RedPRO

Marzo, 2009

Elia Baltazar. Segunda parte

Seguimos con este interesante reportaje sobre las Mujeres del 68… colaboración de otra mujer “Pro”, Elia Baltazar, reportera del periódico Excélsior

Mujeres del 68
Por Elia Baltazar

“…
De los 200 delegados que conformaron el CNH, sólo 15 eran mujeres. Si acaso, dice Adriana Corona. “Fuimos pocas en los órganos de dirigencia, pero muchas en las brigadas”.
 Paco Ignacio Taibo II las recuerda en su libro 68: “Las mujeres eran maravillosas. Eran guapas, guapísimas… Paseaban su indiscutible belleza con desenfado y sin cosméticos (…) Tenían mayor sentido de lo cotidiano, eran menos limitadas que uno. Y además podían reírse, y tú hacerte eco de ellas, si algún primate decía que las compañeras no podían salir a pintar en las noches. Éramos tan endiabladamente iguales y diferentes…” 
Muchas de ellas asumen que no tenían la preparación política de los hombres “ni sabíamos echarnos rollos como ellos, pero nuestra presencia fue masiva, como nunca se había visto”, dice Adriana. 

Nada las detuvo y no hubo miedo que les corta las alas. Para muchas, el movimiento estudiantil fue el primer campo de batallas personales. “A muchas compañeras sus padres las encerraban o las mandaban a provincia con familiares para impedirles participar. Otras se rebelaron o mintieron: decían que iban a una fiesta y se escapaban a las asambleas de sus escuelas, pero así fuimos ganando libertad y confianza”.

Todas nos la jugamos igual que los hombres, sigue Marcia. “Al principio, una amiga me dijo: oye, y qué es eso de botear. Aprendimos y lo hicimos… Íbamos a Sanborns, nos poníamos afuera de las iglesias, nos subíamos a los camiones y con todo el miedo nos echábamos el rollo. Era dificilísimo y a veces teníamos que ir a Ciencias Políticas a copiar las consignas. Hay quienes niegan la importancia de esa participación al decir: es que yo nomás era de las brigadas. ¡Pero las brigadas hicieron el movimiento en las calles, con la gente!”.

Patricia recuerda que a sus padres cualquier movimiento social les parecía ocasionado por gente mala, sobre todo comunistas. “No concebían que tuvieran sentido esos actos, que fueran justificables. Pero así eran ellos, conservadores, y por supuesto no sabían nada de mi mundo”.
A tal punto se involucró Patricia en el movimiento, que de plano dejó el trabajo. “Las asambleas en Odontología era muy difíciles, porque la escuela quería regresar a clases y nosotros queríamos seguir en huelga. Fue archidifícil sostenerla con 15 compañeros, siete mujeres y el resto hombres”.

Para Mirthokleia las cosas no se pusieron tan complicadas en su casa. Toda su familia apoyaba el movimiento. Su papá, el primero, porque era maestro de ciencias biológicas en la vocacional 3. “Mis hermanas boteaban y mi mamá repartía propaganda en el mercado y llevaba comida a los muchachos de la Wilfredo Massieu. Raro que nos hubieran dejado, porque mi papá era muy estricto. Por eso también me metí al movimiento. Nos tenían amarrados por todas parte, en la casa, en la escuela, en todos lados”. 

A Herlinda quisieron regresarla a casa, pero no pudieron. Un día, preocupado por lo que ocurría con los estudiantes, viajó a México para ver qué pasaba con su hija. No pudo hacer mucho. “Nos veía salir disfrazadas, con peluca, y preguntaba qué pasaba. Pues pasaba que nos querían agarrar. Yo le dije que mejor se regresara a Ensenada, que iba a estar bien”.
 Marcia aclara que en el movimiento estudiantil las mujeres rompieron roles y estereotipos. Y es un error si se piensa que ellas ocuparon las cocinas de las escuelas. “Es cierto que muchas no teníamos experiencia política, pero hubo una evolución de ideas y actitudes en un lapso realmente corto”.

Una anécdota ilustra el tránsito de las mujeres en aquellos días: “En las maratónicas asambleas del CNH, los compañeros a veces utilizaban palabras de las que no teníamos ni idea. Me acuerdo de una que me dejó con la boca abierta: plusvalía. Supe después lo que significaba y cuando caminábamos sobre Insurgentes señalábamos los restaurantes y negocios como ejemplo de la condenada plusvalía. Así nos entrenamos”.

Divertidas, gozosas, melancólicas, cada una de ellas desgrana a la distancias sus anécdotas del movimiento y traza en el recuerdo a las mujeres que ya no están. Entre ellas, Roberta La Tita Avendaño, una de las dirigentes más recordadas, presa en Santa Martha, aguerrida y mal hablada como pocas.

“Ella veía del movimiento magisterial. Tenía un carácter muy impulsivo y era capaz de controlar con groserías al consejo, cuando ya no se podían soportar las discusiones”, recuerda Marcia.
 Adriana, por su parte, se hace eco de la memoria de María Eugenia Valero, que a los 16 años era representante de la preparatoria uno y cayó presa en la toma militar de CU, junto con sus padres, quienes también estaban en asamblea. “Hubo como 40 mujeres detenidas esa noche y a todas las llevaron a Lecumberri, las metieron en una sola celda. Como había ratas, todas terminaron arriba de una especie de mesa grandota de concreto, abrazadas unas con otras”.

Ella, además, fue una de las chavas de la prepa uno que corrieron de su escuela a los porros: “Los corretearon hasta alejarlos, y a eso no se atrevían ni los hombres”, dice.

En Herlinda, pintora, las palabras se le vuelven colores al recordar las noches y los días que pasaban en San Carlos y la Esmeralda pintando las mantas para las manifestaciones, los carteles, haciendo los grabados. Luego atacaron San Carlos, destruyeron los talleres y todo el trabajo se trasladó a La Esmeralda, ocupada de tiempo completo por los estudiantes para impedir que la atacaran.

Su voz hace énfasis cuando relata el día que retomaron las oficinas del Partido Comunista, en la calle Mérida de la colonia Roma, luego de que el 26 de julio las ocupara la policía política. “Me tocó a mí retomarlas junto con un club de barrio de la Juventud Comunista. Las limpiamos, las ordenamos y montamos una guardia. A mí me dieron la misión de ese acto simbólico que hice sin pensarlo, no quise pensarlo, porque podíamos ser detenidos reprimidos. Fue un hermosísimo acto que nunca voy a olvidar”.

En el movimiento Patricia se enamoró del hombre que hoy es su esposo, Javier Mastache, entonces también dirigente estudiantil. Y había política hasta en el amor: “Hallé en él una afinidad política, principalmente, de ideales y visión de futuro”.

La noche más emocionante: aquella en la que, a petición de Marcia, escondió a un compañero de Chapingo que ni conocía, sin que sus papás se dieran cuenta. “Lo metí a escondidas y le di unos sarapes y le dije; ahí te duermes, escondido detrás de un sillón en la sala de mi casa. Esperé a que mi mamá se fuera a misa y papá al trabajo para sacarlo. Jamás se enteraron. Ya entonces era peligroso esconder a cualquiera”.

A Mirthokleia el riesgo y la aventura la persiguieron siempre durante el movimiento. Fue ella la que rescató a Fernando Zárate del hospital La Villa, donde se encontraba herido luego de los enfrentamientos con los militares en la unidad profesional Zacatenco. “Me hice pasar como su prima para sacarlo y llevarlo en una ambulancia de la Escuela Superior de Medicina”.

Para las mujeres del 68, el movimiento estudiantil fue una revuelta personal: “Nos dio madurez, libertad, la posibilidad de ver las cosas desde otra perspectiva y expresarnos con todo nuestro derecho. Ya no hubo vuelta atrás para nosotras…”, dice Mirthokleia. 

“Fue un cambio existencial, pero no sé si por el movimiento o porque yo lo necesitaba, o porque pertenecí a esa generación que no se conformó y que rompió con la anterior”, explica Patricia.

“La experiencia fue única, un parteaguas que nos cambió la vida para bien o para mal, “porque hubo compañeros que no pudieron trasformar la experiencia amarga de la cárcel y el exilio”, dice Adriana. 

Los hombres, al menos, han contado su experiencia, dice, pero hay mujeres que no han podido hablar de lo que les ocurrió en esos días, sobre todo después del 2 de octubre. “Hay quienes no pueden reconstruir su historia y, hay que decirlo, no sabemos qué les pasó a muchas compañeras que detuvieron, porque a los hombres los golpeaban, pero a las mujeres podían violarlas”.

Nada se sabe. Ella, por lo pronto, se queda con la mejor parte de aquella experiencia, como Marcia, Herlinda, Patricia y Mirthoklia. 

A Martha, en cambio, aun la rompe la tristeza: “No tienen idea de lo que fue aquello. Yo estoy golpeada en el alma… Si hubieran dejado florecer esa generación, estoy convencida de que México sería otro”. 

Pero esa generación está viva y los nexos que crearon son indisolubles”, dice Adriana . “Éramos buenas conciencias y eso es inolvidable. Como que se dio entre nosotros una alianza indestructible”, afirma Herlinda, que no se acostumbra al hecho de que hagan del movimiento estudiantil del 68 una fecha oficial.

“Se me hace una grosería. El nuestro era un movimiento clandestino, en contra del autoritarismo, y ahora resulta que somos requete amigos del gobierno. Ese movimiento fue de los jóvenes y ganamos a pesar de los golpes, de nuestras desilusiones, lo ganamos porque se lograron conquistas que se disfrutan ahora y que están destruyendo esos mismos que lo hacen oficial”.

Algo dice Marcia para ilustrar la experiencia del 68  en las mujeres, un pensamiento compartido con Mirthokleia y Patricia: “Ese año nos convertimos en personas, con toda la estatura que eso significa”.

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