó fugarse el año pasado, que dónde vive mi familia, que si tengo hijos y que, por lo pronto, no puedo volver a trabajar. Que luego me dará una respuesta.
Ya en la tarde estoy en compañía de Flor y Ruby. Me siento triste, estamos fumando mariguana, contemplo el patio, la iglesia en construcción y les comento: “¡Niñas, presiento que éste es mi último cumpleaños que paso aquí! Quiero recordar este cielo, porque sé que pronto no lo veré más.
Último domingo de mayo de 1999
Hoy se descubrió un túnel en Alta Seguridad, están implicados varios internos. No sé quiénes, ni me importa mucho. La verdad, no quiero más broncas; además casi no nos dejan salir de aquí, del módulo, y cuando lo hacemos vamos custodiadas.
17 de junio de 1999
Es de tarde, está lloviendo y estoy leyendo un libro: La última oportunidad, de Cuauhtémoc Sánchez. Estoy aquí afuera, en el patio, y la brisa me refresca el rostro, estoy tranquila, más tarde voy a rezar el rosario.
18 de junio de 1999
Hoy a las seis de la mañana me abrieron la puerta de la celda y me llamaron afuera. Me puse una camiseta roja que me regaló mi hijo, un pantalón de mezclilla, unos tenis, diez dólares que tenía, una pluma, un cuaderno, mi libro y dos tarjetas de teléfono de $30.00 cada una. Al salir le pregunto a la custodia: “Yoli, ya me llevan para Chihuahua, ¿verdad?” “No sé —me contesta—. Me pidieron que te llevara a la Jefatura”. Me adelanto a sus pasos y alcanzo el teléfono. Me contesta mi madre: “¿Qué pasó, mi hija?” “Nada, mamá, deme su bendición. Ya me voy para Chihuahua, voy a estar bien, ok. Le encargo mucho a mi hijo, la quiero mucho”.
Ya en la Aduana me encuentro a Lalo Cicero, Raúl Villalobos, Pablo Talamantes, Expectación Bernal, Carlos Parada, al Crikett y a otros más que conozco tan solo de vista. Somos diecinueve en total. Nos suben al camión, nos esposan y contemplo la cárcel por fuera, las calles, las casas, como si quisiera grabar todo en mi mente. Por el camino empieza a llover. Todos vamos muy serios, yo voy mero adelante. Volteo hacia atrás y veo lágrimas en algunos rostros, tristeza en otros y, sin que nada lo impida, comienzan a resbalar las lágrimas por mis mejillas y no me importa. ¡Qué lejos estoy de imaginar que son las primeras de las muchas que tendré que derramar!
Llegamos a Chihuahua. El Cereso se ve enorme, es la cárcel de Aquiles Serdán, en San Guillermo. Nos toman fotos al bajar del camión. Una custodia me lleva a una habitación y me pide que me quite toda la ropa y la revisa. Después me pasa a que dé mis datos personales, me toman una fotografía de frente, me llevan a Jefatura y vuelven a tomarme más datos. Un interno que anda por ahí, que conozco de Ciudad Juárez y al que hace un año trasladaron, pide permiso y me manda un jugo de durazno. Yo quiero hablar por teléfono, pero no me lo permiten. La custodia me lleva por un largo túnel, un custodio que va abriendo y cerrando puertas me pregunta muy gracioso: “¿Cómo te llamas?, ¿de dónde vienes?, ¿por qué?” Como si tuviera humor para contestarle. Cuando termina le digo: “¿Tengo que contestarte?”, y al fin se calla; la custodia se queda mirándome.
Llegamos a un lugar, un módulo, y me pasan a enfermería. Me hacen más preguntas (lo que deseo es que ya me dejen en paz). Me pesan: 50 kilos; me miden: 1.65 m. “¿Tienes tatuajes?” “Sí.” “¿Me lo muestras?” Me bajo el pantalón y en la parte superior de mi pierna derecha dice: ALEJANDRO. La custodia se queda asombrada. Ella no lo vio cuando me revisó. ¡No es mi problema! Me conduce a un pasillo donde hay dos celdas. Me pide que entre a una de ellas, la del fondo. No le doy el gusto de preguntarle nada porque me ha robado una tarjeta. ¿Acaso cree que no me di cuenta? No entiendo por qué no me pasaron con todas las demás, aunque, viéndolo bien, no estoy de ánimo para soportar más preguntas.
Pasa el tiempo y nadie llega. Esta celda tiene como mucho dos por dos metros, un sanitario, una regadera, un bonque, una lámpara, una ventana que da a un pasillo y luego a un pequeño patio; se ve un pedacito de cielo, todas las ventanas que hay en el pasillo están cerradas y el calor es sofocante.
Llega un comandante con dos custodias, me dice que los próximos días permaneceré en observación, que me traerán cosas para que limpie la habitación. Me da los horarios de las listas de revisión, y que si tengo alguna pregunta que hacerle. No le contesto nada y se va molesto, ¡para lo que me importa!
Más tarde llega una custodia con las cosas del aseo y me lleva una esponja para el bonque y una cobija que me manda una de las internas. Le pregunto si puedo fumar, me dice que sí, que si traigo cigarros. Cuando le digo que no, mete la mano a sus bolsillos y me da una cajetilla de Marlboro blancos y un encendedor. Ese gesto de humanidad hace que me broten las lágrimas. Me dice que me porte bien y que pronto me pasarán con las demás. ¡Qué gran mentira! Si alguien me hubiera dicho lo que venía después, no lo hubiera creído.
Junio de 1999
Pasa lento el tiempo. Me traen comida tres veces y yo sólo espero que entre la custodia buena onda para pedirle de favor que hable a mi casa. Le doy la tarjeta de teléfono, le pido que le diga a mi madre que estoy bien, que no se preocupe por mí. También le doy los diez dólares y le pido que me consiga pasta y un cepillo de dientes. Tengo una semana lavándome el cabello y el cuerpo con jabón de polvo; sin desodorante; tan solo con la ropa que traigo puesta, con todo el calor del mundo porque no hay aire acondicionado.
Regresa la custodia y me dice que mi madre consiguió un permiso para visitarme el fin de semana, que no me desespere y que me traerá mi ropa y cosas personales, que sea valiente y me manda su bendición.
Julio de 1999
Mañana cumplo quince días y hoy espero la visita de mi madre. Qué tristes han sido estos días, sin platicar con nadie. Casi todos los días por las noches llueve, y cuando no, el calor es asfixiante. Tuve una discusión con un comandante. Le pedí de favor que abriera las ventanas del pasillo porque tenía mucho calor, se portó muy grosero, que yo no era nadie para darle órdenes, que nosotras, las de Juárez, todo lo queríamos venir a comprar con nuestros dólares. “Óigame, no. ¿Cuándo le he ofrecido dinero para que me dé algo?, ¿o acaso es porque no lo he hecho?”
Esto es un martirio, cómo deseo sentir la brisa de la lluvia en mi cara, si tan solo pudiera salir un ratito afuera. Anoche tenía tanto calor y tanta sed que no pude evitar tomar agua de la regadera en un vaso y exprimirle la mitad de un limón que guardaba para ponerme en las axilas.
En ocasiones la comida que me traen está buena, pero a veces no tienen tiempo de traérmela pronto y me la entregan fría, con toda la grasa cuajada encima. Obviamente no me la como, y hasta por eso el comandante sangrón quiere levantarme un reporte donde dice que me niego a comer los alimentos que me dan. Cuando le explico por qué no me los como, me dice: “¡No te preocupes!Ahorita te traigo una pizza”; es odioso.
Domingo, julio de 1999
Son las once de la mañana, estoy esperando que vengan por mí. Hoy viene mi madre. Una custodia abre la puerta, pero no para que yo salga, sino para meter una maleta y unas bolsas con comida y fruta. Me dice: “No hay permiso para que tengas visita, tan sólo de que te pasemos tus cosas personales. Los alimentos no pasan, pero estamos haciendo una excepción contigo. Mujer, no llores. Aquí te manda tu mamá este recado y este dinero”.
“¡Pero qué crueldad tan grande, a mi madre le dieron permiso de verme, viene desde Juárez! ¿Yo para que quiero la comida? Quiero verla a ella.” La custodia me mira con lástima, para ninguno de los tres turnos es un secreto que no puedo salir para nada de esta celda. Abro el recado de mi madre: “Querida hija: No me permitieron verte, te mando todas tus cosas y un cinco, a ver de qué te sirve. Trata de comer algo, te quiero mucho, y que Dios te bendiga. Tu mamá”.
Agosto de 1999
El señor director me ha concedido una entrevista, pero porque he estado molestándolo con cartas. Cuando lo tengo frente a mí lo saludo y le pregunto por qué sigo castigada, si yo no hice nada aquí. Me contesta que, en primer lugar, no estoy castigada, sino en observación, porque soy una persona muy peligrosa que ha intentado fugarse tres veces y que traigo muy malas recomendaciones de Juárez. Le digo que eso no es cierto, que, en efecto, intenté fugarme, pero sólo una vez, y que de eso ya iba a ser un año, que no era justo. Me dice que eso es lo que yo digo, pero que tiene otros informes de mí, y da por finalizada la entrevista.
Ya de regreso en la celda me pongo a pensar que, si estoy en observación, ¿por qué mi celda está cerrada con candado, por qué tengo que lavar mi ropa y esperar a que se seque aquí mismo, no puedo hablar por teléfono, ni recibir visita? Aquí es donde verdaderamente estoy conociendo la cárcel y toda su crueldad.
Agosto de 1999
Me sacaron con una psicóloga para que me hiciera unos estudios. Es muy amable y prometió ayudarme para que me den una hora diaria en el pequeño patiecito para que me dé el sol; creo que me ha visto muy pálida. Dice que no soy lo que ella esperaba, que tengo un grado de peligrosidad mínimo y un coeficiente intelectual más alto de lo normal. Me pregunta: “¿Por qué intentaron fugarse del camión que los transportaba hasta aquí?” “Pero si eso no es cierto. Veníamos todos esposados y custodiados con unidades atrás y adelante del camión.” Dice que ésa fue la noticia que salió en los periódicos, que por eso sigo en observación. No tengo nada en contra de los métodos que utilizan en una cárcel para saber la personalidad de cada una de nosotras, pero pienso que en mi caso no son los adecuados.
Lo único bueno que ha pasado es que al fin he recibido la visita de mi madre y de mi hijo, los trajo mi hermano Ernesto, que ya está muy recuperado, aunque muy delgado; también vino mi cuñada y mis dos sobrinitos. No quería que se acabara el domingo, hasta me deslumbró la luz del sol. Pude jugar con mi pequeño y abrazarlo, decirle cuánto lo quiero.
Primeros días de septiembre 1999
Hoy sí estoy decidida a acabar con mi vida; ya he soportado mucho tiempo sin música, sin televisión, sin un abanico, comiéndome la comida fría, soportando las miradas de lástima que me dirigen las custodias y las otras internas cuando me llevan a hablar por teléfono. Siento que he envejecido mil años. Es en este preciso momento cuando llega un sacerdote hasta mi celda, le cuento mis problemas y promete ayudarme, igual que la psicóloga, a la que, precisamente, la cambiaron de aquí por querer ayudarme. La nueva ni siquiera me ha llamado. Me quedo más tranquila después de que se va el sacerdote, ¿pero qué tanto puede ayudarme él?
Septiembre de 1999
Al fin me han dejado hablar por teléfono, me llevan custodiada, despejan todo el módulo, me marcan el número y me regresan a la celda. Puedo hablar una vez por semana, y cuando las custodias no están muy ocupadas me sacan una hora al patio. Claro que se están conmigo, porque en una nada y me da por trepar por las paredes o me salen alas y salgo volando. Casi nunca me sacan y me vuelvo grosera y agresiva, no soporto este encierro. Me paso el tiempo leyendo libros que mi madre me trajo: La mujer de San Pedro, La cabaña del Tío Tom, Café con aroma de mujer, Volar sobre el pantano. Ya aquí, de la biblioteca me han traído: Archipiélago Gulag, Napoleón, toda la biografía completa, La buena siembra, El cliente, El padrino, muchas revistas de Selecciones, algunas con fecha de 1943. Bajita la mano, creo que he leído como treinta libros desde que estoy aquí, muchos me han dado ánimo y me han ayudado a saber que no soy la única persona que sufre.
Últimos días de septiembre 1999
Me he puesto mal y me han inyectado valium en la vena. Nunca lo hubieran hecho, he sentido tanta desesperación que tomé un frasco de perfume y lo estrellé contra el piso y me corté. Sí, me corté y sentía la sangre corriéndome por las muñecas. Así me encontró la custodia, fuera de mí, llorando a gritos, sentada en el suelo. Vino la psicóloga y la corrí. Me llevaron a la enfermería y me curaron. Me pasaron a la habitación inmediata y al rato llegó un comandante. Me dijo que lo que acababa de hacer sólo agravaba mi situación, que no remediaba nada con haber hecho eso y que estaba segregada quince días por haber atentado contra mi vida. Así me dejó sola, como si nada y con ninguna de mis cosas, hasta la lámpara me quitaron, y otra vez como al principio, quince días sin lavarme los dientes y bañándome con jabón de polvo.
Acabo de regresar a mi celda. Ya pasaron los quince días. Hablé por teléfono con mi madre para que viniera, necesito hablar con ella, y me ha regañado por lo que hice, porque, claro, eso sí se lo dijeron. ¿Cómo no le dicen por qué me tienen aquí?
Primeros días de octubre de 1999
No pasa nada, nadie me dice cuándo saldré de este lugar. Mi desesperación aumenta, yo sé que las custodias no tienen la culpa, que sólo reciben órdenes. Me siento muy mareada. Como que la ropa me aprieta.
Fines de octubre de 1999
Acabo de regresar del hospital que hay aquí mismo, me he pasado tres semanas internada por una crisis nerviosa; no podía respirar, fue horrible. Me pasaron con el psiquiatra y discutí con él. Dice que soy muy peligrosa y manipuladora, que yo misma me provoqué la crisis para llamar la atención. Por favor, le pregunto en qué se basa para sus afirmaciones, si no me ha practicado ningún tipo de estudio. Se ofende por mi comentario y empieza a escribir una receta. Las tres semanas me las paso sedada y así regreso a esta maldita celda, que he llegado a odiar con toda mi alma, pero eso ya no importa; sólo quiero dormir, dormir y no despertar nunca.
a no me hacen efecto los tranquilizantes, me despierto a las tres de la mañana, o eso creo, porque todo está en silencio. Tan solo me enloquece el canto de un grillo, hasta que lo encuentro y lo mato.
A veces también se meten chapulines o arañas y he de decir que les tengo fobia.
Domingo de octubre 1999
Tuve visita, vino mi madre, mi hijo y mi hermano el más pequeño. Hablé a solas con mi madre y le pedí perdón por todo lo que la he hecho sufrir, y también, de todo corazón, le pido que me ayude a salir de donde me tienen, que ya no soporto, que me estoy volviendo loca. Ella me comenta que tiene miedo de ir a Derechos Humanos porque no sea que me vayan a mandar a otra cárcel del país; que mi situación es muy delicada; que en un principio, cuando me trajeron, habló con un comandante que le dijo que yo venía con los del túnel. “¡Pero, mamá! ¿Por qué no me lo había dicho antes? Eso no es cierto, sí venía en el camión junto con ellos, pero no tengo nada que ver con eso. Acuérdese que lo del túnel fue en los primeros de junio y yo estaba trabajando, en todo caso hubiera estado castigada.” Le digo esto llorando, ¿cómo es posible que todo este tiempo me hayan tenido castigada por algo que no hice? Me pide que no llore más, que se quedará unos días para ver qué puede arreglar, que irá a Prevención Social o a Derechos Humanos, a donde sea, pero que me va a ayudar, y que le prometa que no volveré a intentar quitarme la vida. Se lo prometo, mas no puedo dejar de llorar; hay momentos en la vida en los que uno no puede controlarse. Cuando llega el momento de marcharse, me despido de mi pequeño y lo abrazo con todas mis fuerzas. Ahorita, al estar escribiendo esto y recordar su carita, empiezo a llorar de nuevo. ¿Es que nunca se me van a acabar las lágrimas? Todos los días rezo el rosario, lo que me acuerdo, porque no tengo mi libro de oraciones y a mi mamá se le olvidó traérmelo. Tampoco tengo rosario, pero cuento las Ave Marías con una pluma tejida que tiene barbitas, y con eso las voy contando. ¡Dios mío, ayúdame, apiádate de mí, ya no soporto más!
Noviembre de 1999
Anoche tuve un sueño horrible. Soñé que se habían robado a mi hijo y que no lo podía encontrar por más que lo buscaba. Me desperté gritando su nombre y con el rostro cubierto de lágrimas. En esta hora de la madrugada es cuando me pongo a reflexionar sobre el motivo por el que estoy aquí: estoy por haber tenido conmigo a una pequeña durante cinco largos días. Aunque yo la cuidé lo mejor que pude y nunca la maltraté ni física ni mentalmente, le di de comer, la bañé, jugaba con ella y con mi hijo, y hasta le regalé un osito de peluche. Sí, claro, pero su madre no lo sabía. Cómo iba a saber si se la regresarían con vida. No lo sabía y su sufrimiento fue atroz. Si en los segundos que duró el sueño estaba angustiada, ¿cómo imaginar siquiera el dolor que esa madre sentiría? No merezco siquiera el perdón de Dios, pero no toda la culpa fue mía. Fue de él, del tío de la niña, que le dijo a mi hermano que su cuñado tenía mucho dinero en el banco, que no le quería prestar, que se vengaría de él y que además agarraría una buena lana… y ahí va el tonto de mi hermano. ¿Y todo para qué?
Para que al final resultara que el dichoso tío (al que nunca conocí) se equivocó con lo de los nuevos pesos, y en la cuenta del banco había $700.00 y no setecientos millones. Llegó el equipo antisecuestros de Chihuahua. Nadie se explicaba por qué habían secuestrado a una niña pobre. Le iban a entregar el dinero de papel periódico, así se lo dijo el tío a mi hermano, y éste me dijo:
“¿Sabes qué? Pasa esto, vete a trabajar y deja a la niña por el camino, donde sea”.
Claro que me fui al trabajo, pero no tuve corazón para dejar a la niña en cualquier sitio. ¿Y si le pasaba algo? Sí, ya lo sé, soy una tonta. Pero cuando llegaron al salón de belleza a detenerme, en el fondo de mi corazón deseaba que eso sucediera, que ya se acabara todo. Ya con las esposas puestas tuvieron que quitármelas un momento, para que le diera el osito a la niña.
Todo este tiempo me la he pasado recordando, analizando mi manera equivocada de vivir, lo que hice en la cárcel de Juárez, los consejos que Neftalí me dio, los principios morales que me inculcaron mis padres. De cualquier manera, de algo me ha servido que me cambiaran para acá, no he usado drogas y sólo espero una oportunidad para demostrar que en realidad he cambiado y que no soy peligrosa.
Noviembre de 1999
Hoy ha venido un licenciado que se presentó como el jefe de Prevención Social. Entró hasta mi celda, se sentó en el bonque y me ofreció un cigarro. Me comenta que mi mamá fue a verlo, que le habló de mi situación y que él me va a ayudar. Que tan solo espere a que terminen las obras de remodelación de la Antigua Penitenciaria, que van a cambiar para allá a todas las internas sentenciadas, entre ellas yo, que no me desespere, que tenga paciencia.
Yo sólo lo escucho. Últimamente he perdido las fuerzas de seguir luchando y simplemente no creo en sus palabras. Platico un poco con él y le doy las gracias por haber venido. Me he resignado a estar aquí. Me he puesto a tejer bufandas, suéteres y gorritas para mis sobrinos ahora que viene Navidad.
Diciembre de 1999
Parece mentira, ya tengo seis meses aquí encerrada, ya pasó el 24 de diciembre y me la he pasado sola. Tan triste, tan miserable, pero al fin he comprendido que estoy pagando por algo que hice, en lo que tuve participación. No me arrepiento de haber cargado con toda la culpa, fue mi decisión. Sólo que no esperaba que fuera tan difícil, y ahora sé que no me iré al cumplir cinco años, sino hasta que tenga diez, y eso quién sabe, sólo Dios. Por lo que me siento tan triste es por todo este tiempo que no he podido estar con mi hijo. Mi madre viene para el día último.
Enero 2000
Ha pasado el año viejo y aquí me tocó recibir el famoso año 2000. Hay rumores de que pronto me trasladarán a la Antigua Penitenciaria. La verdad, yo no creo que sea cierto. Mi madre ha venido a traerme a mi Alex y me la he pasado muy contenta; le di todos los regalitos, y a mi pequeño el suéter que tejí para él.
6 de enero, día de Reyes
Pues con la novedad de que esta mañana me pidieron que arreglara mis cosas porque voy para la otra prisión, donde estuvo don Francisco Villa. No me imagino como será, y cuando vamos llegando me impresiona. El edificio es antiguo, parece un castillo con sus torres; estoy en una celda con dos compañeras más, ahora sí les voy a demostrar todo lo que valgo, lo que soy. Gracias, Dios mío, gracias por compadecerte de mí, que no soy digna de que obres en mí ningún milagro; te ofrezco todo el sufrimiento que he padecido estos casi siete meses para que le brindes salud a mi hijo y a toda mi familia. Nos recibieron con rosca de Reyes y pude conocer a todas las demás compañeras.
Febrero de 2000
Cumpleaños número ocho de mi hijo, ese día le puse Las mañanitas por teléfono porque mi madre no pudo venir sino hasta el cumpleaños de ella, que es el 17 de febrero y que tocó que fuera domingo. A mi hijo le regalé mi primera pintura, porque entré al taller de papel maché y pintura, y me dio mucho gusto que mi familia me viera contenta, aunque un poco pálida todavía. Ya dejé de tomar tranquilizantes, por decisión propia; duré dos semanas sin dormir, paseándome por los pasillos, fumando; es el único vicio que tengo.
Domingo 21 de mayo
Mi cumpleaños. Ya son treinta y un añotes, tocó en domingo. Vino mi madre, mi hijo, mi hermano, mi cuñada y su primera bebita, está preciosa. Ha servido de algo que yo esté aquí, mi hermano ha trabajado muy duro todo este tiempo, tiene una ferretería. Mi madre, como siempre, me trajo mi pastel de chocolate, que es mi favorito. Pobrecita, apenas alcanzó a llegar al cuarto para las doce, se le descompuso la camioneta y me abrazó llorando. Se le hacía que ya no llegaba. Le digo que no importa, que se hubiera regresado y habría venido el otro domingo. Me dice que no, que ella me había prometido venir hoy, ¡ésa es mi madre!
Julio de 2000
Sigo en el taller de pintura, también asistí al primer ciclo de conferencias “La mujer en actual soledad”; entré al equipo de voleibol y, lo más importante, entré a la preparatoria y a un curso de computación. Si acaso hay droga aquí, no lo sé; tampoco la he buscado. En las tardes ponemos música en una grabadora y nos ponemos a bailar en el patio, todo transcurre tranquilamente.
Agosto de 2000
Sigo estudiando con todas las ganas del mundo. Participé en una exposición de pintura, quedé entre los tres primeros lugares. Era alusiva a las drogas. Algo que siempre me ha parecido muy triste, son las chicas que se inyectan heroína, y de eso se trata mi cuadro; gané un cuaderno grande de dibujo y pinceles. Es difícil convivir con las demás, no entiendo por qué se enojan cuando no ganan. Este lugar es pequeño, somos cuarenta en total y bien dicen, pueblo chico, infierno grande.
Septiembre de 2000
Mi equipo ha ganado el segundo lugar en el torneo de voleibol. Ahora sí estoy morena, he subido de peso y me siento llena de vida. Sólo hubo un pequeño problema. La compañera que es la capitana del equipo decidió que el trofeo se rifara entre las jugadoras, y resulta que me lo saqué. Lo tengo en mi celda. Claro que se lo voy regalar a mi pequeño, pero desde aquí empiezan los problemitas con esta chica —y para colmo vivimos juntas—, pero nada serio hasta el momento.
Octubre de 2000
Han venido a visitarme de mi casa. Mi hijo entra ya a tercer grado de primaria y está muy grande; su piel está muy dorada por el sol y sus ojos verdes son enormes, dicen que se parece mucho a mí en la sonrisa, sólo que mis ojos son cafés. Recibe con mucha alegría el trofeo y me felicita.
Diciembre 12 de 2000
Es el primer año que bailo Los matachines. Lo hice descalza y no me he cansado; prometo bailar todos los años que me falten por salir.
Diciembre de 2000
El 24 de diciembre me la pasé muy padre con unas compañeras de otra celda. Les cociné un pozole y unos camarones con chile chipotle. Me encanta cocinar, incluso estoy vendiendo comida los domingos en la visita para ayudarme con mis gastos. Aparte tengo trabajo con las chicas a las que les corto y les peino el cabello.
Mis padres han venido para el día último, me la he pasado muy bien, qué diferencia del año pasado.
Febrero de 2001
Cumpleaños número nueve de mi pequeño. Está grandísimo, muy contento. Le regalé una cadena de oro con un dije de la Virgen de Guadalupe; también le he presumido mi primera boleta de la preparatoria y el diploma de computación. Le preparé un pastel, le puse Las mañanitas y el lugar donde nos sentamos se lo llené de globos. Se va supercontento.
El 14 de febrero tenemos la graduación de Escuela de Padres ECCA, donde tomé dos cursos muy importantes. Los libros que nos estuvieron dando se los he pasado a mis hermanas para que les ayude en la educación de sus hijos, mis sobrinos.
Abril de 2001
Han continuado los problemas con mi compañera de celda y me dan la orden de que me cambie de habitación. No me parece justo. Y es que, la verdad, soy muy terca, y más cuando algo no me parece justo. Aunque esté en la cárcel y no tenga derechos de nada, mis compañeras se juntan, me apoyan y protestan, porque al no obedecer la orden, me piden que guarde mis cosas porque voy para el otro Cereso. Y las guardo, y las chicas no me dejan que salga del edificio. El nuevo director, al ver esto, se retira muy disgustado porque he provocado un motín. Me quedo en la celda y siguen las discusiones.
Mayo de 2001
¡Qué tal! Nos han trasladado a las dos a esta prisión, donde pensé no regresar nunca y que me trae tan tristes recuerdos. Al fin conocí el módulo 2 de las chicas tranquilas. El 1 es de las terribles. Sigo en el taller de pintura porque la licenciada da clases en las dos prisiones. Lo que no hay son clases de preparatoria, y yo estoy por terminar el segundo semestre; de todas maneras sigo estudiando yo sola los libros.
Vino mi familia a visitarme. He cumplido treinta y dos años. Les comento que no estoy triste porque me hayan cambiado. No he llegado castigada, que es lo importante; mi padre se ve un poco resentido de salud.
Junio de 2001
Hoy vino el señor director a hablar conmigo. No le parece que tenga amistad con las chicas del módulo 1. Le comento mi inquietud de ayudarlas a rehabilitarse, y le propongo que me permita coordinar un curso sobre adicciones. Acepta, y me dice que me ponga de acuerdo con el Departamento de Psicología. Pongo manos a la obra. Tengo planeada una obra de teatro. Me pongo a escribirla y pido autorización para que me permitan ensayar con las chicas que he escogido para que participen. También preparo mi testimonio de vida, ya que he usado drogas —heroína nunca y espero no hacerlo—. No me causa gracia reconocer mi adicción, pero más triste fuera no haberme recuperado todavía.
Julio 16 al 18 de 2001
Nos ha ido muy bien con el ciclo de conferencias “Sin adicciones”, casi todas las chicas de los dos módulos están presentes. La obra de teatro ha sido un éxito, se llama Entre el deber y el egoísmo, donde interpreto a la hermana mala, drogadicta. Me han dado tres diplomas por mi participación. Me dio mucha vergüenza reconocer delante de todas mis compañeras que fui adicta, y aunque al principio tenía muchos nervios, una vez que empecé, no paré hasta terminar de contarles mi historia. Me aplaudieron dos veces. Las demás pláticas las impartió la psiquiatra y la psicóloga, mi participación fue al final.
Últimos días de julio de 2001
Entrega de reconocimientos: pasé a tercer semestre. Tengo una inquietud. Bien dicen que la ociosidad es la madre de todos los vicios, pero en este caso no es un vicio: quiero pedir mi traslado a Ciudad Juárez. Extraño mucho a mi hijo, a mi familia; sé que será difícil que me lo concedan, pero nada pierdo con intentarlo. Las visitas de mi madre son cada vez más espaciadas. Sé que no tienen dinero y que ya es mucho el tiempo en el que he sido una carga para ella. Hasta eso, trato de no pedirle. Sigo vendiendo comida los domingos. Me pongo a escribir cartas al señor gobernador y a Prevención Social explicando mi situación y sin negar en ningún momento mi culpabilidad, ni lo del intento de fuga. Para qué negar cosas que sucedieron. Mi hijo me ayudó escribiendo una carta que dice así:
Gobernación del estado de Chihuahua:
Me llamo Luis Alejandro, tengo nueve años y vivo con mis abuelos. Estoy en cuarto año de primaria y quiero mucho a mi mamá, pero casi no puedo verla. Cuando ella estaba en Juárez, yo me quedaba a dormir y a jugar, y la veía más seguido.
Yo la extraño mucho y quisiera poderla tener cerca de mí. Ya han pasado muchos años y ella no sale. Ella está triste y yo también.
¿Podría trasladarla otra vez a Juárez? Se lo pido con todo mi corazón. Ella me ha explicado que hizo algo malo y yo lo he entendido, y pobrecita de ella porque ha sufrido mucho, a ver si puede concederle el deseo de trasladarla por su cumpleaños que es mañana.
Me despido de Usted con esperanza de poder estar cerca de mi mamá.
Atentamente
Luis Alejandro.
Cuando me la entregó sentí un nudo en la garganta. Cómo a una persona como yo, Dios le ha concedido un hijo con esta inocencia. No he pasado mucho tiempo con él y sin embargo me adora.
¡Gracias, Dios mío!
Septiembre de 2001
He participado en una exposición de pintura en el Instituto de Bellas Artes. No pinto tan mal, digo yo, porque al principio, cuando empecé, era una fatalidad.
He tenido respuesta a una de mis cartas de Prevención Social. No pudo haber sido peor. Resulta que el último estudio criminológico que me fue practicado arrojó los siguientes datos: soy una persona de alta peligrosidad que trata de evadirse constantemente del penal, perversa, y que no tengo respuesta favorable a los procedimientos de rehabilitación de la institución. ¡No puedo creerlo! Mandé copias de que estoy estudiando y de mis diplomas. Además, a mí nadie me ha hecho un estudio criminológico. Le enseño la carta a una compañera y me comenta que qué más puedo esperar para cuando solicite mi preliberación. Con todo y esto, sigo con mi vida.
He tenido visita de mi familia, es el cumpleaños de mi padre y aniversario de bodas de ellos dos.
Les regalo a mis padres una pintura de mi madre cuando ella era joven pintada en un lienzo grande.
Les gustó mucho. Mi hijo se pone triste porque no conseguí lo del traslado, pero le prometo seguir insistiendo.
Mi compañera me encuentra estudiando y me pregunta para qué lo hago, si a fin de cuentas no me lo toman en cuenta. “Mira —le digo—, si en Prevención Social quieren mil diplomas para convencerse de que he cambiado, se los voy a mandar. ¿Acaso crees que me doy por vencida tan fácilmente? No.
He luchado mucho y me siento orgullosa de lo que he logrado hasta ahora. Además, el día de mañana, cuando salga, quiero estar preparada. Mi hijo va a seguir estudiando y quiero ayudarlo con sus tareas, que se sienta orgulloso de mí.”
Octubre de 2001
Me ha empezado un terrible dolor de cabeza del lado izquierdo; según esto, es migraña, pero nada me quita el dolor. He pasado una semana en el hospital y no me pudieron aliviar el dolor, quizás estoy muy tensa por la carta que me mandaron y no quiero reconocerlo.
En el hospital conocí a un chico que tiene sida. Está muy jovencito, y todo por inyectarse droga. De regreso en el módulo femenil, le comento a la psicóloga que quiero hacer otro curso, pero sobre el sida. Me dice que empezando el año, porque tiene mucho trabajo, y yo acepto.
Noviembre de 2001
Empiezo a ensayar Los matachines, con algunos contratiempos. Acaba de haber una fuga de tres internos y todo está muy restringido. Son veinticinco chicas de los dos módulos y conseguí con las Damas Vicentinas la tela roja de las nagüillas, cascabeles, lentejuela y chaquira. Tengo algunos trabajos para pintar la Virgen de Guadalupe en las faldas, mucho trabajo; todavía me molesta el dolor de cabeza, pero no tanto.
Diciembre 12 de 2001
Valieron la pena todos los ensayos y las cansadas que les puse a las chicas. Todo salió muy bien. Estoy muy contenta y muy cansada. Al igual que el año pasado, bailé descalza, y ahorita ya no siento los pies. Vino el sacerdote a oficiar misa y trajo a los seminaristas; vinieron las Damas Vicentinas a traernos galletas y champurrado; terminamos a las ocho de la noche con un rosario en el que pedí especialmente por una tía que es monjita y está muy delicada de salud. En la familia de mi madre hay tres tías que son religiosas, un tío sacerdote y dos primos sacerdotes también. Es la herencia de la sangre la que hace que no se olvide uno de su religión y de las tradiciones.
Diciembre 25 de 2001
Hoy tuve mucha visita. Vinieron mis padres, mi hijo, mi hermano y su esposa, que no veía desde que estoy en prisión. También mi sobrinito. Tengo regalos para mis nueve sobrinos. A mi hijo le he regalado un barco grande que me hicieron en el patio de los varones, muñecas de tela para mis sobrinitas, pantuflas y suéteres tejidos, y hasta una chambrita, porque una de mis cuñadas está embarazada. De regalo a mis hermanos les di cuatro Vírgenes de Guadalupe pintadas en tela.
Somos una familia grande: dos hermanas mayores que yo y cuatro varones más pequeños; yo soy la tercera de la familia. ¡Me la he pasado superbien!
Enero de 2002
Entrega de reconocimientos: pasé a cuarto semestre de la preparatoria. He tenido algo de asesoría para contestar los libros; el profesor tiene mucho trabajo en la otra Penitenciaría. Sé que él no quisiera que me atrasara en las clases, me deja trabajo y lo hago yo sola. Tengo nueve de promedio, está superbien.
Empiezo a coordinar la conferencia sobre el sida. Tengo dos obras de teatro: El velorio y La hora del Angelus. Vendrá una licenciada de COESIDA a impartir las pláticas; cuando me pongo en contacto con ella me alegra el interés que tiene en venir y lo completo que estará el curso. Va a durar 11, 12 y 13 de febrero, con clausura el 14; estoy emocionada con los preparativos.
Febrero de 2002
Lo primero es el cumpleaños de mi hijo. Ya tiene diez años. He estado muy ocupada los días posteriores a su visita con los preparativos de la conferencia y terminando la piñata de mi pequeño.
Las bolsitas con los dulces las he elaborado con fieltro, hasta invitaciones le hice. Quiero que mi madre me haga el favor de hacerle su fiesta afuera, en la casa, con todos sus amigos de la escuela y sus primos. Yo tengo todo listo, sólo falta que compren el pastel. Cuando viene de visita ésa es la sorpresa y el regalo que le tengo, se emociona mucho y se va muy contento.
Todo un éxito la conferencia. Asistió toda la población de femenil. Se entregaron reconocimientos y tuvimos un convivio con comida y música. Vino la subdirectora y una pequeña comitiva; todo fue muy agradable, gracias a Dios. Nos han donado pruebas para las que queramos hacernos la prueba ELISA; aparte de muy buena información, mis análisis fueron negativos.
Abril de 2002
He regresado a mi castillo y todo está muy diferente. Lo siento en el ambiente, como de tristeza, de amargura, de indiferencia; algunas han salido libres, otras se han casado. Aquí hay sólo chicas sentenciadas, y en la otra prisión las que van llegando. Es otro ambiente, gente nueva, más espacio, y aquí todo es más pequeño. Y ves las mismas caras todos los días. De cualquier manera, me ha dado mucho gusto regresar. Ahora sí voy a tener clases todos los días, y para mí eso es lo más importante.
Mayo de 2002
Tengo visita de mi madre y de mi hijo. Les he preparado comida. Incluso mamá ha descansado un poco en mi cama. Me comenta que mi padre está enfermo. Le regalo una pintura que le ha gustado mucho, es una india con un bebé en brazos, recargada en una tumba, con motivos de la cultura azteca al fondo. Le ha gustado mucho y dice que la pondrá en su recámara. Platico con mi hermano y dice que la situación está muy crítica afuera, que le ha ido mal en su negocio y que ha tenido que cerrar la ferretería. Trajo a sus dos pequeñas, están hermosas. Me da tristeza la situación económica de mi hermano; nunca le he deseado ningún mal, ojalá y pronto pueda recuperarse. He platicado mucho con Alejandro, él piensa que estaré en su graduación de primaria el año que entra. Ha estado tanto tiempo sin mí, que es un verdadero milagro que me quiera tanto. Gracias, Dios mío.
Julio de 2002
Ya estoy en quinto semestre. Apenas han terminado las clases y empezamos en septiembre, pero ya tengo mi boleta de calificaciones, y aunque falté algún tiempo a clases, tengo un promedio de ocho. Perdí matemáticas, tengo que reponer esa materia. El motivo por el que me ausenté de clases es que estuve enferma del dolor de cabeza. Los estudios que me practicaron indican que tengo una inflamación en el lado izquierdo del cerebro y mucha electricidad; lo bueno es que no hay tumores. Tengo que tomar un medicamento muy fuerte. Lo bueno es que han empezado las vacaciones y tendré tiempo de reponerme.
Agosto de 2002
He dejado el tratamiento, tengo el estómago destrozado. Son doce pastillas las que tomo a diario y todo el día me la paso en la cama, con náuseas y vómito. Así que decido dejarlo. No ha sido fácil, me duelen las quijadas, las siento tensas, no he dormido nada en tres días y me siento superdeprimida.
Hablo por teléfono a mi casa y me informan que mi padre está muy grave de salud, en terapia intensiva. ¡No, por Dios! Hasta mi hermano el que vive en Washington ha viajado a Ciudad Juárez para visitar a nuestro padre. Es él quien me da la noticia. Me pongo a llorar en el teléfono, mi hermano me pide serenidad, que me calme, pero no puedo; siento que es mi culpa que mi padre esté enfermo. Ya son muchos los años que llevo detenida y sé cómo le afectó en su salud que me detuvieran. Me dice mi hermano que no es mi culpa, que no soy la única hija, que todos les hemos dado problemas, que el tiempo pasa. De cualquier manera, a mí nada me consuela.
Me llevan a la enfermería y me aplican un sedante. Los días siguientes me los paso en la cama, sin ánimos de nada. Pero tengo un ángel que no me deja sola, es una amiga que conozco desde Juárez; es la única persona en todos estos años que merece que le diga la palabra amiga; viene y reza conmigo el rosario, me trae comida y está al pendiente de mí porque lloro mucho; sigo necia en no querer tomar tranquilizantes. Papá ya está estable, aunque sigue delicado.
Domingo 8 de septiembre de 2002
Hoy vino mi madre. No la veía desde el mes de mayo. Me trajo a Alex. Este mes entró a clases a sexto año; está grandísimo. También vino mi hermano Ernesto, su esposa y mis tres sobrinos.
Cómo pasa el tiempo, llevo seis años, siete meses, y todavía me faltan tres años más, si Dios me presta vida. Noto la tristeza de mi madre en sus ojos, aunque ella quiera aparentar lo contrario. El tiempo ha dejado huellas en su rostro y, al igual que mi padre, también está enferma.
Hay crisis económica en todas partes y quisiera que no vinieran más a visitarme para que no tengan más gastos. De cualquier manera, sé que volveré a verlos hasta Navidad. El 24 del presente mes mi padre cumple sesenta años; se puede decir que es joven, pero nadie como yo sabe lo que ha trabajado y luchado por sacar adelante a la familia. Le mando un cuadro de unos caballos con un indio y una carta. Disfruto mucho la compañía de mi hijo y le doy una carta para que la lea al llegar a casa.
Querido hijo:
Te escribo la siguiente carta para que la leas cuando quieras, en especial cuando estés triste, cuando me extrañes. Tú también me haces mucha falta, ya quisiera que pasara pronto el tiempo para estar a tu lado y compartir contigo tus juegos, tus travesuras y ayudarte con tus tareas.
Tú sabes que tenemos muchos planes, muchos sueños por realizar el día que pueda salir de aquí. Ir a darle gracias a Dios porque me permite estar a tu lado nuevamente. Te prometo que nunca más haré nada que me aleje de tu lado.
Muy pronto dejarás de ser un niño y te convertirás en adolescente. Sé que tendrás muchas inquietudes, muchas preguntas que hacer y no estaré contigo para orientarte, para guiarte. Perdóname, perdona mi egoísmo de todos estos años en que no he podido ser una madre para ti. Tú sabes que tus abuelitos están enfermos y que no tienen dinero, por lo que no podremos vernos pronto, por eso te pido que me escribas y me cuentes lo que te pasa, lo que haces en la escuela. Pórtate bien, no hagas amistad con niños vagos, estudia mucho.
Yo cada día trato de estudiar más, de ser mejor mujer para que no te avergüences de mí; quiero que aunque esté aquí en prisión sientas orgullo por tu madre.
También quiero que sepas que no podré estar contigo en tu graduación de primaria. No te pongas triste, verás que Dios, Nuestro Señor, va escuchar nuestras oraciones y pronto nos permitirá reunirnos. No pierdas la confianza y la fe.
Me despido de ti pidiéndote que cuides de tus abuelitos, ellos son mis padres y los quiero mucho, así como tú me quieres a mí. ¡Que Dios y Nuestra Madre Santísima te protejan y bendigan siempre! Te mando muchos besos y abrazos.
¡Te quiero mucho, mucho!
Tu mamá
Septiembre de 2002
En realidad no esperaba escribir tanto, pero una vez que he comenzado me ha sido imposible detenerme. He revivido recuerdos muy tristes en los que me han brotado las lágrimas, mas hoy doy por finalizado este relato que quisiera que terminara con un final feliz, como en algunos libros. Mas no es así. Como dije antes, todavía me faltan tres años más y no sé lo que pasará en ese tiempo.
Tengo la intención de volver a pedir mi traslado a Ciudad Juárez, pero hasta que termine la preparatoria. Y eso será en julio del año que entra. Espero en Dios que esta vez tenga más suerte.
Es muy grande mi anhelo de estar cerca de mi hijo, de mi familia. Tengo temor por la salud tan precaria de mis padres. Tal vez he perdido algunos valores en este tiempo, más nunca la fe en Dios, y sé que el día que decida dejarme en libertad o reunirme más cerca de mi familia, será porque en realidad me lo he ganado, porque he cambiado.
Carta a mi padre
Hoy cumplió sesenta años y quiero decirle que no han sido en vano, porque en ellos ha ido dejando huellas de su existencia. Contemple la casa que con tanto esfuerzo construyó para su familia. La familia que siempre quiso tener, ese árbol que somos todos sus hijos; unas ramas se han torcido, pero otras están rectas y han dado fruto; porque nadie le enseñó a ser padre y esta rama —que soy yo— se torció un poco, pero Dios hace tiempo la ha cortado y está creciendo derecha. ¿Acaso no le significo un poquito de orgullo? Porque este tiempo no ha sido fácil, pero me ha enseñado a valorar la hermosa familia que tengo, el cariño tan grande de mi hijo y a crecer como mejor ser humano.
No pierda las ganas de vivir, siempre hay algo nuevo que descubrir. Yo admiro mucho su fortaleza, su entrega para con la familia. Usted vale mucho, yo lo quiero tanto; no por tener treinta y tres años he dejado de necesitar su apoyo, su protección y guía. En lo que yo pueda ayudarle, no dude un instante en decirlo. Saque valor de donde parece que ya no existe más, ánimo y ¡muchas felicidades! Que Dios me lo bendiga hoy y todos los días.
Me despido con todo el cariño del mundo. Déle mis recuerdos a mi madre y a toda la familia.
Su hija, que nunca lo olvida.
Penitenciaría del estado de Chihuahua,
Unidad de Bajo Riesgo, Chihuahua
COMENTARIO
Por Anónimo (no verificado)Hola que tal estoy interesada en partisipar he leido el DIARIO DE ALEXA y quiero felicitarla por ser una mujer muy fuerte y que todos tenemos derecho a empezar denuevo y que de los errores aprende uno mucho que no hay dolor mas fuerte que estar lejos de un hijo y que con eso ya pago el error que cometio, no te desesperes.
Que todo camino que empieza siempre tiene un final y ella ya camino mucho pronto se terminara y podras estar con el amor de tu vida y todos tus seres queridos y que no tienes nada que demostrar a nadie si no a ti misma por que dios todo lo sabe. hechale ganas que en esta vida hay mucho por hacer. que dios te bendiga siempre. un abrazo