Talladoras de Palabras

enero, 2010

Geraldine

La Maldición Desesperada

En proceso de ser libre, de ser yo

Golpes, es mi primera palabra, la que más me duele.

Era un domingo extraño y triste desde su comienzo. Mi estado de ánimo no me permitió siquiera esmerarme en mi arreglo personal. Parecía como si presintiera lo que horas después sucedería.
Como todos los fines de semana, Vladimir (el padre de mi hijo), mi hijo y yo nos veríamos para salir a pasear los tres juntos. Esa era la idea, el plan que ya habíamos acordado. Sin embargo, no sucedió. Vladimir decidió que nos quedaríamos en su casa y sólo se limitó a llevar al niño de paseo en su carrito montable a las calles cercanas. Desde ese momento aumentó mi enojo, el cual ya existía debido a que días antes habíamos discutido sobre su poco interés en cuanto a la manutención del niño. Exigía verlo, sin embargo me era muy difícil lograr que aportara algo para los gastos.

Estando en la calle, no pude más y comencé a discutir, reclamar al igual que él. Llegamos a su casa y tuve que guardar mi coraje y dar una buena cara frente a sus padres. Poco tiempo después mi hijo se durmió, Vladimir lo acostó sobre su cama y lo abrazó. Al ver eso, sentí un enorme coraje, verlo así, tan tranquilo, como si no le importara nada. No pude contenerme más y le grité que era un desgraciado y le di un puñetazo en un brazo. Pensé que no haría nada y tal vez sólo me reclamaría, de repente sin darme cuenta, se levantó y me jaló el cabello. Inmediatamente comenzó a golpearme en la cabeza, a jalonearme, a insultarme y azotarme en la cama. Después de aquello no recuerdo cómo llegué hasta el suelo donde el continuaba golpeándome. Estaba a punto de patearme las costillas cuando sus padres entraron y me ayudaron a levantar. Mi hijo despertó asustado gritando ¡mamá! Dicha escena fue el mayor motivo por el cual decidí despertar de esa pesadilla. No era la primera vez que me golpeaba. Las ocasiones anteriores fueron estando yo embarazada y luego a los pocos días de nacido el niño.

Ya no quería vivir así, son eventos muy dolorosos y más cuando la codependencia se vuelve un modo de existir. Por ello decidí acudir a buscar ayuda. En las terapias entendí que nadie tiene derecho a maltratar ni ser maltratado en nombre del amor y la justicia. He eliminado muy despacio la culpa y la tristeza para enfocar mi vida en lo realmente importante. Esa experiencia es un estímulo en mi proceso de madurar.

Cabeza, mi segunda palabra. La razón está en ella misma y se relaciona con la palabra anterior.

Desde hace dos años, mi vida ha estado llena de confusión, disgustos y  acoplamientos a la forma de ser de los demás. Ha sido realmente complicado tomar decisiones por mí misma ya que desde pequeña he permitido ser influenciada en demasía por quienes me rodean. El problema radica en evitar disgustos quedando bien con todos menos conmigo, dejando a un lado algunas veces lo que en verdad quiero.

El tratar de llevar las riendas de mi vida, me ha costado mucho. Hacerlo me ha llevado a ser golpeada. Mi cabeza ha llevado la peor parte. No logro entender cuál es el motivo de que mis padres y Vladimir hayan dirigido su violencia hacia ella.

Por decir lo que quiero, por mostrar lo que siento y actuar, mi madre me golpeaba y aún hace poco tiempo lo volvió a hacer. Yo la justificaba por pensar que tenía problemas y se sentía harta o triste por alguna situación. Algunas veces no era demasiado lo que yo hacía o decía y de repente llegaba el golpe. En ocasiones ni siquiera había hecho nada.

Con Vladimir sucedía algo semejante, desde que comenzamos nuestra relación pasó poco tiempo sin recibir un empujón, un zape o un pellizco de su parte, confieso que al inicio no me defendía, después opté por hacerlo porque al decirle que no lo hiciera parecía como si le dijera lo contrario. Muchas veces intenté dejarlo, terminar, pero no podía, sentía que era una parte muy importante de mí. La violencia se fue haciendo más grande hasta presentarse en todas sus formas. Me sentía ahogada, asfixiada, atrapada. Era una etapa muy complicada porque no sabía como salir de ella.

Al nacer mi hijo me sumergí más en la tristeza al saber que Vladimir no quería estar con nosotros como una familia, mi intención no era casarme con él, pero sí estar unidos y hacernos responsables ambos del bebé. Se suscitaron discusiones con él por su modo de pensar, el de mis padres y los de él. Los míos muy apegados a lo antiguo, los de él muy modernos o no sé. El caso es que no le decían nada y me culpaban a mí de lo que sucedía.

Yo me sentía en medio de todo peor que al principio, tratando como siempre de quedar bien con ambas partes;  luego más violencia. Hasta separarnos.

Lentamente y con dificultad he ido erradicando toda esa basura, manteniéndome firme en lo que digo y quiero. Luchando para ser congruente y evitar de cualquier forma la violencia.

Amor, la tercera palabra. Creo y confío en su existencia porque lo he tenido y aún lo conservo. Cometí el error de amar más a mi ex pareja que a mí misma. Ahora lo entiendo. Soy responsable de ese sentimiento, de lo que yo entregué. Sólo los primeros dos años de relación, de los cuatro que permanecimos juntos, fueron buenos y los recuerdo con alegría. Lo que continuó después, los eventos violentos son responsabilidad de quien los cometió. Por pensar que el amor lo puede todo, hasta lograr cambiar actitudes arraigadas, me permití sufrir.

Sé que amar a una pareja funciona, es real. Lo espero, pero no lo anhelo. Ahora tengo un amor puro y duradero que es el de mi hijo y otro que guardo para mí, con eso me siento bien.

Estas tres palabras encierran un poco de lo que es mi vida antes y después de la violencia. Sigo en proceso de recuperación, terminó mi ciclo de terapias en la UAPVIF (Unidad de Atención para Prevenir la Violencia Intrafamiliar), pero me mantengo en un grupo de apoyo que formamos las que iniciamos juntas el proceso.

Las heridas suelen sanar lento, sin embargo puedo asegurar que ya no soy la misma; aquellas experiencias fortalecieron muchas áreas de mi persona que antes no consideraba como propias. Ahora mis noches son más tranquilas, mis sueños ya no son vivencias tristes, sino metas por cumplir, objetivos a corto y largo plazo. Ya siento tener un motivo de vida.

Geraldine.