Ruth Pérez Aguirre es una PRO. Además de ser una de nuestras “Atrevidas” - concursó en los Premios Demac 2005-2006- el año pasado publicó junto con Rosalba Iturrigaray, la obra titulada “La inundación”… Aquí te presentamos un fragmento de esta novela que aparece en Memorias del Agua, un libro editado por el Club de Mujeres Periodistas y Escritoras de Tabasco…
La inundación
Rosalba Iturrigaray y Ruth Pérez Aguirre
Con noviembre llegaron las lluvias, que en este lugar eran de pensarse. Aquella ocasión fueron torrenciales provocando serios trastornos en varias zonas, por tal motivo los gobernantes pospusieron muchos de sus deberes para dedicarse de lleno a atender los problemas suscitados, sin imaginar que por sus dimensiones llegarían a convertirse en una pesadilla en el transcurso de unas cuantas horas. Con una precipitación extraordinaria, las lluvias, de manera momentánea, transformaron en su totalidad el paisaje en algunos estados vecinos a la capital al elevar el margen de los ríos, alcanzando su mayor riesgo de ese año. Por lo pronto visitaron las regiones más dolidas, recomendando extremar las precauciones a la población ubicada en las márgenes de los ríos y zonas aledañas. Los niveles del agua eran en verdad alarmantes, por lo tanto debieron supervisar los albergues temporales y el traslado de las personas sin cobijo para que recibieran atención médica. Estos alojamientos, dispuestos para tal eventualidad fueron escasos porque en algunas partes resultaba imposible que los pobladores pudieran permanecer en sus viviendas sin correr serios peligros, por consiguiente, todos debieron ser movilizados. Existía un gran temor a causa del inminente desbordamiento de los ríos más importantes; la población debía prevenirse para no estar en esos momentos en dichos lugares.
El gobierno y la ciudadanía tenían puestos los ojos en las poblaciones más lastimadas, que no solo estaban perdiendo sus viviendas por las fuertes aguas y los vientos que con furia arrasaron cuanto hubiera a su paso, sino también por la merma de los cultivos anegados en su totalidad, o enfermos por la excesiva humedad; las plantas, presa de las enfermedades y de los hongos habían inutilizado los esfuerzos y recursos económicos de los propietarios. Los gobernantes, ni de chicos, ni de grandes habían visto algo igual. Muy preocupados no quisieron alejarse, bajo ninguna circunstancia, de los habitantes en desgracia, ayudándolos en lo necesario al padecer tan cerca la situación que los aquejaba. Rosalba, por su parte, en su apasionamiento por ayudar y ser útil a sus compatriotas, iba a cualquier región aún a riesgo de su vida sin hacer caso de los regaños de Gonzalo y de sus padres, ni de los disgustos que causaban a los agentes de seguridad que consideraron innecesaria su presencia en las zonas de peligro. Pero no podía permanecer insensible al sufrimiento que estaba viendo a cada hora, a las enfermedades padecidas por los ciudadanos y a las pérdidas de sus escasas pertenencias. Se mantuvo alerta, desvelándose en auxiliar a los necesitados, desesperada también al ver que todo esfuerzo resultaba inútil ante la catástrofe.
Los dos jóvenes renegaron de su impotencia al no poder hacer más. Muchas zonas afectadas eran pantanosas y las aguas no hallaban salida, inundando lo que encontraron a su paso. Los pastizales se convirtieron en enormes lagunas, las carreteras se deterioraron, y muchos puentes rústicos cayeron deshechos irrumpiendo los caminos vecinales e impidiendo el fácil acceso a los lugares más necesitados. Los puertos fueron cerrados ante la imposibilidad de la navegación y el trabajo de los pescadores; todo se perdió. Las comunicaciones de teléfonos interrumpidas, así como el desprendimiento del tendido eléctrico hicieron más terrible la situación. Las haciendas iniciaron el traslado de los animales a zonas más altas, apresurados, al ver que se avecinaban más lluvias y desbordamientos. Para aumentar la desgracia sucedió lo inevitable: dos ríos caudalosos que atravesaban ciudades de mucha importancia, se salieron de su cauce, inundando sin piedad cualquier terreno a su paso. El auxilio no se hizo esperar, todos estuvieron dispuestos a socorrerlos; el país entero ayudó conmovido, pendiente de los sucesos. Sensibilizados por las imágenes vistas en los noticiarios y en la prensa, enviaban gustosos cuanto pudiera ser de provecho en estos casos: ropas, alimentos, medicinas, agua, material de construcción que amortiguaran en parte semejante dolor.
Todo había sido arrastrado por el implacable elemento. Ahora no debían desfallecer, sino hacer esfuerzos titánicos para salvaguardar lo más importante: su gente. La catástrofe alcanzó tal dimensión que necesitaron recibir recursos del exterior. En medio de los daños se sintieron agradecidos del apoyo moral de familiares, amigos, y de la solidaridad de los gobernantes de lugares remotos. Sin la colaboración de cada uno de ellos, solos no hubieran podido conseguir lo que al final lograron. En una sola semana, la zona afectada era otra, no parecía algo real, las escenas de desesperación acompañadas del paisaje desolador ofrecido por doquier. Poblados enteros quedaron desaparecidos por completo, y ni qué decir de la agricultura y de los otros recursos trocados en víctimas del fatal enemigo que mató a miles de personas ahogadas, y que no conforme, sepultó en el lodo a cientos más. Se dijo que había sido la peor inundación de los últimos ochenta años, ni siquiera a sus padres les había tocado padecer semejante calamidad.
Las complicaciones no cesaron, la ayuda tampoco; pero el tiempo pasaba y las lluvias no se interrumpían originando que se agravara aún más el infortunio, ya de hecho tan terrible; día a día las carreteras sufrían los estragos del agua y fue necesario cerrarlas al tránsito; los caminos vecinales se hallaban casi por completo, y para colmo, algunos cerros se desencajaron sepultando poblados enteros. No había para donde mirar, los esposos se sentían ahora sí, identificados por el mismo dolor; lloraron juntos, a escondidas de los demás, desesperados de que la situación en vez de mejorar empeorara a cada hora.
Al regresar a casa en esos momentos en que estaban libres de miradas indiscretas, corrían hacia las ventanas, con toda la angustia que los invadía, a observar la lluvia; miraban y volvían a mirar todo el tiempo viendo que no amainaba, dirigiendo sus miradas desesperadas al cielo, imploraban por un milagro; pero éste tardó mucho en llegar y eso los mantuvo con el corazón despedazado…