RedPRO

Enero, 2010

Elvira Hernández Carballido

DEMAC29

Atreverse a contar nuestra historia, tu historia, mi historia*
Elvira Hernández Carballido
Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo

Me declaro absolutamente cobarde para enfrentar otra vez el reto maternal. Me declaro absolutamente egoísta porque en este momento pienso en mí y en mi desarrollo profesional. Me declaro absolutamente pecadora porque no quiero cumplir con los sagrados mandamientos. Me declaró absolutamente herida porque mi decisión no puede hacerme feliz. Me declaró absolutamente traicionada porque yo no elegí esta situación. Me declaro absolutamente deprimida porque preferiría no tener que decidir. Me declaro absolutamente inmoral porque no cumplo la ética patriarcal. Me declaro absolutamente valiente porque pese a todo dije no. Me declaro absolutamente responsable de mi cuerpo porque es mío. Me declaro absolutamente una mujer que está segura de interrumpir un embarazo no deseado. (Desde el castillo de maternazgo)

Esta declaración surgió gracias a una provocativa convocatoria que invitaba a contar una historia de vida. Esta declaración surgió por la necesidad de compartir el significado de la maternidad, el reto del maternazgo y la importancia de la maternidad voluntaria. Esta declaración surgió para justificar ante mi misma esa decisión de abortar y para explicarme en soledad que soy una mujer de decisiones. Esta declaración surgió cuando creí que precisaba relatar mis sentimientos antes y después de un aborto, antes y después de una infidelidad, antes y después de odiarme, antes y después de perdonarme, antes y después de quererme más, antes y después de aceptarme como quiero ser, seré y deseo ser.

Esa convocatoria ya me había seducido una vez, en 1993 leí en una revista que Documentación y Estudios de Mujeres, A.C. (DEMAC) retaba a contar historias de mujeres mexicanas. Las mismas escondidas en archivos o en páginas amarillentas. Las mismas que no me enseñaron en la escuela pero que encontré en hemerotecas o en voz de mis maestras feministas. Las mismas que tenían mucho que ver con mi historia y con el trayecto femenino caminado durante siglos y siglos hasta llegar al XXI.

En ese primer encuentro con DEMAC decidí recuperar a esas mujeres del siglo XIX que fundaron publicaciones periodísticas y se convirtieron en pioneras de un oficio y profesión que estudié en la universidad y que he practicado siempre desde espacios feministas. Fue así como conté la historia de Laureana Wright y Mateana Murguía, fundadoras, directoras y colaboradoras de Las Violetas del Anáhuac, semanario de mujeres mexicanas que confesaban llegar a la prensa para llenar una necesidad: describirse a sí mismas, escribir sobre lo que sabían y sobre lo que esperaban, rechazaban y deseaban cambiar de su condición femenina. El texto fue bien recibido por el jurado que le otorgó una mención honorífica.

La ceremonia de premiación resultó inolvidable, conocí a las mujeres de DEMAC y palpé su generosidad, comprobé que la sororidad femenina no es solamente una palabra inventada por la academia feminista porque me reuní con mujeres solidarias, compañeras, amigas y cómplices. Mujeres sensibles a las historias femeninas. Mujeres que escarban en el pasado para ayudarnos a reconocernos y a transformarnos. Mujeres que extienden hojas y hojas en blanco para que te atrevas a contar una historia, las historias, tus historias.

La experiencia fue bella y marcó para siempre mi vida. Fue un gran detonante para aceptar que la escritura era mi manera natural de expresarme. Fue una manera natural de convencerme que la escritura ha sido siempre mi aliada y mi cómplice. Es así como seguí recuperando historias de otras mujeres mexicanas mientras al mismo tiempo guardaba pedazos de mis experiencias en cuadernos en forma italiana, en la parte trasera de las tareas de mis alumnos y alumnas, en una servilleta color de rosa o en un archivo de computadora que leía a escondidas. En esos espacios escribía lo que vivía y me gustaba, lo que vivía y no me gustaba, lo que sentía en el fondo de mi alma, lo que me enojaba con Dios o con la vida, lo que me ponía alerta, deprimida, optimista, pesimista, soñadora, crédula, ingenua, ilusionada, feliz.

En 1996 una amiga muy querida recibió una mención honorífica de DEMAC y fui a la ceremonia de premiación. Me encontré nuevamente con rostros sonrientes, con ese ambiente lleno de historias y nombres femeninos. Alguien me sugirió que debería de volver a escribir, a contar más historias de mujeres y ¿por qué no? A contar mi propia historia. Sonreí agradecida pero la propuesta aceleró el ritmo de mi corazón y esa noche cargué en mis espaldas un sueño más.

La vida fue estricta conmigo y me enfrentó a situaciones que jamás creí vivir. Además de deprimirme me convencí que lo vivido tenía que fortalecerme de alguna manera. Las mujeres de mi pasado eran un ejemplo de ello. Sus historias me atrapaban pero también se convertían en un ideal, en un ejemplo, en tierra firme de la posibilidad de ser una mujer herida pero que se ama a sí misma, de ser una mujer incrédula pero llena de fe, de ser una mujer traicionada pero que confiaba en otras mujeres, de ser una mujer fuerte aunque llorara inconsolablemente, de ser una mujer sola pero bien acompañada por su espíritu feminista. Así que decidí narrar esta historia que me fortalecía y que delataba mi debilidad.

Decidí relatar esta historia que era mi espejo y podía serlo para otras. Decidí escribir la historia de una mujer que tuvo un hijo por absoluto amor y comprobó que los hijos deseados existen. La vida de una mujer que fue engañada por su esposo pero que prefirió valorar lo que la une a él y no lo que la separaba de él. La vida de una mujer que enfrentó un embarazo no deseado y abortó. La vida de una mujer que descubrió que no es la peor de todas pero que serlo tampoco es tan peor.

Fue así como, después de dejar a mi hijo en la escuela, regresaba a la casa y todas las mañanas me ponía a escribir, a escribir, a escribir. Evocaba y escribía. Imaginaba y escribía. Ordenaba momentos y escribía. Desordenaba instantes y escribía. Las palabras fluían como torrentes de ríos. Las oraciones se acomodaban en esa hoja en blanco. Mis manos brincaban felices de una tecla a otra para contar esta historia, mi historia. En menos de un mes quedó escrito el testimonio de vida “Desde el castillo del Maternazgo”.

¿Y qué tiene de maravilloso todo esto? Me preguntaba mientras leía y releía las cuartillas impresas, corregidas, vueltas a imprimir, nuevamente corregidas, tachadas, garabateadas y contempladas algunas veces con aturdimiento, sorpresa, humildad, soberbia, temor, burla, emoción y seguridad. No soy nadie admirable pero tampoco despreciable. No soy famosa pero sí digna sobreviviente de la cotidianidad. No salvé a nadie solamente a mí misma.

Segura e insegura, mi amiga Rosalinda fue a entregar mi testimonio a la bella casa de DEMAC. Me confesó que leyó el texto en el camino y no paraba de llorar, de sonreír, de identificarse con tantas anécdotas y confesiones contenidas en mi historia. Le pedí a Rosalinda que no le contara a nadie que concursaba en DEMAC y que tampoco contara esa historia a nadie. Prometió guardar el secreto que yo misma rompí cuando le comenté a mi amiga Norma que iba a concursar otra vez en DEMAC pero esta vez con una historia mía. Quiso leerla y reforzando nuestra construcción de género, lloramos después de leer el texto. Se compartían momentos, se contenían los mismos gritos, se revelaban las mismas esperanzas.

Meses después recibí la grata noticia que esa historia de vida recibía una mención honorífica en el concurso de 1997 – 1998 en la categoría de autobiografías de mujeres mexicanas. Esa vez la experiencia fue grandiosa. Ethel Krauze, una de las escritoras mexicanas que más admiro, impartió un taller para pulir nuestros textos. Descubrí la maravilla de acariciar a las palabras y ubicarlas donde justo llega al corazón del lector. Escuché la historia de otras mujeres como yo, algunas más emotivas, otras muy serias, unas más heroínas de la vida cotidiana, poetas de la rutina femenina, cronistas del ser femenino real.

Fue entonces cuando descubrí la fuerza de las palabras y la importancia de nuestras historias, de estas mortales cotidianas. No eran los comentarios al estilo o la calidad o no literaria, era la identificación con los momentos, el respeto al dolor ajeno, la complicidad con los sueños, la coincidencia en actitudes, la comprensión a pesar de no estar de acuerdo, la diferencia entre nosotras, la sororidad eterna.

Descubrí que no era mi historia, que era nuestra historia la que compartíamos en cada página y en cada palabra. Y esa convicción sigue latente en cada espacio donde comparto esta historia.

Así, en mi salón de clases, sin decirles que es algo que yo escribí, descubro emoción en el rostro de mis alumnos y alumnas. Es un honor que se acerquen a pedirme la ficha completa del texto o que confiesen haberse identificado con una parte de la historia compartida. Cuando les digo que yo escribí esa historia, me vuelvo humana ante sus ojos y ese nos une para siempre.

En algunos programas de radio me han invitado a leer fragmentos del texto y de la indiferencia de la cabina y del silencio telefónico se pasa a la mirada conmovida y a las llamadas constantes, a la comprensión y a la crítica, a las coincidencia y a los debates. Pero el texto siempre es provocador, provocativo.

Mis amigas y hasta mis hermanas me conocen y me desconocen en mis propias palabras. Se admiran y se identifican, se enojan pero me comprenden, se emocionan y se inspiran, compartimos nuestras historias con respeto, atención y complicidad absoluta.

He encontrado parte del texto reproducidas en espacios de Internet, como epígrafes en tesis sobre mujeres, como testimonio para estudios sobre el aborto. Una vez,  en un calendario de frases feministas de mujeres de la talla de Rosario Castellanos y otras admirables mujeres mexicanas, alguien decidió que mi declaración contra la ética patriarcal merecía engalanar el mes de marzo. Es un orgullo ver el texto en los libreros de mis amigos machines y que ellos confiesen haber leído esas historias de mujeres que todavía no comprenden pero que cada vez intentan respetar más.

Y esta exposición solamente tenía la finalidad de decirles que las historias de mujeres contadas por nosotras mismas logran hacernos visibles en la vida cotidiana de este país tan querido y tan lastimado. Que atreverse a contar nuestras historias es recuperar nuestras voces y hacerlas sonar por toda esta geografía nacional. Que no necesitamos ser heroicas para narrar lo que vivimos ni ser las primeras en algo para expresar lo que se siente y se vive en una época, en una circunstancia y en una vida cotidiana.

Atreverse a contar nuestra historia significa descubrirnos en las princesas aztecas que desoladas vieron la destrucción de su cultura. Atreverse a contar nuestras historias es pasear con las monjas de la época colonial para inventar esa palabra que mejor representa nuestras complicidades como es la sororidad. Atreverse a contar nuestra historia es creer como Leona Vicario en el amor a la patria y luchar por ese ideal. Atreverse a contar nuestra historia es fundar una publicación en el siglo XIX y darle primera plana a una frase retadora: Aquí estamos. Atreverse a contar nuestra historia es asomarse al estribo de un tren revolucionario y extender la mirada a un futuro más justo. Atreverse a contar nuestra historia es cortarse el cabello y ser una pelona rebelde que lucha decidida por su identidad elegida.

Atreverse a contar nuestra historia es salir a la calle para exigir ser reconocidas como ciudadanas. Atreverse a contar nuestra historia es perderse en los ojos de Nahui Ollin, en los autorretratos de Frida Khalo y en los colores de María Izquierdo. Atreverse a contar nuestra historia es traer minifalda y hacer la señal de la paz y el amor. Atreverse a contar nuestra historia es tener la convicción de Rosario Castellanos que existe otra forma de ser humano y libre. Atreverse a contar nuestra historia es leer FEM y Doble Jornada para denunciar quiénes queremos ser. Atreverse a contar nuestra historia puede arrancarnos la vida, ser mujeres con dudas y soluciones, hacer un recuento de los daños, dormir solas con nuestras chamanas que se hacinan en la pared y es repetir que lo personal es político. Atreverse a contar nuestra historia es la oportunidad de recuperarnos a nosotras mismas, en la ciudad y en las comunidades indígenas, en la casa y en los espacios públicos, en la cama y desde nuestro propio cuerpo.

Atreverse a contar nuestra historia, mi historia, tu historia, la historia de ellas y de las otras es la oportunidad de hacer visible en México ese lado femenino latente, vivo y único de ser mujer. Atrévanse como yo y como otras a contar nuestras historias y que empecemos a reconocernos con nuestros nombres, nuestro ayer y sin silencios, ni pausas históricas, sino con voces, colores y figuras de mujeres reales, latentes, vivas.

Gracias DEMAC por darnos esta magnífica y grandiosa oportunidad de atrevernos a contar nuestras historias.

*Intervención en la Feria Internacional del Libro de la Ciudad de México. Historias Autobiográficas de Mujeres. Elvira Hernández Carballido se presentó en la 9ª Feria Internacional del Zócalo en 2009. Ganó mención honorífica en 1993-1994 por su texto “Las Violetas del Anáhuac” y en 1997-1998 ganó mención honorífica por su texto “Desde el castillo del maternazgo”.

 

28 Abr10:41

FELICITACIONES ELVIRA!!!

Por ELIZABETH PALACIOS (no verificado)

Elvira, es un placer leer un texto tuyo después de tantos años... sin duda alguna todo lo que se de periodismo te lo debo a ti... te extrañamos en el DF... un abrazo fuerte... Elizabeth Palacios.