¡Ya llegamos al final! Esta es la cuarta y última parte de esta interesante y conmovedora historia…
El diario de Sili
Silvia Castillejos Peral
Premios Demac 1995-1996
“…Estoy temblando de frío y de miedo. Aquí, en la casa de Micol, junto a la ventana que da a la calle, a las tres de la mañana, escribo con la luz pálida que viene del foco de allá afuera.
Todos duermen. Sólo que yo me desperté porque tuve una pesadilla. Soñé que estábamos en la casa antigua. Mi tía Micol había pintado las macetas y las acomodó en el corredor. Yo estaba en el patio.
Adentro se oía música y risas de borrachos. De pronto me di cuenta de que se estaba tirando el agua de la llave que está en el patio. Me acerqué para cerrarla. Al lado había una maceta amarilla. Vi, sobre esa maceta, una figura transparente. Ya me iba, cuando volví a mirar y la figura ya no era transparente, ya tenía peso y la vi bien. Era la muerte. Estaba vestida con una túnica negra. Sólo se le veían su calavera y sus manos de hueso. Yo quise gritar, pero no me salió la voz. La mujer muerta se levantó de la maceta y caminó hacia mí, despacio.
Fui retrocediendo, quería llegar al zaguán, pero mis pasos eran lentos y pesados. Cuando toqué la reja intenté levantar el pasado y no pude. La muerte ya estaba junto a mí. Yo grité con todas mis fuerzas, pero otra vez nada se oyó. El esqueleto extendió sus brazos para tocarme. Me desmayé. Me desmayé en el sueño y desperté en la realidad. Qué terror. Busqué a mi abue, a mi tía Amalitza, pero sólo encontré al diablo rojo que está en la pared de esta casa en la que no hay nadie que pueda ayudarme.
No me quiero dormir, pues tengo miedo de que en el sueño me siga esperando la muerte. Mejor te escribo para decirte que ya no aguanto, que extraño a Kim y a Rosa, a mi tía Amalia y a Daniel. Necesito buscar a mi papá porque no quiero estar tan sola. Tampoco quiero que Micol me mande a hacer cosas todo el tiempo y me obligue a comer riñones y hasta hígado. Casi me vomito y estoy llore y llore con la boca llena, y Micol: te lo comes. Y yo: ya no, por favor. Entonces ella me grita, golpea la mesa y amenaza con pegarme si no me trago esas cochinadas. Quiero regresar a mi casa, estar con mi mamá, aunque ella no está nunca conmigo, pero viene en la noche. Además no me pega ni me obliga a comer lo que no me gusta.
México está muy feo. No hay árboles. Desde esta ventana sólo se ven miles de lucecitas, y yo pienso: ¿qué estarán haciendo todos? A lo mejor en esas casas tampoco duermen, tal vez se emborrachan o se matan. Tal vez los niños están solos y sus mamás andan en la calle. Yo extraño a Texcoco. Hay charcotes y casas feas, pero es bonito porque todo Texcoco es mi casa. Conozco cada calle, cada esquina, escucho cuando pasa el tren, el silbato de la fábrica, los pájaros en la mañana. Sé quién vive en cada casa. Me sé los nombres de las marchantas y de los dueños de las tiendas. Puedo ir al panteón, a la cerillera, a la estación del tren, a la fábrica de vidrio, al molino de las flores, al mercado, a la harinera, a Chapingo; a muchos lados, pero siempre a pie, sin que nada me dé miedo. El cine, el único que hay, está viejo, huele a orines, pasan montones de ratas entre los pies y cuando llueve se meten los chorros de agua; pero ese cine es mío porque desde que tenía tres años, mi abue me llevaba a trabajar con ella, todas las tardes. Ya vi las películas muchas veces porque siempre tenía que esperarme hasta que acabara la última función y saliera mi abuelita. El cine es mío y también la iglesia y la vía del tren, porque conozco el olor de cada santo, el número de durmientes que tienen una “P” de fierro, y puedo correr a oscuras en el cine porque me sé de memoria las bajaditas, las butacas rotas y los lugares precisos en donde cae la saliva de los que escupen desde galería.
Es muy triste no estar en mi casa, ni en la casa de mi casa que es Texcoco. Extraño el solecito de las cuatro de la tarde, las lluvias con las que llegan miles de sapos, el aironazo que se junta en las esquinas; el puesto de nieves, los dulces de corazones, el carrito de los tamales, los perros que se tiran a la sombra de los árboles, el loquito que encabeza los desfiles, las pulquerías y las noches que se alargan con los chillidos de los gatos.
Nunca me voy a ir de Texcoco. Y ni modo de que alguien se lo lleve. Siempre podré arrancar bolitas de pirul y pegar la mejilla en las paredes de piedra para sentir cómo se les ha metido el sol. Podré recorrer todo el pueblo mientras les platico a mis amigas historias que invento y que ellas se creen. Caminaré con mi novio, con mi esposo, con mis hijos y con mis nietos por todas las banquetas asoleadas, hasta que se acabe la última lluvia que me toque ver, y se calle el último grillo que me toque oír, y se desbarate en mis manos de viejita el último rayo de sol que me venga a acariciar.
Diario, ya son las cinco, ya empezó el ruido de camiones y veo gente en la calle. Gracias por quitarme el miedo. Ahora, como hace mi tía Malacalafritza, me voy a poner a rezar.
-O-
Otra vez, otra vez me pasó. Te escribo rápido en el cuarto de servicio. Bueno, hasta que la Gurrumina toque el timbre. Resulta que me mandó a la tienda y yo venía de regreso, despacito, cuando volteo hacia el edificio y mi tía está asomándose por la ventana. Que me apuro. Subí las escaleras y antes de tocar la puerta, que abre Micol.
-¿Qué haces?
-Nada, tía.
-¿Cómo que nada? Te estaba persignando ahorita que abrí. ¿Qué tienes? ¿Por qué haces eso?
Yo me quedé callada. Entramos. Me moría de pena y de miedo. No sabía si me iba a regañar o se iba a burlar de mí. Que me grita y brinco.
-¡Contesta!
Yo que empiezo a llorar.
-Te estoy viendo por la ventana. Desde la esquina te vienes persignando. ¿Por qué?
-No sé.
-Y dale. No seas necia. ¿Por qué te persignas en la calle como si estuvieras loca?
-No sé.
Se me juntó la tristeza, el miedo y la vergüenza. Sólo pensaba en mi mamá.
-¿No vas a contestar?
Pues no. No le iba a contestar.
-Si no me dices, les voy a contar a todos lo que haces. No creas que no me doy cuenta de que te la pasas hablando sola, de que escondes las cosas cuando entro a ver qué estás haciendo. Y ahora sales con esto. A ti algo te pasa. Más vale que me lo digas.
No sabes cómo me sentía. ¿Qué le iba a decir si yo no sé lo que hago cuando nadie me está viendo? Entre la confusión, me surgió una idea.
-No, no hablo sola, tía, rezo. Y me persigno porque quiero que Diosito me cuide.
-¿Que te cuide de qué?
Vi en su cara como que se quería reír pero se estaba aguantando. Decidí empezar por el final.
-Me quiero ir a mi casa.
Un llanto escandaloso ya no me dejó hablar. Mi tía tuvo que decir:
-Ya no llores, pues. El domingo te llevamos a Texcoco.
Por fin salió el sol. Hasta quise abrazarla, pero me detuve, no fuera ser que al verme contenta se echara para atrás. Dice:
-Arréglate porque nos vamos a la casa de mi suegra.
Ay, eso parecía venganza. Pero luego te cuento porque ya nos vamos al castillo de algodón.
-O-
Por fin estoy en mi casa, bajo una tormenta de sol.
Bueno. Te cuento. Ese día nos fuimos a la casa de la suegra de Micol. Es un castillo chiquito, pero con torres y jardín. Ahí vive pura gente feliz. Ves a toda la familia que se junta: un papá, una mamá y unos hijos, por allá. Así, para donde voltees. Las mamás son muy lindas, para todo dicen: sí, mi amor; a ver, mi reina; ven, mamita. Los señores hablan quedito, nunca los he oído gritar y menos emborracharse.
Cada año llega Santa Claus, pero no vayas a creer que de a mentiras. No, yo lo he visto. Ponen luces de bengala en el jardín, apagan todos los focos de adentro y se esconden. De pronto baja del cielo el mismísimo Santa, con muchos costales, y deja los juguetes más padres que existen.
A mí no me gusta ir a ese castillo, ya te imaginarás por qué. ¿Cómo yo con mis zapatos de hule y mis calcetas aguadas? ¿Cómo yo con mi greñero y mis lentes de gatito? Además comen con un montón de cubiertos y yo no los sé usar. Me da pena que suene mi boca, no debo manchar el mantel, ni siquiera sé cómo partir el pollo. Qué pena me da. Cuando esa gente bonita se me queda viendo, quiero esconder los pies, llamarme de otro modo, no estar ahí. Por eso ando escondida en el jardín hasta que Micol me llama para que les dé de comer a sus hijas.
Bueno, terminó esa película gringa. En la tarde, Micol y su esposo fueron a Aurrerá. El me dijo que escogiera un regalo que no pasara de diez pesos. Tomé unas cucas que son bailarinas de ballet. Las cucas son muñecas e papel que tienen muchos vestidos para recortar. Me gustan porque puedo jugar sola, horas y horas. Les hago sus casas con cartones, sus muebles con cajitas y las alfombras con trapos. Les invento una historia y cada una tiene que ir diciendo lo que yo quiera. Elisa antes jugaba conmigo, pero ya no le gusta porque dice que las historias de amor que les pongo a las monas, le chocan.
Ahora tengo que dejar mis juegos porque ¿qué crees? Rosa ya consiguió el teléfono de la oficina de mi papá. Hicimos un plan. Vamos a ir a buscarlo con el pretexto de que nos dejaron una tarea en la escuela.
Cuando salga, Rosa se va y yo le entrego una carta en la que le digo quien soy. Entonces… señoras y señores, niños y niñas, se va a volver loco y nos vamos a abrazar hasta que se me llene todo el lugar vacío que le he guardado siempre para que me dé su amor.
Así que ahora, a escribir la carta.
-O-
Hoy no tengo ganas de escribir pero escribo porque tampoco tengo ganas de hacer otras cosas. Nunca había sentido lo que se siente cuando no se siente nada. De seguro no entiendes, pero eso no importa porque yo tampoco lo entiendo.
Estoy así porque fui al cine. Vi una película que se llama Perro mundo. No te la puedo platicar porque no es una historia. Sólo puedo decirte que se trata de la muerte.
Al salir del cine, clarito sentí que algo adentro de mí se había quedado vacío. Sé que me voy a morir. Lo sé ahora. No es que antes no lo supiera, es que nunca sentí la proximidad del fin, de mi fin. Pienso que todos los demás se van a morir y que no importa, pero que yo, Sili, me voy a morir y entonces se va a acabar el mundo porque si yo no lo veo ¿cómo va a existir?
Si yo estoy viva, todos están vivos. Pero un día, de un minuto a otro, ya no podré despertar y no sabré qué siguieron haciendo los demás.
Anduve caminando por las calles. No sabía a dónde ir ni qué hacer. En realidad, ya no tiene caso hacer nada. La muerte me está esperando y mira su reloj. Se hace de noche, se hace de día, se vuelve a oscurecer ¿y todo para qué? si al final no hay nada más que la figura de la muerte. Sí, claro, como en mi sueño, ahora me acuerdo.
He sido muy tonta al gastar el tiempo en jugar, en pensar, en tener la esperanza de encontrar a mi papá. Todo es inútil, nada sirve para salvarme de la muerte.
-O-
Mira, Diario, yo creo que ya no te voy a escribir. Han pasado tres días desde que fui al cine y mi corazón sigue hueco. Pienso en cosas bonitas a ver si ya me salgo de este pozo, pero cualquier idea que se me ocurre, rápidamente se vuelve inservible. No he visto a mis amigas, no las he buscado. ¿Para qué?
El otro día estuve con mi tía Amalia, recargada en sus piernas mientras ella dormía en el sillón. Se me escurrieron muchas lágrimas porque estaba yo pensando que no me quería morir sola, que si me moría pronto, fuera al mismo tiempo que mi viejita Amalitza. Entonces, agarrada de ella, sí me atrevía a cruzar la puerta de la muerte; caminaríamos junta por la eternidad oscura hasta que apareciera Jesucristo y nos llevara al cielo.
Hoy en la mañana me senté en el piso del patio, como siempre. No llevé grabadora, ni cuaderno, ni chocolates. Había muchas moscas volando alrededor del árbol de aguacate. Me acordé de la película. Las moscas siempre están cerca de la muerte. El sol brillaba como otras veces, pero yo lo veía con lástima, como si fuera él, y no yo, el próximo en morirse.
Entonces me acordé de una tarde muy triste, cuando yo tenía un pollito recién nacido que mi abue me compró.
El pollo tenía maíz quebrado y agua, pero lloraba sin parar. Me quedé con él todo el tiempo; lo ponía en el sol, lo guardaba en su caja, le hacía cariñitos, pero no, seguía llorando con un pío pío desesperado, tristísimo. Y se hizo de noche y no se durmió; sus gritos de pollo se oían en el pasillo y en toda la casa. Mi corazón estaba lleno de agujeros que el llanto aquel le hizo, como si hubieran sido picotazos. Lloré tanto como él, sin saber él por qué estaba llorando, pero fue la primera vez que me sentí sola en el mundo, sabiendo que yo, a los ocho años, no podía calmar a ese animalito tan triste que tal vez quería a su mamá o no le gustaba vivir.
Aquella tarde me dolió la vida, pero no lo supe hasta el día siguiente, cuando fui a buscarlo a su caja y lo encontré muerto. Ni siquiera lloré. Era tan bonito no oírlo sufrir más, que mi picoteado corazón se curó con el silencio de su muerte.
Ahora lo entiendo. Esa vez sólo supe que era mejor que se muriera y lo enterré en el jardín.
Un gallo estaba cantando y tal vez por eso me vino aquel recuerdo. O quizá la tristeza de esa tarde era del mismo sabor y del mismo color de la que siento ahora. Porque las tristezas no son iguales. A veces, hasta estar triste es bonito, como cuando no salí en el ballet o cuando se enoja conmigo mi mamá. Lloro, el mundo se pone gris, pero luego se me olvida y vuelvo a estar contenta si encuentro algo que me guste. Voy con Kim y me muero de risa o escucho a Los Beatles y me paseo por las canciones.
Pero la tristeza que hoy ocupa mi alma es igual a la que sentimos esa vez el pollo y yo: estábamos tristes porque estábamos vivos. Digo que es igual porque es una tristeza que no viene de ninguna parte. Es decir, nadie me hizo nada, todo está bien y, sin embargo, siento que la vida se me escapó y ya no puedo sentir las cosas que uno siente cuando está llena de vida. ¿No es así?
Mira, es como si arriba de mí estuviera una enorme sombra, la sombra de la muerte, y yo ya no pudiera recordar cómo es el sol.
Bueno, pues estaba desenredando los recuerdos cuando llegó Daniel. Ya no lo había visto porque se fue de vacaciones. Dice:
-Llevas dos horas ahí sentada y ni siquiera parpadeas. Te he estado viendo desde mi cuarto. ¿Se puede saber qué tienes, Sili?
Tantas veces que quise estar con él, tantas veces que deseé que fuera mi amigo y contarle todo, pues en cuanto habló tuve ganas de que desapareciera. Sólo dije:
-Nada.
El se rió y se sentó a mi lado.
-A ver, vamos viendo. ¿Qué pensamientos tiene ahora la niña precoz?
No contesté. Me caía pésimo eso de “niña precoz” que él inventó. Recordé la noche en la que conocí a su pequeño dragón, pero ni eso ayudó a que se rompiera el hielo de mi indiferencia.
-¿Y ese silencio? ¿No quieres hablar conmigo?
-No.
Me levanté y me metí a la casa.
-O-
Aunque sin ganas, decidí ir a ver a Rosa, a Kim y a Sab. Necesitaba ser Sili otra vez, y quizá alguna de ellas pudiera despertarme del extraño sueño en el que me había encerrado la muerte.
Rosa me contó cosas divertidas. Me reí sólo para que no se diera cuenta de mi tristeza, pues a la mera hora no quise que me preguntara nada. Quedamos en que el lunes le hablaríamos por teléfono a don R. Eso, ¿creerás? no me entusiasmó.
De ahí me pasé a la casa de Kim y antes de que ella hablara, le conté el sueño de la silueta de la muerte.
Puso cara de preocupación.
-Qué extraño. ¿Y dices que estaba cerca de la llave de agua?
-Sí.
-No me gusta. No me gusta nada.
-¿Quiere decir que me voy a morir?
-Espera, no hay que alucinar. Mejor vamos a lo seguro.
Trajo sus cartas y me las echó. Aunque protestando. Fíjate el discursote:
-Te voy a leer las cartas, pero sólo por esta vez. Y sabes que no me gusta mucho hacerlo porque es provocar a los demonios. Luego me lleno de espíritus de gente que ni conozco y es muy difícil sacarlos. Peor ahora que tengo el cerebro abierto. Mira, anoche estaba durmiendo y me despertaron unas manitas heladas que tocaban mi cara. Sin abrir los ojos, dije: “Váyanse, hijos de la chingada”, ya ves que con groserías desaparecen, pero no funcionó. Que abro los ojos y veo en mi cama a unos bebés pelones con caras horripilantes. Me tocaban y se reían. Luego apareció una nube ahí en el techo de mi cuarto, pero una nube de verdad, negra, como a punto de llover. Prendí la luz y les grité a mis hermanos. Mi mamá roció agua bendita y todo terminó. Bueno, ahí te van las cartas, te voy a decir lo que salga, sea lo que sea.
Después de que estuve barajándolas, las pues en la mesa. Yo estaba pensando en las otras veces que le rogué que me las leyera, sólo por jugar, y nunca quiso. Ahora me pasó lo mismo que con todas las demás cosas: no sentí nada, ni miedo, ni emoción, ni ganas de hablar, ni ganas de estar callada.
-¿Me voy a morir?
-¡Qué te vas a morir! Tú estás bien loca.
Se me quedó viendo, intrigada.
-Pensé que hacías cosas raras, pero no esta clase de cosas. Tú te la pasas pensando en… Ay, no, ¿quién es él? ¡cuéntamelo todo! –Se reía mientras iba adivinando la historia.
En otro momento me hubiera carcajeado con esas palabras, pero me quedé esperando el ruido que hace una moneda al caer y no se oyó nada. Todo me era ajeno. Al verme tan distante, se puso seria.
-¿Qué más?-dije, no por curiosidad, sino más bien con el deseo de que esto se acabara pronto y poder irme a otro lado, pues comprobé que tampoco Kim pudo romper con sus locuras mi tristeza.
-Vas a conocer a tu papá.
Sentí un leve impulso; algo quiso surgir en mi alma, pero muy pronto se desvaneció. Kim dijo algunas cosas más pero ya no las escuché. Me despedí y me preguntó qué me pasaba. Ya no me sorprendió decirle a mi mejor amiga lo mismo que a Daniel:
-Nada.
Y era verdad.
Cuando llegué a la casa de mi amiga-no amiga, la encontré asomándose por la ventana. Cosa rara, me invitó a pasar, cosa rara también, sus papás se habían ido a México. Hacía mucho tiempo que quería conocer la casa entera, los rincones que sólo me imaginé o que me contaron cómo eran. Tuve ganas de saber si sus papás se dormían juntos o si eran tan santos que no hacían el amor; quería ver las espantosas muñecas antiguas metidas en sus cajas como ataúdes, y ver cómo era el baño con tina que me platicaron. Hubiera querido entrar a una capilla llena de veladoras que mi tía Amalia vio una vez al fondo de la casa, pero todas esas cosas que ocuparon mi cabeza con una curiosidad infinita, se quedaron como estampas viejas y descoloridas desde que me dio por pensar en la muerte.
Sab y yo nos sentamos en un balcón muy bonito adornado con geranios. Un rato largo no hablamos. Me llegaba el olor a madera que salía de las habitaciones. Por las ventanas se alcanzaban a ver santos y veladoras. Me conformé con saber que todo lo que imaginé de esa casa, seguiría intacto en mi mente; que la tristeza me salvó de haber conocido las cosas de verdad, lo cual me hubiera desbaratado una fantasía que yo me hice y que me va a durar para siempre.
De pronto empecé a hablar. Hablé y hablé. Le dije a Sab que había soñado con la muerte; le conté lo de la película y también que estaba enferma de los sentimientos, pues la vida pasaba frente a mí y yo no me metía en ella, como si viera un carrusel en donde están todos girando y no le encontrara ningún sentido.
Sab no se asustó. Le veía en los ojos sus ganas de saber más y más. Pero luego me quedé callada porque me tropecé con los recuerdos del sexo, con las cosas malas pero bonitas que había descubierto.
Ella me dijo:
-Lo que pasa, Sili, es que a ti ya se te murió el alma.
-Pero si estoy viva- dije, con un repentino y nuevecito espanto.
-Estar vivo por fuera no tiene chiste. Hay mucha gente así. Lo importante es que esté prendida la luz de adentro.
Me levanté de golpe, como si quisiera atrapar un hilo invisible. Mi hueco creció; ahora ya no era una niña, sino el hoyo más grande del mundo.
-Y, Sab, tú dime, en dónde está mi luz. Yo ya me quedé a oscuras.
Se lo dije con una desesperación inmensamente consoladora: había vuelto a sentir.
-Pues la tiene Dios.
Me la quedé viendo para saber si esa era la verdad. Yo quería que esa fuera la verdad.
-Sab, amiga-amiga, ¿qué debo hacer?
-Pues unirte a él. Tal vez tus pecados te han alejado de su gracia. Confiésate, comulga, ábrele tu corazón. ¿No ves que Él te ama y te está esperando?
Lo que decía Sab era fascinante y al mismo tiempo aterrador. ¿Cómo es que me alejé de Dios? Y lo peor, ¿cómo volver a Él sin pasar por los exámenes finales que ponen los sacerdotes? Pero esta vez no me sentí derrotada, quizá porque, como carecía de emociones, tampoco podía sentirme culpable. También descubrí, ahí dentro de mi hielo, lejos de todo el mundo, que ya no quería ser santa como Sab, pero que sí quería que Dios me perdonara, no el día del juicio final, sino ahorita, ya, para que volviera a ser YO ENTERA, iluminada por dentro. Y sentirme triste, sí, pero con tristeza de la otra, con esa que te hace llorar para darle paso a la sonrisa y a todas las cosas que se sienten cuando uno no se ha muerto todavía.
Empezó a lloviznar. Ya no le pregunté nada a la niña antigua. Antes de irme le dije:
-Gracias, Sab.
-Gracias a ti- me dijo sonriendo.
-¿Por?
-Es que eres como una ventana por la que yo puedo conocer el mundo. ¿Sabes, Sili? Siempre he querido ser como tú.
Entré a mi casa, ya de noche, nadie se fijó en mí. Eso era lo bueno, porque pude acostarme y seguir pensando en Sab, en lo equivocada que estaba al querer ser como yo. Si supiera las cosas que nunca le he dicho por vergüenza, no diría eso, ni siquiera lo pensaría. Yo soy el mundo, dice. ¿Y ella? ¿Qué es ella?
Después se acostaron todos y yo me levanté para poder escribir en la cocina. Me siento triste, Diario, han sido muchas cosas las que me pasaron hoy y yo sigo triste. Pienso si será posible encender el fuero que dice Sab. Qué padre sería que así como nos caben en el alma tantos recuerdos, sentimientos, ideas y hasta hoyos gigantescos, tuviéramos adentro una iglesia y un Diosito para cada quien.
¿Sabes? Mi abuela está llorando. Otra vez, otra vez está llorando. Cómo quisiera saber por qué.
-O-
Querida libretota, no te vayas a incendiar porque ahora sí ya me prendí como un sol.
Quiero gritar, aventarme desde la azotea y darles besos a todos. Esto que te voy a contar, jamás lo sabrá nadie, pero nadie, pues no existe una sola persona que lo pueda creer. Pero tengo que escribirlo, si no, cuando sea grande, hasta yo voy a pensar que no fue cierto, y qué malo ha de ser recordar cosas creyendo que nunca existieron.
Sab tenía razón. Dios era el que me hacía falta para nacer otra vez y matar a la muerte. Mi amiga-amiga también tenía razón cuando dijo que Jesús me estaba esperando. Lástima que nunca se lo voy a contar.
Adivina qué hice para encontrar a Dios. No. No me confesé con el padre, me confesé con Jesucristo. Pero déjame contarte cómo fue.
Llegué a la catedral como a las diez de la mañana. Me metí a donde está el Santísimo. Pero esta vez no estaba. O sí estaba pero no en su sol de oro, sino metido en la caja que tapan con una cortina blanca. Muchas veces he visto cómo lo encierran ahí después de la misa.
Me hinqué muy cerca de la caja y empecé a hablarle. No creas que mucho, sólo le dijo que por favor volviera a estar dentro de mí, que yo necesitaba su perdón para ser Sili, la de siempre, con su luz prendida. Después me quedé callada. Estuve viendo la cortina blanca, o mejor dicho, ahí puse mi mirada y dejé de pensar. De pronto apareció la cara de Jesús como dibujada en la tela, pero en realidad, el rostro estaba atrás de la tela. Tenía una barba larga y blanca. Yo creo que el señor Jesús ya se hizo viejito, pero sus ojos eran jóvenes y me miraban con tanto pero tanto amor.
Yo ni siquiera quería respirar, tenía miedo de que el rostro desapareciera; de que todo fuera obra de mi imaginación y que con sólo cerrar los ojos dejara de verlo. Entonces le dije:
-No te vayas, Diosito, dime que me perdonas, dímelo tú mismo para no volver a tener miedo. No te vayas, quiero que seas de verdad.
Hasta ese momento me di cuenta de que me escurrían las lágrimas. No sé cuánto tiempo pasó pero Jesús seguía ahí, mirándome. Luego empezó a crecer y en un instante ya estaba junto a mí, completo y de nuevo joven, con su túnica blanca. Y me habló. Sólo unas palabras que repetí muchas veces para que no se me olvidaran. Dijo así:
-Recuerda, Sili, que antes de que tú me lo pidas, yo ya te perdoné. Ama mucho. Ama siempre. Ahora recibe mi espíritu.
Jesucristo era de verdad, no como los fantasmas. Pero su voz no se oía en la iglesia, su voz se escuchaba dentro de mí. Todo era simple y al mismo tiempo muy extraño porque yo no sentía mi cuerpo, era como si la aparecida fuera yo y no Él. Entonces ocurrió lo más bello. El señor Jesús se rio conmigo y me tocó la cabeza. Nunca podré explicar la sensación, sólo sé que cayó sobre mí una cascada de luz que pesaba como agua. Instantes después, la figura se convirtió en humo y poro a poco fue desapareciendo.
Toqué mi cara mojada de luz y de lágrimas y caminé lentamente hacia la puerta. Iba flotando, envuelta en un resplandor que me impedía tocar el piso. En un instante experimenté lo eterno, pues transcurrieron horas antes de que yo sintiera el golpe del viento que pareció despertarme en el atrio. Me quedé viendo los árboles que jugaban con el sol y con el aire haciendo que las hojas brillaran como diminutos espejos. Mi alma voló y voló por encima de la iglesia, recorrió el pueblo, se fue por los campos sembrados de alfalfa y al fin llegó hasta las montañas azules.
Cuando salí de la iglesia tuve una idea muy rara. La idea de que tal vez el cielo no está en el cielo sino está dentro de mí.
A las cuatro de la tarde llegué a la casa y me sorprendió encontrar a mi mamá en la cocina, comiendo. Se supone que debería estar en su trabajo.
-Mami ¿no trabajaste?
No me contestó. Pensé que estaba enojada conmigo, pues toda la mañana anduve en la calle. Me serví de comer. Entonces me di cuenta de que ella estaba llorando.
No hablamos. Hubiera querido darle un pedazo de la luz que, como agua, todavía escurría por todas partes, pero en ese momento supe que yo estaba metida en un sueño grandioso, mientras que mi mamá sólo vivía la realidad.
En la noche, mi abuela me dijo que a mi mamá le habían quitado el trabajo.
-O-
Las cosas se han puesto horribles en la casa. Mi mamá anda de un humor negro. Pelea con mi abuela, no creas que a gritos o discutiendo, no. Se hacen cosas. Cada quien tiene sus trastes, y si mi abuela hierve el agua en un pocillo de mi mamá, ella llega, la tira y pone otra cosa a calentar. Se echan indirectas, ninguna quiere pagar el gas. Mi abuela dice: “Dile a tu madre que a ver si aunque sea compra café”. Lo dice sabiendo que mi mamá está ahí, que la oye, pues.
Pol y yo nos miramos con miedo. Algo muy malo va a pasar. Elisa llora en su cuarto porque le encargan útiles en la escuela y no se atreve a pedirle dinero a mi mamá. Dice que odia a mi abuela y que tiene ganas de que nos vayamos a vivir a otro lado, aunque sea una vecindad. Mi hermano Santos ni se entera porque ahora trabaja en el cine vendiendo paletas y en las mañanas se va a la escuela. Yo estoy preocupada porque mis amigas ya se inscribieron en la secundaria ¿y yo qué? Tengo que hablar con mi mamá, pero de seguro no va a querer, si la pobre no tiene ni un quinto. Ya me di cuenta de que le debe dinero a varias personas porque le mandan a cobrar. También sé que se echa sus copas a escondidas porque huele a alcohol.
Pero dejemos a mi mamá en paz, que ya de por sí está sufriendo un chorro, y vayamos al asunto de mi papá.
Después de cuatro intentos, Rosa logró hablar por teléfono con él. Yo estaba ahí, claro, y me puse muy nerviosa cuando mi amiga, haciendo voz de muchacha, le dijo:
-¿Ingeniero Raúl Z? Mire, le hablo de muy lejos (DEL MÁS ALLÁ). Quiero verlo porque mi papá tiene una huerta de limones (HÁZME EL FAVOR), y descubrió una plaga (HE DE SER YO) que nadie ha podido identificar y nos recomendaron (NO PREGUNTE QUIÉN) con usted que es un especialista (EN ABANDONAR HIJOS).
Yo me moría de la risa. El caso es que el tal ingeniero, o sea mi padre, le dijo que la esperaba dentro de una semana en su oficina.
No lo podíamos creer.
-Ahora sí, amiga, ya te armaste con un papá nuevecito. Y tiene lana el señor ¿eh? porque me dijeron que era el mero mero del Instituto.
-Le voy a decir que me ayude para entrar a la secundaria.
-Pero a una particular. Si vas a ser su consentida.
-No, a la de gobierno, con eso me conformo. Nada más que pague la cuota y que me dé para los uniformes. Así ya no le tengo que pedir dinero a mi mamá.
-¿Y ya hiciste la carta?
-No. Pero eso es fácil.
Total que llegué a mi casa y me subí a la azotea. Entonces se me ocurrió que deben de ser dos cartas.
Una breve y otra larga. Una para que sepa rápido quién soy y se salga conmigo a platicar, y otra en donde le cuente de mi vida y le diga que lo quiero mucho y que no me vuelva a dejar nunca.
-O-
Hoy fue un día especial. Mi mamá me quiso un ratote porque me salió sangre. Lo que pasó fue que mi hermano Santos trajo una bicicleta y me la prestó. Solo que era de hombre y estaba muy grande. Yo no alcanzaba bien los pedales, iba sentada en el cuadro, no en el asiento. En una de esas, que se me resbalan los pies y que me pego durísimo en la mera colita de adelante.
Sentí mojado. Fui al baño y vi la mancha de sangre. Se la enseñé a mi mamá. Ella estaba limpiando discos en la sala. Dice:
-Ay, Sili, en dónde fuiste a perder.
-¿A perder qué?
-Una cosa muy importante para los hombres.
Que se sienta junto a mí en un sillón grande, mientras se oía el disco Huapango, de Moncayo. Y yo:
-¿Qué cosa?
-Creo que vas a tener problemas cuando te cases.
Todo era muy enredado. ¿Qué tenía que ver la bicicleta con el matrimonio? Ahora sí, ya se le habían aflojado los tornillos. Le pedí que me explicara, pero me salió con lo mismo de siempre:
-Eres muy chica y todavía no comprendes muchas cosas.
Entonces me abrazó como para indicarme que el asunto había terminado. Ya que estaba tan apapachadora, que le digo:
-Mami, quiero estudiar secundaria.
Me soltó rápidamente, para indicarme que este otro asunto no tenía que empezar.
-¿Sí?- insistí, indicándole que no entendía sus indicaciones.
-¿Para qué? Si cuando termines la secundaria no vas a seguir estudiando. Yo no tengo dinero para pagarte una carrera, lo que necesito es que te pongas a trabajar.
¡Sopas! Ella ya había resuelto mi futuro, y yo sin saber.
-¿Trabajar? ¿En qué?
-Pues ya veremos. Por lo pronto olvídate de la escuela.
Mmmm, se me empezó a derretir la alegría. Estaba a punto de llorar, cuando me acordé de R.
-¿Y si le pido ayuda a alguien?
Cambió el disco. Puso uno de Javier Solís. Mal negocio, pensé, ya vamos rumbo a la cantina. Lo bueno es que seguía tranquila, aún no lograba hacerla enojar.
-¿Como a quién?- me contestó.
-A un señor.
Me arriesgué y me miró con curiosidad.
-¿Qué señor?
Estuve tentada a decirle que dentro de pocas horas iba a conocer a mi verdadero padre. Nunca se hubiera imaginado tener una hija tan audaz, tan loca, tan necia. Me dieron unas ganas irresistibles de contarle todo, hasta podría acompañarme. Pero no me atreví. ¿Qué tal que echaba a perder nuestro plan? Tuve que inventar cualquier cosa.
-Al Presidente.
Hizo un gesto que quería decir: pero qué imaginación.
Su cara, su media sonrisa, sus ojos desconfiados, me hicieron recordar la tarde en la que le conté montones de cuentos. Yo tenía como siete años y estaba encerrada con ella en una recámara. Seguramente se enfermó, pues se quedó en la casa, acostada, sin pendientes y de buenas. Yo debí sentirme muy afortunada de que esa tarde tan larga, mi mamá fuera sólo para mí, y me puse a contarle cuentos que no terminaban. El final de uno se enganchaba con el principio del otro, y así todos se iban encadenando haciendo una historia sin fin. Era una trampa. Una trampa mía que después me sirvió para que mis amigas me vinieran a dejar hasta mi casa sólo por el interés de escuchar el desenlace de mis cuentos. Cada cuadra aumentaba el suspenso y ya en la puerta todo terminaba felizmente.
Y aquella tarde tan bonita, yo aprendí a enredar a mi mamá con mis cuentos para que no se fuera y, además, para que siguiera despierta. Me acuerdo muy bien que ponía la misma cara de hoy, diciendo:
-¿Y a qué hora termina el cuento? No sé de dónde sacas tantas cosas.
Esa vez tuve la sospecha de que el mundo podía ser perfecto, sólo era cuestión de estar en armonía con mi mamá, conectada a su corazón igual que a una fuente de música, de luz, de agua bendita. ¿Y sabes por qué sentí eso? Porque ella quiso escucharme. No como otras veces en las que apenas empezaba a contarle algo, decía:
-Ay, ya vas a empezar con tus historias. Te encanta que te aplaudan y que te digan: “qué niña tan simpática y tan inteligente”.
Cara fea, voz fea, días feos, Sili fea.
Pero hoy, querido Diario, también me escuchaba, contenta, dispuesta, tranquila, yo diría que hasta feliz.
-Sí, hay que decirle al Presidente que me dé una beca ¿no?
Le explico que estamos muy pobres porque se acaba de morir mi papá, que en realidad era muy rico, pero que un viejito le hizo una magia par que sus centavos se convirtieran en corcholatas. Entonces mi papá tuvo que morirse porque ¿qué cree, señor Presidente?
Hermosa, como si hubiera rejuvenecido, se reía y yo no paraba ni un segundo de hablar. El juego terminó cuando entraron sus amigas con una botella de tequila, limones y botanas, y claro, con unas ganas enormes de hacer añicos el buen recuerdo que mi mamá y yo habíamos empezado a dibujar en nuestra historia.
-O-
Pon atención porque te voy a decir el plan. Rosa y yo vamos a llegar a la oficina de Míster Raúl Z. Cuando nos llamen, sólo yo entro, y antes de que mi papá hable, le entrego la carta No. 1, que dice así:
“Señor Raúl Z, me llamo Sili, nací en el año tal, mi mamá se llama X. SOY SU HIJA. Al fin pude encontrarlo. Quiero platicar con usted. ¿Qué le parece si salimos un rato para que yo conozca a mi padre y usted a su hija?”.
Claro que la carta que le voy a dar está hecha a máquina y tiene todos los datos verdaderos, fechas, lugares, nombres, para que el ingeniero no tenga ninguna duda.
Entonces, todo emocionado, me va a abrazar y lloraremos un rato. Luego nos vamos a un restorán y ahí le entrego la carta No. 2, que más que de letras, está hecha de suspiros, de deseos, de presentimientos, de delirios que por primera vez se asoman con ropa de verdaderas esperanzas. Al escribir esta carta tuve la impresión de que surgía, desde el fondo de un espejo, un fantasma que al ir acercándose a la luz, se iba convirtiendo en hombre, hasta que puso sus pies fuera de la luna, tocó el mundo verdadero y me abrazó para mostrarme que existe, que siempre ha estado y que se acuerda del día en el que me sembró en el huerto. Ojalá tenga tiempo de leer, no mis palabras, sino mis sentimientos. Ahí te va:
“Papá,
Por primera vez digo esta palabra mágica. Quiero que sepas que te he buscado siempre, yo creo que desde antes de mi nacimiento, porque no sabes cuánto he querido escuchar la palabra HIJA y nunca ha llegado a mis oídos, y eso que he puesto mucha atención a todo lo que suena, a todo lo que hace algún ruido: cuando escucho música de flautas; cuando cantan los grillos; cuando de noche la lluvia golpea los cristales y amanece y sigue mojando las calles con su voz; cuando alguien llora en las iglesias, cuando mi corazón toca fuerte en mi pecho anunciándome una sorpresa; cuando se rompe una copa y el lamento del cristal sube hasta el techo y regresa a mis oídos.
He buscado tu cara en la corteza de los árboles, en las rayitas de las sábanas, en la humedad de las paredes, en las nubes que forman rostros y luego se deshilachan; y sobre todo, he querido reconocerte en los hombres ajenos que sin ningún permiso deambulan por mis sueños.
No sabes cuántas y cuántas veces se me ha quedado en los labios la mitad de la palabra PAPÁ. Cuando he tenido miedo; cuando he necesitado con urgencia que me quieran. Me gustaría contarte todas las cosas que me han pasado desde que no estás conmigo, desde que supe que no tenía padre, y lo que ha sucedido luego, cuando dijeron que existías, que estabas en algún lugar pensando cómo atrapar al conejo de la luna para que se acurrucara todas las noches con Sili.
Sólo espero tu regreso y no me interesa más regalo que decirte papá.
Mi mamá dice que me parezco a ti, y eso ha de ser porque tú piensas en mí tanto como yo en ti. Ya se nos dibujó en la cara el deseo de conocernos. Por eso, ahora que nos hemos encontrado, vamos a darnos lo que necesitamos. No sé tú, pero yo te pido tres cosas: que me digas HIJA; que me acaricies el pelo mientras duermo y que no me dejes nunca. Te voy a contar, papá, muchos cuentos”.
SILI
Cuando termine de leerla, vamos a ser felices porque sin hablar ya nos conocimos. Tal vez me traiga a Texcoco y hable con mi mamá. Pueden pasar miles de cosas. ¿No es grandioso?
-O-
Bueno, te tengo noticias. Rosa y yo llegamos a la oficina. Mi amiga se quedó en el pasillo. Un señor gordo se asomó desde la puerta y dijo:
-¿Quién me busca?
Yo me acerqué con un poco de miedo, pues el señor no se veía nada contento.
Le pregunté:
-¿Es usted el ingeniero Raúl Z?
-Sí- me contestó, mirando a los lados y atrás de mí, como si buscara a una persona mayor. Le di la carta No. 1. El la abrió con prisa, enfadado. Terminó de leer y se me quedó viendo. Yo sonreí, dulce, como diciendo: “Pues, sí, soy yo”.
Él guardó la carta en el sobre y me la devolvió. Antes de cerrar la puerta, me dijo:
-No.
FIN