Marlene Villa es también Atrevida… Ella fue tallerista en Demac Puebla y concursó en los Premios Demac 2007… Aquí te compartimos su escrito titulado “Madrid”, olé…

Madrid
Total que el cansancio nos venció al fin o, ¿tendría algo que ver el insufrible melodrama de los años cincuenta que estaba terminando? Sin embargo, una violenta sacudida provocada por la turbulencia me despertó en la madrugada, volteé a todos lados y me encontré con ronquidos por doquier, excepto por tres adolescentes que iban adelante de nosotras, cuyos padres, una pareja como de nuestra edad, eran nuestros compañeros de asientos, creo que los jovencitos: dos varones y una chica, altos y rubios los tres como sus padres, fueron los únicos que vieron todas las películas. ¿Yo? Disfruté de “La guerra de las novias” con Kate Hudson y me volví a dormir, rendida al fin ante el cansancio.
Me despertó un agradable olor a café, el encendido de las luces (que anunciaban que allá afuera se había encendido también el sol, que había amanecido), y el continuo transitar de las azafatas por los pasillos tratando de despertar a todo mundo para comenzar a servir los desayunos, por mi hubiera seguido durmiendo, pero la tripulación apenas tenía tiempo del conocido ritual de servir y luego levantar antes del aterrizaje.
Al bajar del avión, según yo era muy temprano, si tomamos el avión a las ocho de la noche y volamos diez horas, debían ser las seis de la mañana en México, pero en Europa si le sumamos siete horas, era ya la una de la tarde, ¡era medio día! y para mí acababa de amanecer, o sea, ¿qué tendría que acostarme como a las seis de la tarde porque aquí ya sería la una de la mañana?, iba a ser difícil el cambio de horario, ¿dormirme a esa hora?, aunque estaba tan cansada que no creía batallar para conseguirlo
Al ir caminando por ese gusano enorme que del avión nos llevaba a tierra firme, no sin antes despedirnos de la amable tripulación que nos dio las gracias por viajar por Iberia, no pude evitar pensar mil tonterías:
Que sí, que por increíble que pareciera, habíamos “brincado el charco”, que estábamos en España: “Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací”, como dijera el maestro Agustín Lara, la “Madre Patria”, nuestras raíces, veníamos de la mezcla de ellos, los que nos conquistaron, con nuestros indígenas, naciendo así una nueva raza: la mestiza. Nos llevaron tantas cosas buenas: el idioma, la religión, un impulso a la agricultura con caballos y mulas, sin olvidar la lectura, la escritura y la cultura, pero también las epidemias, el sometimiento, el abuso y el saqueo de nuestro oro, hasta el grito de basta, el grito de Independencia.
No pude dejar de evocar imágenes de españolas con sus vestidos rojos con lunares blancos, sus castañuelas, tan erguidas, zapateando violentamente haciendo estremecer la duela con sus tacones, pero sin que ninguno de sus alisados cabellos se mueva de lugar.
Mientras daban vueltas las maletas sin aparecer aún las nuestras, me fui, me fui con esas vueltas como en un torbellino de pensamientos que me llevaban hasta casa, pensé en mis hijos: ¿se habrían levantado ya?, ¿llegaría la muchacha temprano? ¿les daría el desayuno?, o, por no estar yo ¿se convertiría todo en un caos? ¿se quedarían dormidos?, ¿no llegaría uno al trabajo y el otro a la universidad?, cuando apareció por fin mi maleta en el escenario, la voz de Sylvia me sacó de mi enajenación: “Ahí están, esas son las nuestras”, al volver a aterrizar (ahora con mis pensamientos), decidí que no me preocuparía más, que iba a disfrutar mi viaje y que los problemas de casa se quedan allá.
¡Qué diferente el metro de Madrid al de México! Mucho más limpio y mucho menos concurrido, ¡al fin primer mundo!, en éste se circula con tranquilidad y holgura, los vagones van ocupados, pero no ¡como latas de sardinas!, ¿será porque el boleto no es para nada barato como el de allá? aunque éste dura para todo el día. Seguíamos al pie de la letra las instrucciones que mi cuñado nos había impreso y que sacó de internet, en el mapa-instructivo nos mostraba: qué dirección tomar, dónde trasbordar y en qué estación bajarnos. Además de indicarnos que de no apretar el botón la puerta no abriría.
-¡Éste, puso hasta donde iba a estar “orinando” un perro, mana!-dijo Sylvia, ambas reímos sin dejar por esto de estar muy atentas para no perdernos. A pesar de ser “de rueditas” nuestras maletas, en las escaleras (y había muchas), había que cargarlas, ¡uff!.
-¡Ojalá apareciera por ahí algún acomedido!- dije contemplando la gran escalinata, tomando aliento y esperando alguien me ayudara antes de decidirme a cargar la maleta.
-¡Hasta crees!-dijo Sylvia y no había terminado de decirlo cuando ya un acomedido había aparecido por ahí y en un santiamén, mi maleta estaba hasta arriba de la escalera.
Sonreí a Sylvia, quien movía la cabeza sonriendo y como diciendo: ¡te saliste con la tuya!, y en cada escalera aparecía otro amable acomedido quienes nos hacían plática.
El hotel se encontraba en Atocha, sí, donde los atentados terroristas de 2004, era un edificio muy antiguo pero remodelado, nos registramos. La chica que nos dio las llaves y nos condujo a nuestra habitación (haciéndonos subir por un elevador bastante rústico que se antojaba algo inseguro), era muy amable: “aquí está su cuarto, vale, si necesitan algo me marcan vale”, porque eso si, terminan siempre sus frases con un vale.
Una vez desempacado lo necesario, pues sólo estaríamos ahí dos noches y después de refrescarnos y acicalarnos, pasamos a cambiarnos con las pocas prendas frescas que llevábamos, el clima era templado y agradable y a mi ya se me quemaban las habas por andar caminando muy salerosa por las calles de Madrid, conocer, ver, tomar fotos, salir.
Lo primero fue la Fuente de la Cibeles, hermosa, majestuosa:
Nos retratamos desde todos los ángulos posibles, esquivando el incesante tráfico.
Esa tarde la pasamos en una plaza muy agradable, donde había cafés, bares, almacenes y tiendas departamentales, como esa cadena tan famosa allá: “El corte inglés”, donde maravilladas veíamos la joyería y accesorios, la ropa, los zapatos, las bolsas y pashminas, la corsetería, los cosméticos y demás. Nos tomamos fotos con el “osito”, emblema de la capital de España, la del Franquismo, la de ETA, la de las grandes batallas, del Rey Juan Carlos y la reina Sofía, la del príncipe Felipe y Letizia.
Después, agotadas nos sentamos en un restaurante con las mesitas afuera (para ver pasar a la gente), el ambiente era agradable, la gente reía y platicaba animadamente, ¡que bien!, poder andar tan tarde en la calle sin temor a que te asalten, comenté a Sylvia.
Nos tomamos el receso y el refrigerio que ya nos merecíamos, además de varias copitas de vino, mismo que nos soltó la lengua y nos pusimos a hacernos confidencias, quizá ese “aire extranjero”, nos alentaba, allá ninguno de esos guapos españoles nos conocía, dicen que una se desinhibe siempre en el extranjero, que se compran cosas que ni se necesitan por el simple placer de llevar algo típico del lugar, que se hacen locuras y locura era estar ahí, riendo con el mesero, quien nos bromeaba y nos hacía plática sin percatarnos que para nosotras era temprano, pero que la gente se estaba retirando, para ellos ya eran las doce de la noche, y, ¿el metro? Recordamos de pronto: ¿hasta qué hora funcionará?, nos fuimos, luego de pagar, corriendo y sin despedirnos de nuestro amigo.
Al otro día salimos temprano, nos urgía pasear por todos los lugares turísticos de Madrid, mi cuñado ya nos había hecho varias sugerencias en el “mapa-instructivo”, mismo en el que nos ponía hasta al perro... No conformes con eso, fuimos con la chica de la recepción, quien nos regaló un mapa y nos marcó en él un tour bastante completo:
“Que se diviertan, vale”, nos dijo.
Lo primero era desayunar, Sylvia sugirió el Mac Donalds, en cambio yo, me quise meter a un cafecito muy acogedor donde desde afuera nos alcanzó el olor a café recién hecho, que nos invitaba a entrar, sabía que en cuanto llegara mi cuñado no íbamos a salir de los Mac Donalds, a él le encantan por lo económico, limpio y conocido, es decir no era ninguna comida exótica que probar. La sugerencia estuvo bien para mi, pues pedí un bocadillo con chapata, en cambio Sylvia, quien pidió huevos revueltos, estaba horrorizada: ¡Cómo pueden guisar con tanta grasa! ¡Adiós, guapas! Nos dijeron los amables dueños del café, quienes nos habían preparado los navegantes en grasa huevos.
Como vimos un radiante sol salimos muy primaverales: no contábamos con que el astro rey aún no tenía ganas de calentar y a las dos cuadras, tiritábamos de frío.
Encontramos varias pashminas bonitas con ellas nos cobijamos un rato.
-Creo que primero iremos al Museo Del Prado- anunció Sylvia. Cuando llegamos había una enorme fila. -¿Estás segura que quieres entrar?- Dijo Sylvia al ver la fila, como ella ya conocía hubiera preferido ir a las shopping.
-¡Si claro!- le dije. Ambas nos distrajimos escuchando a un chino cochino, quien hacía un ruido muy desagradable con la garganta (como pasándose los mocos).
Sylvia no aguantó y explotó diciendo pestes del chino cochino y yo comentando también, creyendo que nadie nos entendía, cuando la chava rubia y alta formada delante de nosotras y quien hablaba francés con su mamá, nos preguntó la hora en perfecto español: ¡que pena! Escuchó lo que dijimos y quizá hasta el chino cochino, también.
Cuando paseaba por esos pasillos tan llenos de arte me sentía sumamente inspirada, quería aspirarlo, impregnarme de él, llevármelo, escogimos las salas que nos parecieron más interesantes: Rubens, Velásquez, El Greco, Goya, Murillo y Rembrandt.
El cuadro de las Meninas, con la infanta y sus acompañantes, al igual que La Maja desnuda, me emocionaron, me sentía casi levitar en aquel ambiente donde por un lado contemplaba a la Virgen María y al Niño Jesús, al volver la vista me encontraba con querubines y santos, héroes en cruentas batallas montados en sus caballos, ejércitos, soldados, reinas, reyes, príncipes y princesas, toda la monarquía, claro, bello, inspirador, las cúpulas de los salones: vestidas por los pinceles de los grandes maestros ¡puro arte!
Al salir me quise retratar con las “musas inspiradoras”, esculturas a quienes quise imitar sus poses para mis fotos, cosa que a unos turistas japoneses que iban pasando les encantó y rieron de buena gana con mi ocurrencia y Sylvia, pues consecuentándome.
Nos fuimos a retratar a La Puerta de Alcalá: ¡miralá! ¡miralá! ¡miralá! ¡miralá!
Sin olvidarnos claro, de volver al “Corte Inglés” y al shopping.
Pasamos hermosos jardines, bien cuidados. “Adiós, chiquilla” le gritó un español muy guapo a Sylvia en una de esas calles madrileñas, ella ni se percató. Chiquilla la llamé un buen rato y ella sonreía victoriosa de levantar piropos por ahí, partiendo plaza.
Definitivamente, la ciudad me encantó, gustosa me mudaría allá mañana mismo. En dos días ya andábamos como peces en el agua por las calles y el metro de Madrid.
Se que no fue así, pero al ser Cervantes español, me gusta creer que en esas calles nacieron en su imaginación algunas de las aventuras del caballero de la triste figura: el ingenioso hidalgo Don Quijote De la Mancha y sus inseparables acompañantes: Sancho Panza y rocinante, claro. No podíamos salir a desvelarnos esa noche, al otro día nos reuniríamos con mi cuñado, en el aeropuerto de Barajas.