Talladoras de Palabras

Octubre, 2009

Julie Vega

FUERTE DE RAÍZ

A veces creo que mi espacio no es nada virtuoso, pues donde escribo es en la cocina.
Desde pequeña imaginaba que tendría un estudio en el cual encerrarme bajo llave para que nada ni nadie me molestara. El escritorio sería de caoba, tendría un estante donde archivar mis escritos, una maceta colgante con una bella planta y una gran ventana por la que me detendría a mirar cuando la inspiración no llegara.

Pronto caí en la cuenta: en mi pequeña casa no existe un lugar que pudiera siquiera semejarse al recreado en mi mente.

En una ocasión decidí tomar el único espacio libre de la casa, puse un escritorio en la sala junto a un ventanal bastante amplio. Pero el lugar no era adecuado ya que le daba el sol todo el día y eso lo hacía muy sofocante, nada grato para la escritura.

Así que, sin darme cuenta, fui tomando la cocina.

Todas las mañanas acudía a ese lugar para sentarme a escribir. Ahora es ya una costumbre, siempre acomodo mi silla frente a la ventana desde donde veo brillar las hojas de los árboles que habitan en el patio. La mesa es grande y redonda, con un mantel cuyas tonalidades verdes le aportan jovialidad al ambiente. Me gusta.

Tengo dos momentos del día en que puedo disponer de mi espacio sin que nadie me interrumpa.
Uno de ellos es en la mañana, cuando ya todos se retiran a sus labores diarias y me quedo sola. Miro el fregadero y está llamándome para que lave la montaña de trastes, no le hago caso. Bajo la vista y sé que el piso necesita ser barrido, entonces  tomo mi pluma y comienzo a escribir, todo lo demás puede esperar. 

El otro es durante la noche, cuando los demás duermen. Me preparo un café y pongo música suave. La cocina me ciñe con su acogedora quietud, como si fuese una cueva ancestral donde no hay más vida que aquella creada por mí cuando escribo.

Cuando era niña ya estaba germinando en mí el deseo de ser escritora. Recuerdo los pensamientos rondando las tardes de reposo, firmaré mis libros con el nombre de Julie, Fabiola es muy bobo.
Julie significa “fuerte de raíz”, y es así como crecí. Mucho tiempo  fui una plantita endeble y sin muchos bríos, aunque nunca decaí completamente gracias a un poder subterráneo que hasta ahora alcanzo a comprender. 

Este nombre me hace sentir única, en la escuela no existió otra niña que se llamara igual que yo, aunque habían Julietas, Julias y Julianas. Sin embargo, es así como suelen llamarme las personas más cercanas, entre otros derivativos como Yuyito, Jules, Juliberta, Yu-lee. Nunca me ha molestado que lo hagan, al contrario, me resulta una muestra de su cariño.

Mi madre lo escogió cuando veía una serie de televisión llamada “The Mod Squad” o “La patrulla Juvenil” donde una de las protagonistas era Julie. A mi madre esa mujer le parecía  inteligente, seria y bella, por lo que pensó: cuando tenga una hija la llamaré así-.

El nombre de Fabiola nunca me gustó porque me lo puso mi padre. El me abandonó cuando tenía un año de edad. Además me parecía un nombre insulso, falto de carácter, falso.

Sin embargo, con este ejercicio me asomé también a su significado: Fabiola, se refiere a “la que cultiva las habas”, y me resultó interesante saber que el cultivo de habas, en muchas ocasiones, es utilizado para fortalecer tierras débiles. Así es como mi nombre se complementa y comienzo aceptarlo.

Julie suena al agua del río cuando corre a través de las piedrecillas multicolores; huele a madera quemándose y crujiendo en una fogata; se parece al vestido amarrillo chillante de la bailarina que danza en el centro de aquel escenario.

Julie Vega.