Transición
Mi recámara es uno de los lugares donde me siento cómoda; es grande y blanca como la luz del día, sin perder la intimidad que la caracteriza. Casi siempre tiene aroma de jazmín por las plantas del exterior y me gusta tener rosas frescas en un tibor; pienso que disipan la soledad de las esquinas.
El otro es un cuartito anexo a la cocina; rodeado de canteros sembrados con margaritas de varios colores, que hacen esperar con ilusión el tiempo de florada. Silencioso, como toda la casa, pero con una personalidad especial.
Por último y el que más me gana, es una habitación en los límites de la propiedad, escondida entre árboles que hospedan plantas de orquídeas endémicas, unas tímidas, otras alevosas, todas de exquisita belleza. Es un lugar con antigua historia y silentes fantasmas; nos hacemos compañía y compartimos en este espacio momentos íntimos y memorables. Frente a la ventana que da al jardín situé una mesa de forma que puedo contemplar el cielo que domina. Mientras algunas nubes lo abandonan, me embarga un sentimiento de paz que envuelve todo. Me siento a gusto con mi pluma, recuerdo de la secundaria y del chico que amé; muchas hojas de papel, un gran cesto para la basura, donde acabarán la mayoría. Un portarretrato vacío, que por mucho tiempo tuvo un significado oculto muy personal; contenía la última foto que me hicieron antes de que mi vida tomara derroteros tan opuestos a los sueños que pintaban mi rostro de alegría; la removí y quedó oculta en un rincón con todas las cosas que en ese momento ya eran inasibles para mí. Me propuse reponerla cuando la vida me diera un camino con salida. Aun no lo hago. Cerca de mí, tengo un almohadón, también recuerdo de mi ayer, al cual suelo estrecharme cuando la melancolía me domina. En una esquina de la mesa, rescatando el ambiente lleno de cosas inanimadas, un helecho y una violeta africana con flores blancas Abrazada a todo esto, una sensación desconocida.
Me llena de placer levantarme temprano por la mañana, cuando el sol apenas nace en el horizonte; me gusta ver como su luz poco a poco disipa las sombras, dejando a los fantasmas de la noche adormecidos.
Mientras contemplo la magia del nuevo día, tomo un café muy caliente y pienso en las horas que siguen; en una tonta manera de perder el tiempo. La inercia o la costumbre me llevan siempre al jardín; no deja de maravillarme la belleza que nace de cada planta. Las riego, las podo, platico con ellas y les robo algunas flores para llevarme al interior. Disfruto el perfume y la pureza que emana de ellas, la gran enseñanza de vida que representan. A cambio de cuidados y cariño, se desbordan en recompensas floridas. Si solo amáramos más, ¡qué hermosa sería la vida! Cada vez, cuando las estoy atendiendo, pienso en lo poco que aporto, en lo mal que está todo detrás de mi muro. Si todos tratáramos al mundo como si fuera nuestro jardín particular, ¡qué diferente sería todo! Somos los hijos más ingratos y egoístas que haya tenido madre alguna. Pobrecita de la madre tierra. Pero más pobres de nosotros, ya que nunca queda factura sin cobrar. Después de locas divagaciones, empiezo mi trabajo; acompaña a mi alma una sensación de frustrante desperdicio.
Al declinar el día, la melancolía me acompaña; no quiero ni investigar el motivo, siento una fuerza que nace de lo más profundo de mis adentros y me estruja el corazón. Es una sensación de pérdida que me deja un vacío enorme; como si el sol se llevara consigo lo más preciado de mi vida. Es tan grande el sentimiento, que no puedo hacer nada; la desesperanza que me invade crece dentro de mi alma como mala hierba, adueñándose de todo mí ser. Y ansío que amanezca, para que la luz disipe las sombras que me angustian.
Mientras la noche descansa tranquila, me invade el deseo de formar parte del azul infinito. Casi siempre me arrepiento del sentimiento que me hace desear la muerte. Amo mucho la vida, a pesar de su profundo dolor.
Creo que es a causa de ese sentimiento que me lastima, que espero cuando el amanecer se insinúa para escribir. Me siento bien cuando pasa la noche y el día por nacer me acuna con su frescura y su silencio.
Exceptuando el canto triste de los grillos que me llega de la lejanía, todo se encuentra recostado en el silencio; me encuentro conmigo misma y pongo en letras mis pensamientos. Cuando la luz del nuevo día llega hasta a mí, irrespetuosa, me puede encontrar renovada y llena de sueños o perdida en el más profundo de los abismos.
Una de las cosas que tiene la capacidad de ponerme de malas es mi nombre. Puedo repetirlo nueve o mil veces y no deja de parecerme un sin sentido. Nunca le encontré un significado, un origen. Me lo pusieron mis padres y ni ellos se acuerdan de donde lo tomaron, o algún motivo por el que lo eligieron.
Acabé con todas las posibilidades de encontrarle un lugar, no encontré nada; terminé sintiéndome como eso mismo, nada. Sin olor, textura o sonido. Creo que es un silencio, producto de un eco no nacido. Ahora solo existe en mi registro de nacimiento, en documentos oficiales que me recuerdan que pertenezco a alguna parte y siento un cosquilleo familiar en el estómago cuando en alguna ocasión alguien lo pronuncia. Un día decidí cambiarlo, y elegí el de Marina; me siento identificada con su significado, “mujer del mar”, un elemento que adoro, tiene vida, alberga vida. No es inamovible, y sus profundidades abismales me fascinan
La gente ante el mar se hermana, pues éste, no respeta las fronteras que el hombre inventó. Tiene, además, un carácter que lo hace impredecible, puede ser un suave rizo o una montaña de agua que en un momento arrasa toda una costa o más. Ayuda a la naturaleza en reacomodos necesarios.
Muchas veces, me pregunto quién soy yo. No lo sé, me cuesta creer que la imagen reflejada en el espejo me pertenece; esos ojos tristes no pueden ser míos, esa figura abatida por los años me resulta ajena. En mis adentros habita alguien muy diferente, tiene la fuerza de un torrente, la frágil apariencia de un colibrí… pero tal vez sólo me engaño y apenas soy un poco de viento. Un poco de viento que no es propiedad de nadie, que sólo tiene a su vez las cosas que levanta tiradas en el camino de la vida, que trunco, no conduce a ningún lugar. Y todo se convierte en un momento en espirales donde anidan mis sueños ya caducos.
Estoy segura de que no soy una montaña inamovible, ni la piedra en el camino. Tampoco el pastor de algún rebaño, ni brisa refrescante y menos el canto de algún río. Tal vez no soy ni palabras, porque llevo el silencio por dentro; pensamientos nunca dichos guardan en secreto los dolores de años. Dolores del cuerpo que fragmentan mi alma. Dolor de ausencias en mi vida. Voces fantasmales pueblan la soledad de todos mis días. Sé que no soy la receptora de un beso y mi piel añora la sensación de una caricia.
Me da miedo la soledad de mi alma que, condenada, vive en el destierro perpetuo de la vida. Entonces canto y me río de la situación más simple e intento rescatarme de esa situación insostenible. Espero morir al caer la noche. Así no sentiré que he muerto, sino que anochecí. Me llevaré la ilusión de tener muchos amaneceres aún por venir. Días claros, diferentes a los idos, que hagan diferencia.
Mi mundo es una incongruencia: muy pequeño y al mismo tiempo sin límites. Mi imaginación me rescata, llevándome a vivir historias que nadie conoce, y toco los límites de la fantasía cada que lo necesito para disfrutar de una libertad que se acabará cuando llegue mi tiempo; como le llega a todo, en su momento.
He intentado muchas veces, y casi siempre sin resultado, alejar de mí la melancolía; esa perenne compañera de mi vida. La llevo metida en lo profundo de mis entrañas. Sigo siendo el mismo reflejo de alguien que aún no conozco. Con esto no quiero decir que dejaré de intentarlo. Tal vez un día pueda vivir el final feliz de un cuento. Mientras, seguiré en la búsqueda de todos los días, saber lo que soy y lo que no. Pero después de todo. ¿A quién le importa? Mejor monto en el ave blanca de mis sueños e invento una nueva aventura.
Y les digo: mi mundo es todavía muy pequeño, aún inmenso.
Por primera vez, en muchos años, tengo algo de color rojo; el anillo de Flor de Chompantle. Nunca me gustó ese color, ha habido mucha sangre en mi vida. Ahora el significado tiene un cambio drástico, ya no es más, algo que solo me traiga recuerdos dolorosos. Me hace bien tenerlo conmigo; puede parecer tonto pero lo siento como un gran logro, algo que no esperaba y que minimiza y deja aparcados los fantasmas que me persiguen del pasado.
A veces siento que esos días se van perdiendo entre la niebla del olvido por algún tiempo; sólo para resurgir con ímpetu, tirando mis defensas ante el dolor que trato de ignorar. Los recuerdos se apoderan de mí de forma sutil y rescatan las partes buenas y amables; otras veces, las más, me arrastran a vivir de nuevo aquella permanencia en el hospital, donde todo me indicaba en los momentos de lucidez de que me estaba muriendo. La misma angustia de entonces me invade, cuando me preguntaba, ¿qué hago aquí? ¿Por qué muero? Mi cuerpo martirizado, era un testimonio vivo de que el personal médico luchaba por salvar mi vida y me sentía una partícula perdida en la vastedad del cosmos, cuando por la noche las luces descendían de intensidad y el hospital quedaba sumido en una falsa calma, interrumpida muchas veces, por los lamentos de dolor de algún compañero de desgracia.
Pasó mucho tiempo para que de forma fortuita me enterara de que alguien me había disparado con un rifle, tenía la bala alojada en la columna y luchaba cada día con las fiebres que minaban mi fortaleza. También me enteré de que si sobrevivía, no volvería a caminar, tal vez ni a sentarme, la lesión era muy alta, y solo estaba viva por algún designio divino. Los médicos no me daban muchas esperanzas de vida. Parados junto a mí, como si fuera invisible, hablaban de que mi vida se extinguía sin remedio. Aprendí que la palabra “inconciente” tenía en mi caso un significado especial. Podía escucharlos y comprender perfectamente lo que decían, pero no conseguía salir de la negrura en la que encontraba sumergida. Los días, de una largura infinita, se fueron sumando junto con su carga de dolor y desesperanza. Hasta que llegó uno especial que marcó la diferencia; pude ver amanecer a través de la ventana tras largo tiempo. Poco después me trasladaron de cuidados intensivos, a una habitación que abandonaría trascurrido un largo año.
Con el tiempo, aprendí a distinguir a la muerte cuando se paseaba entre las camas. Podía olerla, casi visualizarla aparcada en algún rincón oscuro esperando su momento. Llegó un momento en que nos hicimos grandes conocidas y nos hacíamos mutua compañía durante esos días transidos de desesperanza
Ahora, en este espacio mío, donde ya es hábito encontrarme conmigo, me es más fácil escapar de esas sensaciones de angustia del pasado. Estoy consiente de él y lo disfruto una enormidad; nos hemos integrado. No es más solo una parte de la casa, es el lugar donde soy yo misma y me gusta el sentimiento de propiedad. Ya no le temo a los fantasmas de la infelicidad, todo se llena con letras que trepan por las paredes mientras crean infinitas historias que nacen de mis pensamientos.
Le he escrito a las rosas, al jazmín, a la niña que fui y que creció agradecida de no haber sido una hija de la guerra, ni una criatura perdida en cualquier calle. Le he escrito a las fronteras, porque ellas existen y los que las pusieron son sólo historia que no merece mención. Son también mis letras, en este lugar tan mío, como nubes que van cargadas de bondades. La ilusión renace escapando de las grietas de mi alma donde se encontraba escondida, no queriendo saber de soledades.
Éste tiempo, que robo a mis obligaciones habituales, va rescatando mis pedazos y los integra en lo que ahora soy. No me pregunten qué, aun no estoy segura, pero puedo decir que esa esencia mía que aun no entiendo bien, es, hoy por día, más relajada. ¿Quién puede decirlo?, talvez algún día pueda decir que me he encontrado. Al grado de sentirme identificada con mi nombre, de aceptar que le pertenezco cuando alguien lo pronuncia. Es una mezcla de dos lenguas, de dos culturas, puede que su valor resida en esa fusión, y, en que mi madre lo eligió para mí.
Puede darse que, de la unión de mi nombre con mi imagen, surja mi verdadero yo. Talvez siga siendo viento, el lado femenino; el que llora, se desespera, se hunde, pero resurge como el ave fénix de sus cenizas y aprende que en la vida también hay que saber reír
Intentaré conseguirlo con el día a día, dentro y fuera de mis letras, en las que escribo y en las que se vuelven sueños en mi pensamiento; en el transcurrir del tiempo que me llevará de la mano en mi escritura. Hoy me siento poeta, veo el mundo de colores, con dimensiones fantásticas, y tiene lugar la fantasía más loca. Escribiré versos y los colgaré de las ramas de los árboles, donde griten a todo el mundo mi verdad, que es la de todo ser con alma que, atrapado, intenta liberarse y volar.
Seguiré el camino que forma la palabra escrita, con seguridad tendrá pendientes y paredes escarpadas. Donde duendes malignos escondidos en cada grieta, acechan para hacerme claudicar. Y nunca más seré la propia exterminadora de mis sueños, en cada letra caben todos y cada unos de ellos, y serán las palabras enlazadas en mis escritos los que les den extensión.
Quiero morir al caer la noche y escribiendo.