Talladoras de Palabras

enero, 2010

Lourdes Rocha

PRIMER SECRETO
Rituales de iniciación

Hermandad de las Talladoras de Palabras

LA QUE BUSCA, ENCUENTRA.

María de Lourdes…así me llamo porque fui la destinada a llevar el nombre de mi madre. La realidad es que si hubiera sido hombre, habría llevado el nombre de mi padre, o sea, me tocaba uno de los dos.

Durante mucho tiempo estuve inconforme con mi nombre, porque no me decía nada sobre mí misma. Sabía que es una de las advocaciones de la Santísima Virgen, específicamente, el nombre de un pequeño pueblo francés en el que ella se le apareció a una niña llamada Bernardete, quién, según me contaba mi abuelita, a pesar de la inmensa pobreza en que vivía, era dulce, obediente y devota.
Recuerdo que en mi infancia, al mismo tiempo que admiraba a Bernardete, también la envidiaba y me preguntaba por qué era que a mí la Virgen no se me aparecía. Creo que pensaba que si ella venía a mí, yo podría ser tan buena y dulce como Bernardete.

También por mi abuela me enteré de que después de las apariciones de la Virgen, surgió entre las rocas un manantial de aguas milagrosas donde muchos enfermos han encontrado sanación tanto del cuerpo como del alma.

Creo que me incomodaba mi nombre porque durante mucho tiempo fui  incapaz de verme a mí misma digna de él, porque sentía que el nombre era demasiado para un alma rebelde y retadora como yo.
Buscar el significado del nombre “Lourdes”, indagar sobre la naturaleza y las características de quienes tenemos el honor de llevarlo, me ha reconciliado con él y conmigo misma. Me ha hecho comprender que no es casual llamarme como me llamo y que soy totalmente digna de ello.

La emoción me embargó cuando leí que las mujeres que llevamos este nombre, “somos de naturaleza emotiva vehemente y que nos manifestamos en la expresión artística, en asuntos del honor y también en el humor”. De inmediato me identifiqué con esta descripción, y más aún con lo que el texto de Internet continuaba revelándome sobre las que hemos sido nombradas Lourdes: “aman el color, las proporciones y el ánimo alegre.  Les gusta sentirse complementadas. Son exigentes, se expresan en forma original en la intimidad y en la integridad.  Se distinguen por su delicadeza. Aman el buen criterio y el misterio. Buscan la aprobación. Su mente es de pensamiento eficiente. Se expresan como pensadoras originales y realizadoras cabales, tanto al considerar las cosas como en su manera de proceder.   Se agigantan en las empresas sin precedente, unas veces para hacer surgir lo nuevo y otras para dar a lo viejo nuevos servicios, en ambos casos con miras al presente y al futuro. Aman lo práctico. Podrían destacar como inventoras, maestras, comerciantes o administradoras. Son líderes.”

Al terminar de leer, me di cuenta de que por vez primera estaba encantada y agradecida por haber sido llamada Lourdes, y supe entonces que es real, que es cierto eso de que nuestro nombre es un resumen de la esencia de nuestro ser. Y comprendí porqué me siento tan atraída hacia la literatura, el teatro y la poesía. Y me quedó claro por qué amo dar clases y ser testigo del crecimiento y transformación de mis alumnos, y no dudé más de que soy capaz de plasmarme entera en un papel, de que es posible que surja desde mi interior un manantial de palabras que consuelen, diviertan e impulsen el pensamiento y la imaginación de quienes se pongan en contacto con ellas.

Por otro lado, y al mismo tiempo que investigaba el sentido de mi nombre,  inicié también la búsqueda de un espacio para escribir. Comencé probando en la biblioteca de la universidad y en el área de cubículos para maestros…pero pronto me di cuenta de que ahí las palabras salen precisas, sabias, muchas veces rápidas, y corren entre los portafolios, las mochilas, las tareas, los exámenes…en la universidad las palabras reposan sólo cuando son escritas en el pizarrón y en los cuadernos, cuando los libros se cierran al terminar la clase, cuando las correcciones y sugerencias quedan plasmadas en el papel, cuando el trabajo administrativo ha sido concluido. Aunque amo la universidad, ahí no puedo robar ni espacio ni tiempo. Es una zona de entrega total de mi persona a otras personas, a otros pensamientos, a otras preocupaciones.

Sabiendo mejor qué entorno necesito para escribir, me tomé mi tiempo y respire profundo. Y recorrí mi casa con los ojos cerrados, tocando los muros lenta y suavemente, sintiendo su rugosa superficie. Inicié en la sala, buscando los olores y los sonidos, preguntándome si podría escribir arrellanada en uno de los sillones… y al rememorar la voz de las visitas, el ruido de la tele y mis canciones favoritas que suenan por las tardes mientras hago el quehacer, descubrí que este es un lugar para disfrutar con otros, un sitio para compartir-me.

En el comedor y la cocina me llegaron los sonidos de cacerolas, agua hirviendo, rechocar de cubiertos, pláticas y risas de sobremesa, consejos culinarios y secretos contados entre los aromas entrañables del café de la mañana, los frijolitos con chile negro, las enchiladas rojas y suizas, el pastel recién horneado, las tortillas de harina recién hechas, el reconfortante caldo de pollo con verduras. ..y aunque ahí puedo ser yo y expresarme al cocinar y disfrutar lo cocinado, resulta que son sitios en los que las palabras se escapan adheridas a las fragancias de las especias, el ajo, la cebolla, las salsas, sopas y demás delicias.

En las recámaras me acurruqué entre las almohadas, me envolví en las sábanas, brinqué en las camas y me escondí en los armarios. Entré en contacto con todo lo que se oculta en los rincones de una alcoba: los suspiros de amor, los llantos disfrazados, la vanidad reflejada en los espejos, los enojos velados, las más profundas confidencias, los momentos de intimidad y de alegría…aquí, las palabras fluyen, pero corren a esconderse en las esquinas, en los cajones olorosos a ropa limpia, o a meterse debajo de las camas donde se quedan dormidas en la oscuridad. No…aunque la escena de la mujer escribiendo en la cama se antoja estética, para mí no sería más que una pose de fotografía incómoda. Decidí que para escribir, precisaba otro lugar.

Llegué así, a la habitación donde se guardan en cajas de cartón documentos, libros y objetos que no se regalan o se tiran por si alguna vez los ocupamos. El olor de papel y de tinta seca impregna el ambiente. La luz del sol se cuela por entre las cortinas dando a este cuarto en esas horas del atardecer el aspecto de una vieja biblioteca medieval. A ojo de buen cubero, calculo que frente a la ventana bien cabe un pequeño escritorio con su silla…lo veo ya adornado con un florero repleto de rosas, tulipanes o claveles. Veo su superficie llena de manuscritos sobre los que me empeño, presiento la suave música clásica que me acompañará en mis momentos de absoluta intimidad y encuentro con las palabras…He dado por fin, con mi santuario. Qué cierto es eso de que quien busca, encuentra.

Después de mis primeros dos hallazgos, comenzó a pasar un día tras otro y otro y otro más, y me vi batallando para escamotear unos minutos para escribir. Nunca antes me había hecho tan consciente de que seguir los pasos de Ameyahle no es fácil. En verdad hace falta valentía y voluntad para robarle el tiempo al Dios de los Vientos que se lleva los segundos, textualmente, “volando”. 

Van casi 15 días detenida para culminar los rituales de iniciación, por falta de TIEMPO. Y recordé entonces lo que a las que iniciamos se nos indica: de pronto, puede ser doloroso. Tanto como sacrificar unas dos horas de sueño por día…pero al final, la urgencia de escribir le gana a una, y tras probar distintos horarios, hace varias jornadas, al despuntar el alba, lo supe: las madrugadas serán mis momentos para fundirme con la tinta o el carbón en un trozo de papel y, al ritmo del amanecer, dando al sol la bienvenida y a la luna diciéndole ¡hasta pronto!, apropiarme de la escritura para iniciar cada día con el pie derecho.