El Diario de Sili (Parte III)

“Hoy fue el peor día de todos. Me pasó algo espeluznante. Ya desde anoche las cosas andaban mal”… Eso nos cuenta la inquieta Sili en la tercera parte de su Diario… sigue con ella porque la historia está a punto de terminar y te va a sorprender…

El Diario de Sili
Silvia Castillejos Peral
Premios Demac 1995-1996

(Tercera parte)

Hoy fue el peor día de todos. Me pasó algo espeluznante. Ya desde anoche las cosas andaban mal. Estaba durmiendo cando oí llorar a Elisa. Me di cuenta porque cuando no está mi abue, ella se duerme conmigo. Le pregunté qué tenía.

-Mi mamá ya se salió.
Yo me quedé callada. Dice:
-Ve a buscarla.
Después de todo lo que me dijo el cura, ya no quería cometer más pecados. Le digo a Elisa:
-Deberías ir a confesarte.
-Estás loca. No sé qué tanto haces en la iglesia.

Nos dormimos. Todo el día estuve pensando cómo cumplir con la penitencia. No podía decirle a mi mamá que me perdonara por haberla odiado. Tampoco podía echar de cabeza a Rosa regresando los anillos. No encontré la solución.

En la tarde saqué mis muñecas y las fui a bañar al lavadero, en el patio. Elisa llegó y también le dio por lavar a un bebé que tiene y que ya está bien destartalado. En la casa no había nadie, sólo mi tía Amalia, pero estaba en su cuarto. ¿Te acuerdas de las piedras redondas que dejamos en un rincón del patio? Pues Elisa y yo estábamos vistiendo a las monas cuando oímos que las piedras se movían, como si alguien les estuviera pegando con una vara. Cuando volteamos, vimos que una piedra venía rodando hacia nosotras. Llegó a una esquina y se dio la vuelta, luego siguió caminando hasta quedar abajo del lavadero. Mi hermana y yo nos miramos, llenas de espanto. Aventamos las muñecas y fuimos a ver quién hizo eso, pero no había nadie. Dice, a lo mejor fue mi tía. Corrimos hasta el cuarto y Malacalafritza estaba bien dormida. Nos pusimos a ver la televisión para que se nos quitara el miedo. Después llegaron los inquilinos, mis hermanos, mi abuela y mi mamá. Todo volvió a ser normal. Elisa se fue a dormir. Yo no puedo. Estoy segura de que fue el diablo. Te juro que no lo soñé. Las piedras todavía están revueltas y la que caminó sigue en el mismo lugar. Es horrible. No sé por qué no se lo contamos a mi mamá, a todos. Parece que a Elisa ya se le olvidó o quiso que fuera un secreto. No quiero estar sola. Y todo es porque no he comulgado, el demonio está cerca de mí.

Kim dice que los sacerdotes no sirven para nada, y que, además, son los primeros en cometer los peores pecados. Y es que le conté algunas cosas de la confesión (lo de los anillos, no).
-Ya olvídate de los pecados. Ponte a jugar como niña. Luego, cuando seas grande, te vas a arrepentir de no haber jugado todo el cacho de tiempo que te tocaba.

Por eso me puse a jugar con las muñecas. Pero creo que estuvo mal. Lo que Kim dice también ofende a Dios. Ahora entiendo por qué a las niñas malas nos espantan. ¿Qué voy a hacer? Quisiera pedirle ayuda a Sab. Tal vez ella, por ser tan buena, me diga cómo resolver tantos problemas. Lo mal es que no la dejan salir. Además, puede pensar que yo no soy yo, sino el demonio que quiere echarla a perder.

Sab tiene una casa muy linda. Los muebles son de madera amarilla; hay mecedoras, flores en la mesa y un piano. Yo he ido con mi abuelita de visita, y sacan sus tacitas para tomar té. Hasta galletas, fíjate. Me gustan las mecedoras y el olor a pan. Sab y sus hermanos nunca están solos. Su mamá no sale a la calle para nada. Tienen una sirvienta que trae los mandados. El piso es de madera. Hay muchas lámparas. También libros. Las muñecas de Sab, igual que ella, son antiguas. Esas sí no me gustan porque parece que están muertas. Pero todo lo demás es muy bonito.
En cambio, en mi casa siempre hace frío. Nunca hay nadie. Los juguetes ya no sirven, mi abuela y mi mamá no se hablan, mis hermanos se pelean a trancazos, mi tía Amalia llora porque mi abue no le quiere dar de comer, los inquilinos son señores extraños. Peor cuando hay fiestas. La casa se llena de borrachos que ponen puras canciones de sufrimiento. Luego, como no tenemos dinero, nuestra ropa está vieja y fea. Yo uso zapatos de hule y calcetines percudidos. Mis cuadernos andan rodando y nunca tengo colores, ni goma, ni sacapuntas. ¿Por qué será todo tan feo? A lo mejor es porque no tenemos papá. Y de veras, ¿en dónde está el mío? ¿Qué tal que lo encuentro y se casa con mi mamá? Ya no habría fiestas, ni borrachos, ni diablos, que mueven las piedras para que yo me espante por mis pecados.

¿Sabes? Ya no te voy a decir “piedra” porque me da miedo. Te voy a decir “Diario” porque ahora que le dije al sacerdote que yo escribía todos los días lo que me pasaba, me explicó que estaba haciendo un Diario, pero, eso sí, me dijo, no escribas malas palabras ni cosas sucias. “Un día me lo deberías enseñar”. Pero eso sí no. Tú eres mi secreto, prefiero quemarte antes de que te descubran.
Oye, ya se me ocurrió una idea. Voy a echar los anillos en una bolsa y luego los aviento por la ventana de la casa de los Montellano. ¡Genial!

Pero hay una cosa. Los quince pesos ya me los gasté en puros chocolates Carlos V.

-O-

¡No lo vas a creer! Ayer hicieron otra eliminatoria en la escuela. De cinco niñas, nada más quedamos dos. Tina y yo. Vino el Cascanueces y estuvo ensayando con ella y conmigo. Lo hice muy bien, la música es de lo más bonito; José Luis me cargaba mientras yo ponía los brazos así como una libélula. Las maestras me aplaudieron, menos la maestra Bertha, pues acuérdate que Tina es su consentida. La verdad nunca pensé que podía hacer algo –una sola cosa- mejor que Tina. Y es que tal vez no le gusta bailar porque fíjate, cuando hacemos el paso triple y saltamos, a ella como que le da miedo. No sé, el chiste es que pone cara seria todo el tiempo. Y yo hasta cierro los ojos porque siento adentro de mí algo suavecito, algo que también está bailando, pero como si tuviera su propia música.

Bueno, se me hace muy difícil explicarte cómo bailo y lo que siento, sólo te digo que cuando mi cuerpo nada en la música, se me olvida todo, hasta los pecados y los fantasmas. Es como si la música clásica estuviera hecha por Dios para limpiar las almas y cuando esa música te envuelve como una nube, sientes que ya Dios se ha encontentado contigo y todo eso es bueno, limpio y bonito. La música es la puerta de un mundo que tiene que ver con Dios, pero no te podría decir cómo es ese mundo ni cómo es ese algo divino, porque yo misma no lo entiendo.

Pero te estaba diciendo que Tina no baila tan bien, y aunque la maestra Bertha afirma que lo hace perfecto, las otras maestras no le aplauden, dicen que está muy tiesa. Yo creo que sí le gano. Imagínate la noche que se abra el telón y yo sea la novia del Cascanueces. Mi vestido será lo único blanco, pues las otras cuarenta niñas llevan vestidos de colores. Y también tengo que ponerme una corona plateada y otros adornos brillantes. Ay, no, no puedo creer que me elijan a mí.
Ahora deja que te cuente lo más emocionante. Cuando terminamos de ensayar, el precioso Cascanueces me dijo al oído:

-Ojalá te escojan a ti.
¡Señoras y señores! ¿Oí bien? ¿Podría usted repetir sus palabras? En serio me volví loca. En el camino me venía contando chistes yo sola. Imaginaba este diálogo:
-Sili, ojalá te escojan a ti.
-¿Por qué, José Luis?
-Adivina
-¿Por qué soy la más bonita?
-No. Porque pesas menos.

Pero fui una tonta porque no le pregunté nada. Me quedé sorprendida. Tal vez me prefiere porque bailo mejor y no me pongo tiesa cuando me carga, porque eso de que soy la más bonita, bueno, ni aunque me pusiera una máscara de Cenicienta.

Mira, Diario, te voy a decir cómo soy. Horrible.

Estoy flaquísima. Tengo el pelo largo y lacio. Siempre ando mechuda. Mi boca es fea porque apenas si tengo labios. Pestañas: cero. Mis piernas son huesudas. Y lo peor: uso lentes. Los niños me dicen cuatrolámparas y cosas así, nadie me ha dicho nunca que soy bonita. Al contrario, mi abue siempre dice: está feíta, pero se va a componer. Entonces, como puedes ver, es imposible que le guste al Cascanueces. Tina, ya te dije que es linda como una muñeca de pilas. Además, tiene el primer lugar en el cuadro de honor y no está loca como yo, que siempre me castigan por platicadora, por traviesa, por burra y porque invento historietas en mi cuaderno en donde salen muchachas encueradas.
Pero, querido Diario y público en general, el Cascanueces me prefirió, y qué bueno que lo estoy escribiendo para que nadie me diga que fue un sueño.

-0-

Misión cumplida. No, no vayas a creer que ya me escogieron en el ballet. La selección final será dentro de una semana porque la maestra Bertha dijo que había que darle más tiempo a Tina para que ensayara en su casa y que ella le iba a ayudar.

Lo que cumplí fue la misión de los anillos. Fue fácil. Los eché en una bolsa de plástico, con un papelito que decía:

“Señora Montellano:
Aquí le traigo sus anillos que tomé prestados del baúl. La verdad es que vendí tres y me gasté los quince pesos y ya no se los puedo pagar porque nadie me da dinero. Perdóneme por favor para que el padre de la iglesia me perdone y ya pueda comulgar. No lo vuelvo a hacer, lo hice porque tenía una urgencia y eso a usted también le puede pasar.

Atentamente. Una anónima”.

Y luego aventé la bolsita por la ventana, que siempre se puede abrir. Entonces, ya cumplí con la mitad de la penitencia, o más, porque los rosarios ya los recé. Mi tía Amalia me ayudó. Se lo pedí una tarde.

-¿Y ahora qué te picó?
-Es que quiero ser santa.
A ella le puedo decir lo que sea. Todas las bromas las cree y nunca pero nunca se enoja.
-¿Cómo santa?
-Bueno, monja ¿no es lo mismo? El caso es que me voy a meter a un convento para rezar todo el día por ti.
-Ay, hija, eso yo ya no lo veo. Un día de estos no amanezco. Estoy muy mala.

Y sí, la verdad es que ya casi no oye, apenas si puede caminar por las reumas, le da calentura todos los días y se queja de que no puede hacer del baño. Siempre se toma su beracolate.

Mi tía Amalia no se parece a ninguna otra persona del mundo. Todos los que viven en la casa se duermen cuando hay que dormir, se bañan todos los días, comen, ven tele, trabajan, tienen prisa, se preocupan por cosas verdaderas.

Mi tía, no. Para empezar, tiene todos los horarios revueltos. Duerme en la tarde. Reza en la madrugada. Nunca tiene prisa, es como si el tiempo se le fuera juntando y no sabe en qué gastarlo. Se baña cada mes. Pero no en la regadera. Mira, siempre anda espiando los días, cómo están de sol, de aire, de frío. Cuando por fin pesca un día perfecto, pone en el patio una enorme tina con agua fría. Ahí la deja las horas para que se caliente con el sol. Se sienta en una silla como si estuviera vigilando al agua. Cuando ya está lista, pone sábanas en los tendederos para hacer una casita y se baña. Se tarda como dos horas. Luego ocupa otras dos para secarse el pelo, que le llega hasta las rodillas. Lo tiene blanco, precioso. Pero a ella nunca le ha gustado que se lo vean, y dicen que desde joven le dio por tapárselo. Así que se hace sus trenzas con mucha calma y se las enreda en la cabeza. Pero ya tienen que estar bien secas, pues según mi tía si uno se amarra el pelo húmedo, le salen gusanos en la nariz. Al final, se pone una mascada negra bien apretada. Después termina de vestirse y empieza a pintarse su carita. Ya que se siente guapa, se para en la puerta de la casa como esperando que alguien venga a visitarla. Ve pasar a la gente, a los coches y ya cuando las ilusiones se le cayeron como hojas secas, se mete a la casa para seguir viviendo sola.

A veces llora por cosas que se imagina. Un día llegué de la calle y estaba inconsolable. No podía ni hablar. Le digo:
-¿Qué te pasó?
-Son las doce de la noche y Pol no llega.
-¿Las doce?
-Sí, mija, algo le pasó a tu hermanito.
-Tía, pero si apenas son las siete.
-¿Las siete? ¿Nada más?

Y ya se puso muy feliz. Le gusta mucho jugar a la baraja. Pol y yo nos divertimos tanto porque le hacemos trampas perfectas para que ella siempre gane. Dice:
-Pero qué tonto eres, Pol, estás tirando el triunfo. Cómo estará la mar que hasta se salen los pescados. Qué bárbaros, ya les gané otra vez.

Y nosotros nos revolcamos de la risa. A veces somos crueles. Le hablamos sin sonido, sólo moviendo los labios. Mi tía se desespera:
-Háblenme más fuerte. No oigo nada. Creo que ahora sí ya me quedé completamente sorda.
Yo la quiero mucho porque siempre está en la casa y es la única que se acuerda de mi cumpleaños. A las seis de la mañana ya me está cantando las mañanitas, con la sonrisa en los ojos y una voz que ya no tiene música: sólo amor.

Rezamos juntas los siete rosarios, y de paso la dejé con la idea de que quería ser monja.
Ahora ya nada más me falta pedirle perdón a mi mamá, pero cómo.

-O-

¿Qué crees? Tengo que contarte algo muy importante. El domingo me dijo mi mamá que me arreglara porque me iba a llevar a México. Qué raro ¿no? No me explicó nada hasta que estuvimos sentadas en el camión.

Resulta que tenía un plan. Dice:
-Quiero que conozcas a tu abuela. A la mamá de Raúl. Vamos a ir a su casa.
¿Qué te parece, Diario? ¡Me nació una abuela!
Me platicó muchas cosas de ese señor. Le pregunté si me podía llevar con él, tal vez le diera gusto conocerme. Imaginé que era muy fácil tener padre nuevo, tan sencillo como que mi mamá dijera que sí.
-No hija, no te quiere. Mira, cuando tenías como un año, te llevé con él. Se te quedó viendo y dijo: “pues dicen que la sangre llama a la sangre y yo no siento nada”. Luego, cuando tenías dos años te pusiste muy grave y yo le pedí ayuda. El no quiso darme nada. Desde entonces no lo volví a ver. Por su mamá supe que se había casado y que tiene cinco hijos varones. Tu abuela vive con la hermana de Raúl. Ahorita las vas a conocer.

Mi mamá estaba muy cariñosa y me abrazó todo el camino.
Entonces yo, aprovechando su nuevecito amor por mí, que le digo:
-Ma, ¿me perdonas?
-¿De qué?
No, pues ahí ya no supe qué decirle. Imagínate, después de lo bien que se estaba portando conmigo y de su plan tan lindo, cómo iba a confesarle que sentí odio por ella. Capaz de que me baja del camión y nos regresamos enojadas para siempre.
-Tú perdóname de todo, mami, por favor.

Eso era lo único que necesitaba para cumplir con mi penitencia. Hasta me dieron ganas de decirle que me daba mucho miedo el infierno y que sólo pensaba en cómo ser buena para que Diosito me volviera a querer. Pero no podía hablarle de esas cosas. ¿Qué tal que se reía de mí? La abracé muy fuerte.
-Es que a veces me porto mal contigo, pienso cosas feas, te pido lo que no me puedes comprar. Di que sí.
-Bueno, sí, te perdono, aunque yo no me acuerdo que me hayas hecho algo malo.
Me dio un beso. ¡Guau! No sabes lo feliz que me sentí. Luego estuve pensando si esa forma de pedir perdón, sin decir el pecadote, se vale. Ojalá que sí.

Te cuento. Llegamos a la casa de la mamá de R. A mí se me ocurría cada cosa, como que la abuela era rica y me llevaba a vivir con ella; o qué tal que mi papá había ido de visita y nos encontrábamos. Al verme, ya no podría separarse de mí.

Una sirvienta abrió la puerta. Mi mamá le dijo que íbamos a ver a la señora fulana de tal.
-La señora murió hace un mes.

¡Chin! Todo se desmoronó. Entramos, pues ahí estaba la tía. Se pusieron a platicar y esa señora dijo que sí, que yo era igualita a R. Supimos que mi padre trabaja en el Instituto del Limón, ahí en México, pero según ella, casi nunca lo ve. Por supuesto, no quiso darnos la dirección de su casa, se ve que le daba miedo que nosotras le fuéramos a hacer un escándalo. Pero ya se le había salido en dónde trabaja y eso es más que suficiente para que yo lo encuentre. Vas a ver, tengo que hacer un plan.
Nos regresamos un poco tristes, pero mi mamá siguió portándose súper bien. Ahora lo que tengo que hacer es decirle a Kim que me ayude a encontrar a mi papá, ya como que me dieron ganas de quererlo mucho. Papá… papá… ¿Qué tal suena, eh?

-O-

Esperé toda la semana para escribirte. Es que no ha pasado nada bueno. Lo del ballet sigue pendiente. Las demás maestras se repartieron con las otras niñas y la maestra Bertha se quedó con nosotros. Ensayamos mucho y ahora sí parece que Tina logró hacerlo bien. Veremos qué pasa el martes, que es el gran día. Lo de mi papá también está en suspenso porque Kim no sabe cómo hacerle. Dice que estamos muy chicas para ir solas a México. Además, cree que no tiene caso buscarlo.

-¿Qué tal que te trata mal?

Yo quise convencerla de que ya pasaron muchos años y tal vez él también está pensando en mí. Le dije:

-Tú tienes papá y por eso no sabes lo que yo siento. Quiero que me abrace, que me diga hija. No hay nada más importante en mi vida que conocerlo, por favor ayúdame, Kim.
-Pero, Sili, eso no tiene ningún chiste. Mi papá me dice hija, pero hija de la chingada, y me pega un chorro.
-Porque es malo.
-¿Y a poco ese señor que nunca te quiso es bueno? Ay, amiga, estás soñando. Los papás no son como tú crees. Todo está en tu cochina imaginación.

Entonces me contó algo horrible que le hizo su papá, pero no te lo puedo escribir porque Kim me pidió que jamás se lo dijera a nadie y yo se lo juré.

Pero ahora viene lo bueno de la historia. Fui a la catedral y le conté al cura mis buenas obras, así dice él “buenas obras”. Me felicitó y me dio muchos consejos. Dice que ahora sí tengo que portarme bien, que debo ir a la iglesia todos los días porque el diablo siempre va a andar detrás de mí aconsejándome cosas malas.

-Tienes que rezar en las mañanas y en las noches, oír misa los domingos, confesarte cada mes. Nada de andarse fijando en los hombres, y mucho cuidado con la minifalda. Ah, no se te olvide enseñarme tu Diario.

Cuernos, qué, pensé luego luego. Pero lo demás sí lo voy a hacer. Después comulgué y fue padrísimo. Un día seré igualita a Sab, sólo es cosa de fijarse en lo que uno está pensando. Si se me ocurren cosas feas, es el demonio el que me está diciendo eso. Entonces me persigno, rezo algo y listo.

Lo que no entiendo es lo de las omisiones que dice el Yo Pecador. Ni modo que esté rezando todo el día. Se me olvida. Además están los cochinos sueños. Fíjate, la otra noche soñé que Kim y yo nos besábamos en la boca. Guácala. Yo no quiero hacer eso, nunca se me ha ocurrido. Sí me gustaría besar así, pero al Cascanueces o a Daniel. Ay, Diario, ya estoy pensando hasta lo que no. Soy de lo peor. Mejor adiós.

-O-

¿Por qué son así? ¿Por qué? Estoy triste y enojada. Llegué de la escuela y, al entrar a la cocina vi a mi abue comiendo. Mi tía Amalia también estaba ahí, sentada, esperando que le diera algo su hermana, pero no. La verdad es que ya no había comida, las ollas estaban vacías. Me quedé parada, sin saber qué hacer. Mi abuela sacó de una bolsa un queso y se lo empezó a comer. Mi tía no decía nada. De pronto, mi abue partió un pedazo de queso y se lo aventó, diciendo:
-Trágatelo.

Entonces Malacalafritza lo tomó y le dio una mordida, pero las lágrimas se le salían. Yo no podía creer que un día la llegara a tratar así. Siempre le dice cosas feas, la regaña o no le hace caso cuando le habla, pero aventarle la comida, nunca. Después de eso, mi abuela empezó a hablar sola aunque nosotras la estábamos oyendo. Dice:
-Ya estoy harta de darles de tragar a todos. Son unos arrimados que no tienen consideración de esta vieja. He de trabajar todos los días como un burro y creen que no me caso. Estoy enferma y así tengo que salir del trabajo en la noche. Lloviendo, con frío, a oscuras, ahí vengo y a nadie le importa. Pero un día me voy a largar, a ver qué hace toda esa bola de flojos.

Y así siguió hablando. Yo me puse a lavar trastes. Tenía miedo. En la casa nunca están contentos. Jamás he oído cantar a mi abuelita o decir bromas. Yo tengo la culpa y mis hermanos también, y mi mamá, por supuesto, porque siempre estamos con mi abuela esperando que nos dé de comer.

Quisiera ser grande para trabajar y traer mucha comida, a ver si así se encontentan y se quieren. Mi abuela es muy mala aunque también es buena porque trabaja para nosotros, pero yo sé que nos odia. Pienso en lo que sentiría mi tía que está tan viejita y que ya no va a poder trabajar, si apenas aguanta la escoba. Y sí barre, no creas que no. Se levanta primero que todos, se sale y ahí está barriendo la calle; lava trastes; se acomide en lo que puede. Cuando mi abuela está enferma y se queda acostada, mi tía le lleva su café. ¿Y tú crees que se lo toma? Pues no. Ahí lo deja. Mi tía le pregunta qué tiene, qué le duele, qué necesita para que ella se lo dé. Y mi abue siempre le dice:
-No necesito nada de nadie. Yo puedo hacer las cosas sola. No, si no estoy enferma, no me duele nada, me estoy haciendo tonta.

Mi tía Amalia sale llorando. Luego, como si nada, mi abue le dice a la gente que se enferma y que nadie es para llevarle un vaso con agua. Así es. Lo peor es que a mí me toca oír todo porque me duermo con ella, entonces pienso que dice las cosas por mí.

Quisiera vivir en otra parte, no ver a mi tiítza llorar, porque luego que se salió mi abuela de la cocina, lloró mucho. Yo le acaricié la cabecita para curarle su tristeza. Le digo:
-Es muy mala, ¿verdad?

Dice:
-No, hija, no es mala. Está enferma y cansada. Yo soy una inútil, una carga para ella. Le pido tanto a Dios que ya me quite de sufrir, de ser un estorbo para todos.

Temblaba y se le hacían bolas las palabras. No es justo. No quiero estar en esta casa. Aquí se odian todos. Si vieras en navidad las cosas horribles que pasan. Vienen los otros hijos de mi abuela y mis primos. Al principio, parecen estar muy contentos, pero yo no les creo. Los estoy espiando hasta que empiezan los pleitos. Cuando ves, ya alguien está llorando o alguien grita: “No vuelvo a poner un pie en esta casa”.

Nunca los he visto rezar, como en la casa de Sab. Ahí las navidades son como en los cuentos. Hay regalos, ponen la cena en una mesa muy linda, con velas y todo. Se oye música de navidad y rezan antes de comer. Luego se abrazan y ponen cara de qué felices somos. En cambio, yo quisiera que nos brincáramos esas fechas. Tú no te imaginas cómo me dan miedo los borrachos. En cuanto alguien se tropieza o alza la voz, empiezo a temblar y me escondo, como si yo tuviera la culpa.

Por eso voy a buscar a mi papá, aunque Kim no me ayude, pero necesito encontrarlo y decirle cómo es la vida aquí. Entonces él me va a llevar y voy a vivir en otro cuento. Ya verás.

-O-

Querido Diario, ayer fue martes. El martes más triste de mi vida. No voy a bailar con el Cascanueces. Pero eso no es todo, ni siquiera voy a bailar.

El lunes, después del ensayo, la maestra Licha me dijo que yo era la mejor y que ya les avisara a mis papás para que me mandaran a hacer el vestido. La maestra Bertha no me hablaba y vi a Tina muy triste. Dijeron que al otro día era la selección, que llegáramos a las cuatro en punto. Al salir del auditorio, José Luis me alcanzó y se fue caminando conmigo hasta la esquina. Dijo que éramos una buena pareja. Luego se me acercó y:
-Sili, el día del baile, en la última escena, te voy a dar un beso.

Me dio risa. Le dije:
-Eso no va en el baile.
-Y ¿qué? Imagínate, el auditorio lleno, las maestras allá abajo y tú y yo solos en el escenario. Nadie lo puede impedir.

Eso me dijo, de verdad. No se lo conté a nadie porque es de mala suerte. Estuve feliz. Si me besa, vamos a ser novios, ¿no?

El martes me la pasé cantando, por fin iba a realizar mi sueño de bailar ballet. Al diez para las cuatro me arreglé para irme. Y no puedes imaginar lo que pasó. Busqué las zapatillas en el cajón de mi ropa, donde siempre las guardo, y sólo encontré una. Revolví la ropa y nada. La busqué por toda la casa y nada. Fui con Pol y le pedí que me la diera, que de seguro él me la escondió. Dijo que no y siguió jugando a las canicas. Estaba diciendo la verdad porque su cara no cambió. Volví al cuarto de mi mamá, que es en donde está el ropero en el que todos guardamos la ropa, y busqué en los cajones de mis hermanos. ¡No estaba! ¡No la encontré!

Vi el reloj, ya eran las cuatro y media. Entonces me puse a llorar. Perdí la zapatilla y no sé ni cómo, ya no tenía caso ir al ensayo. Aunque me escogieran, ¿con qué iba a bailar? Ni modo de decirle a mi abuela que me comprara otras, eso era imposible. Seguí llorando. Como a las cinco me fui al auditorio. Entré por la puerta del fondo para que nadie pudiera verme. Y desde ahí vi cómo Tina y José Luis estaban bailando. La maestra Bertha le decía algo sobre la corona que llevaría en el pelo. Tina sonreía por primera vez en un ensayo.

Salí de la escuela. Y ahora te escribo esto con el corazón desbaratado, no puedo dejar de llorar, no entiendo por qué Dios es malo conmigo si yo ya me había vuelto tan buena y además hice todo lo que el padre me dijo. ¿O sería el diablo? Tú dime. A lo mejor ese espíritu que movió las piedras aquel día, me escondió mi zapato para que yo me sintiera tan triste que le echara la culpa a Dios y volviera a ofenderlo.

Pero yo quería bailar. Por fin supe que hay algo que puedo hacer mejor que todas las niñas. Mi mamá se hubiera sorprendido al verme como una niña artista, tan bonita desde que José Luis me dijo lo del beso. Ensayé tanto, pensaba en el baile todo el tiempo y, además, sólo por eso hice lo de los anillos. ¿Por qué se me perdió? ¿Qué pensará la maestra Licha? ¿Y José Luis? ¿Y Tina? No quiero verlos más.

Ahora no sé qué le voy a decir a mi abuela. Pero ¿sabes? No me importa. Que me peguen, que me regañen, que me castiguen con lo que sea. De todos modos nada me puede doler más que haberme quedado fuera del ballet.

-O-

Ya pasaron tres semanas y yo sin escribirte. Claro que tú no te das cuenta porque nunca pongo la fecha. Es que yo no sé a cómo estamos. En la casa no hay calendarios. A veces me fijo en la fecha que pone la maestra en el pizarrón y ya puedo saber la del día siguiente, pero es una lata, porque cuando creo que sí sé a cómo estamos, o me equivoco o de día o de número y a veces de mes. El año siempre lo pongo atrasado. Por eso mejor no escribo la fecha. Es muy difícil adivinarla. Tampoco me aprendo las capitales de los países, ni los nombres de los héroes, ni las fechas de la historia. Yo creo que en la cabeza me hace falta algo así como un riel en el que vayan acomodándose esas cosa, pues andan sueltas, revolviéndose en mi memoria. ¿Pero por qué te digo todo esto? En realidad, no es importante.

Muchos días no escribí, primero porque estuve triste, luego porque me enfermé de la garganta. Tuve mucha calentura. Hasta trajeron al doctor Nieto y me mandó inyecciones.

Tener calenturas es como estar flotando en un aire caliente, pero un aire pesado, como de vidrio.

Todo es muy raro. Los ruidos no suenan, los sueños se salen de la cabeza y andan danzando por el cuarto. Yo estaba despierta, pero soñaba que en la habitación no había nada, ni muebles, ni paredes, ni ventanas, ni piso. Nada. Me quedaba viendo la nada, mucho rato, no era bonito, pero había calma. De pronto caía un frijolito negro y la nada vibraba, como cuando avientas una piedra al agua. Eso era feo porque me hacía brincar. Luego caía otro frijolito, y luego otro, y al final muchos, como una lluvia de granizo. La nada ya no era nada; era como un colchón blanco que se llenaba de puntitos negros, y se oía un ruido espantoso porque, como te digo, era un ruido sin sonido, un ruido que cae en la nada y que duele en la cabeza.

Así me pasó varias veces esos días que estuve enferma. Siempre la nada y luego los puntos negros y pesados que caían un buen rato hasta que yo gritaba y entonces desaparecía todo y se volvía blanco, blanco, tranquilo, sin ruido, yo flotando en la nada. Y de nuevo aparecía el primer frijol.

Mi tía Amalia entraba al cuarto con un sidral, pero yo la veía lejísimos, chiquitita, y resultaba que estaba junto a mí. Me empezaba a platicar algo y yo no le entendía, pero fíjate lo chistoso, se me salían las lágrimas calientes, pero no sé por qué. La verdad es que yo lloraba por nada. Amalitza me ponía el termómetro:
-¡Ítale, Pedro! pero si estás ardiendo en calentura.

Al rato regresaba con una toalla mojada para ponérmela en la cabeza.

Mi tía Amalia siempre me cuida cuando me enfermo, a mí y a mis hermanos; no se cansa, me hace cariños, me cuenta historias de fantasmas, me asusta y me hace reír. Reza conmigo, me peina, me convida de sus chocolates Morelia, me lleva a la calle, se queda en la orilla de la cama mientras yo duermo, así, al despertar, luego luego me pregunta qué necesito, cómo me siento.

En cambio, cuando ella está enferma, nadie la cuida ni le hace caso. Ni yo. Apenas se queja, le decimos:
-Ay, tía, pues tómate tus medicinas.

Yo no recuerdo que alguien se haya estado con ella ni cinco minutos. Todos tenemos prisa, a nadie le importa lo que le pasa. Sólo Pol y yo jugamos con ella, pero cuando está bien.

Un día mi mamá le echó encima una olla de leche hirviendo, para que ya se callara, pues Malacalafritza le estaba reclamando no sé qué cosa. Esa vez, mi mamá hervía la leche, furiosa, frente a la estufa. No se aguantó el coraje y le hizo eso a mi tía. Toda la cara se le quemó, se le hicieron burbujas en la piel y tuvieron que ponerle muchas medicinas. Mi mamá claro que se arrepintió y ya no sabía cómo pedirle perdón, pues según dijo, ella no pensó que la leche estuviera tan caliente. Mi tía la perdonó, pero a mí nunca se me va a olvidar la cara quemada de una anciana que dejó a su esposo y a su pueblo para venir aquí, a cuidar sobrinos grandes y sobrinos chicos, todo para que nadie la quisiera.

-O-

Como ya me alivié, fui a la iglesia y por suerte me tocó comulgar. Me sentía recién lavada. Vi a Sab y puse cara de santa, imitándola, sólo que ella no la pone, ya se le hizo así. Platicamos un rato sobre las oraciones, la Biblia y lo que pasa en la misa. Nos despedimos y muy feliz me fui a “Oaxaca”, pues quedé de verme con Rosa. Tenía que decirle que me ayudara a encontrar a mi papá. Ya le conté todo y dijo que era muy fácil, que iba a investigar el teléfono del Instituto del Limón y que iríamos juntas. Sacamos las cazuelitas y nos pusimos a hacer comida con los plátanos machos que llevó. De pronto, se puso en su cola un plátano y me dijo que así eran los penes.
-Y cuando te lo hacen, se mueve así.

Me abrazó y le hizo como los perros. Yo tenía mucha risa.
-¿Cómo lo sabes, eh?-le pregunté.
-Porque ya lo hice.
-No es cierto.
-Oh, que sí. ¿Te acuerdas de mi novio Chucho? Pues con él.

Yo quise saber más y más cosas. Era fantástico.
-¿Y qué se siente?
-Riquísimo. Si quieres le digo a Chucho que te coja.
-¿Que me qué?
-Que te haga el amor, eres bien burra. ¿Qué tal? ¿Le decimos? Fíjate, ya hasta tenemos un escondite bien padre para hacerlo. Te puedo llevar.

Yo le iba a decir que sí. Tenía mucha curiosidad por saber lo que ella había sentido y sentirlo yo también. Pero en ese momento, como si alguien hubiera prendido la luz, que me acuerdo de Dios. El corazón me dio un brinco. ¿Cómo pude pensar eso? Me puse a rezar en mi cabeza. Dios, ya me había ensuciado otra vez.

-¿Y ahora por qué lloras?- me dijo Rosa, pero yo no sabía que estaba llorando hasta que me sequé las lágrimas.
-Estás bien pinche loca, Sili.

Nos quedamos calladas. Luego me dijo que yo era muy chiquita y no podía entender las cosas de la vida; que ya no volvería a contarme sus aventuras.
-Total, tú te lo pierdes, pero ya no chilles. A lo mejor Chucho ni hubiera querido. Pero bueno, niña, ya nada de sexo.

Yo quise decir que sí, que me siguiera contando porque a mí eso me interesaba mucho, pero no le dije nada, pues sabía que era pecado. Luego me encontentó con lo de mi papá.
-Vete preparando porque muy pronto vas a estar con él, óilo bien, yo te lo prometo.

Regresé a la casa y vi a mi hermano Santos –el mayor- que estaba oyendo una canción en el radio y la cantaba con tristeza. Me dice, ven, oye esto. Y cantó así:

Aquí estoy entre botellas
apagando con el vino mi dolor
celebrando a mi manera
la derrota de mi pobre corazón
y si acaso ya inconsciente
agobiado por los humos del alcohol
no se burlen si le grito
si entre lágrimas le llamo
Todo tiene su razón.

Esa canción la había oído muchas veces y me gustaba, pero no me gustaba que me gustara. ¿Entiendes? La cosa es que oírla me hace sentir vergüenza, yo creo por la música de cabaret que tiene, pero también se me hace rica, como dice mi amiga Rosa que es el sexo. Hay canciones que son así, gustan y no gustan, tal vez a mi hermano le pasaba algo igual, pues la cantaba con dolor y placer.

-¿Qué te parece?- me dijo.
-No me gustan las canciones de borrachos.
-No seas mensa. Es una poesía.
-¿Una poesía? ¿Cómo está eso?
-Déjalo así. No entenderías nunca. Mejor vamos a jugar futbol.

A mí me choca jugar futbol, pero nunca le puedo decir que no a mi hermano. Me manda a hacer miles de cosas: que vaya a la tienda a comprarle un refresco –sólo para él- o que le haga palomitas, que se come viendo la tele sin convidarle a nadie.

Me pide que vaya a correr con él en las mañanas. Va y me levanta cuando todavía está oscuro. Yo lo obedezco y corro, pero voy llorando porque no puedo ni respirar. No aguanto ni una vuelta a la manzana cuando ya siento que me vomito. Pero si no hago lo que él dice, se enoja.
-Me la vas a pagar. Luego no estés chillando, flaca.

No, pues da miedo. Lo he visto pelear a golpes con Elisa. Un día le apretó el cuello y casi la mata. Le dejó todos los dedos marcados. Lo bueno es que ella no se deja. Lo patea, lo muerde, lo rasguña y salen a mano. A mí si acaso me da un jalón de pelos o me hace llorar con sus burlas, yo sí me dejo.
Total que salimos a jugar. Yo de portera. El me lleva seis años, patea durísimo y cómo me duelen los balonazos. Pero lo raro que te quiero contar es esto: al ratito de estar jugando, dejó la pelota y vino hacia mí, furioso.
-¿Qué tienes tú, eh?

Como yo no dije nada, siguió hablando:
-¿Estás loca o qué? ¿Por qué te persignas todo el tiempo?
-¿Yo?
-Ya sácate de aquí.

¿No te parece rarísimo? Ahora resulta que me persigno a cada rato y no me doy cuenta. No puede ser. Pero sí puede ser porque me metí a la casa y me fijé muy bien lo que hacían mis manos. De pronto que me cacho en la persignada. ¿Desde cuándo haré eso? Porque nadie me lo había dicho. A lo mejor este es el primer día en la vida de una niña loca.

-O-

¿Estás listo para escuchar lo que por primerísima vez te voy a contar? Escucha, Diario.
Ayer en la tarde salí al patio. Me quería encontrar a Daniel, pero no había llegado. Entonces puse mi grabadora y estuve oyendo muchas canciones padres: Persuasión azul cristal. 96 lágrimas. Cuando llegue a Phoenix. Cariño. Yo comencé la broma. Imagina. Reflexiones de mi vida. Prendido a un sentimiento. Sunny. Eloísa y otras que me encantan porque dibujan mis sentimientos así como soy ahora. Cuando pasen muchos años, al escuchar esas canciones sentiré que soy otra vez yo, aunque haya cambiado tanto que ya ni me parezca. Así con las canciones, ¿no, Diario? Se quedan con un pedazo de nuestra vida y un día nos lo regresan par que podamos armarla completa, pero con la condición de que volvamos a escucharlas.

Oyendo el radio se hizo de noche. Entonces se prendió la luz de uno de los cuartos y, como las cortinas se transparentan, que veo al inquilino –que es un suizo- quitándose la ropa. Se desnudó todo, pero estaba de espaldas a la ventana, entonces sólo le vi las nalgas flacas. Sacó unos aceites y ese empezó a echar en el cuerpo. Luego se fue limpiando con algodones. Yo quería que volteara, pero no. Ahí estaba yo espiando, muy atenta, cuando ¿qué crees? Aparece Daniel junto a mí.
-Sili, ¿qué estás viendo?
-Nada.

Me dio pena. Entonces me llevó a su cuarto y me preguntó:
-¿Por qué espías a los señores?
-Yo no lo estaba espiando. Vi cuando prendió la luz y me acerqué a la ventana.
-Y si viste que se estaba desnudando, ¿por qué te quedaste ahí?

Bueno, pues ya que quería saberla, que le digo la verdad.
-Quiero ver un pene.
-Otra vez con lo mismo. ¿Pero por qué, Sili? ¿No te das cuenta de que eres muy chica para andar pensando en esas cosas? ¿No te das cuenta de que te puedes encontrar con alguien que te haga daño?
-¿Pero qué tiene de malo? Yo sólo quiero conocerlo, saber cómo es, no le voy a hacer nada.
-De verdad que eres inocente. ¿Me prometes que si lo ves ya nunca vas a espiar a nadie y dejarás de pensar en eso?
-Sí.

Entonces, Diario querido, pasó algo inesperado. Daniel se bajó el cierre de los pantalones y sacó el suyo. Pero qué bonito es. ¿Cómo te diré? Pues es como un animalito medio peludo. Me lo quedé viendo mucho rato, no quería que mi amigo lo guardara. Después pasó algo más asombroso. Daniel dijo:
-Ahora verás cómo crece.

Lo tocó un ratito, suavemente, y el animal que despierta y hace grande, grande. Eso sí que es un juguete mágico. Se hizo grueso y lisito, de color café. Mi amigo me explicó por dónde sale la chis, yo creo que él ya tenía ganas, pues el platanito se empezó a mojar. Luego dijo que ya con eso era suficiente. Le pregunté si podía yo tocarlo. Me contestó que por supuesto que no. Que ahora cumpliera mi promesa.

-Así son todos. No vuelvas a buscar ninguno. Prométemelo.
-Lo prometo- le dije y seguí contemplando tan bonito gusano. Hasta quería darle un beso, pero

Daniel lo guardó. Yo estaba contenta y mi cara se puso caliente, tal vez por la pena o por la emoción.

Le dije que estaba muy lindo y que gracias por habérmelo enseñado.
-Te voy a pedir un favor, y esto es cambio de haber cumplido tu capricho.
-Claro, lo que tú quieras.
-No le digas a nadie que te lo mostré. Pueden pensar cosas muy malas. Yo lo hice para evitar que corras peligro con otros hombres, recuerda, no lo hice para causarte ningún daño. ¿Lo entiendes bien, Sili?
-Sí, Daniel.
-Entonces olvida lo que pasó y no pienses más en el sexo de los hombres. ¿De acuerdo?

Le dije que sí y le di un beso en la mejilla. En eso que tocan la puerta.
-Sili, ¿estás ahí?

Era mi tía Amalia. Yo salté desde la cama y le abrí, nerviosísima.
-Te ando buscando por toda la casa. Buenas noches, ingeniero, qué bueno que está con usted porque esta niña es tremenda. Al menos aquí está segura.
-Sí, doña Amalia, no se preocupe. Le estaba contando un cuento.

Eso dijo Daniel y yo me fui con mi tía, que por primera vez no pensó cosas malas. Me dio tanta risa, pero no me reí. Merendamos rápido y ya me vine a escribir. Estoy como loca, feliz, siento que Sili ya no es Sili, sino otra niña que se subió al cielo y empezó a jugar con las estrellas. Que nadie puede regañarla, que nadie puede guardarle secretos. Quisiera correr toda la noche por ese cielo y reír sin que nadie me pregunte por qué.

Me voy a acostar, amigo, para que en la oscuridad siga viendo al más bonito de mis regalos: cómo salió de su cueva, cómo creció y cómo volvió a esconderse. Daniel me dijo que ya no pensara en eso. Pero como todo lo hago mal, ahora es cuando empiezo a pensar en el juguete de verdad.

-O-

Ya van a ser los exámenes finales. Kim me dijo que vendría a mi casa para que estudiáramos toda la noche. Me estuvo platicando muchas cosas, pero yo le dije: “si”, “no”, “ajá”, “quién sabe”. No me importaba nada de nada. Tenía prisa por estar sola en mi casa para poder pensar. Así que cuando llegué, ni siquiera comí. Me fui directamente a la azotea.

Me senté. Estuve mirando las montañas azules, el cielo y los árboles. El sol estaba tibio y lo mejor era un viento suave que me alborotaba el cabello. Sucedió algo que aún no comprendo, pero tengo que decirte cómo fue. Me dieron ganas de desnudarme. Ni siquiera lo pensé. Simplemente me fui quitando la ropa, toda. Luego me acosté en el cemento. El sol recorrió mi cuerpo, el aire me tocaba con sus manos suaves. Yo miraba el cielo. Tenía un azul fuerte y puro. Cerré los ojos y pensé en el regalo de Daniel. Sentía como si lo tuviera conmigo, pegado a mi cuerpo. El corazón me latía rápido. Toqué con las manos mis labios, como silos estuviera dibujando, y así fui recorriendo cada parte de mi cuerpo. De pronto el cielo se puso rojo, luego oscuro con relámpagos de sol y un millón de abejas zumbaron al mismo tiempo. Me dormí.

Cuando desperté hacía frío. Me vestí velozmente, como si alguien me estuviera viendo. Entonces, de golpe, me di cuenta de que había hecho algo malo, lo más penoso de mi vida.

-O-

“Carta a Dios.

Dios, soy Sili. Quiero pedirte perdón por todas las cosas horribles que he hecho desde el día que comulgué. Perdóname por escuchar las groserías de Rosa, por haber espiado al suizo, por verle su sexo a Daniel y por desnudarme en la azotea y tocar mi cuerpo. Sé que son cosas malas, pero no entiendo. Diosito, por qué son tan bonitas. Estoy triste porque ya no podré comulgar nunca, pues el padre no me va a perdonar tantos pecados, además de que ni siquiera me atrevo a contárselos. Ahora tú y yo vamos a estar separados. Ya no aspiro a ser buena como Sab, ahora voy a ser una niña triste porque mi alma no está limpia y tú no puedes perdonarme. Aunque si quisieras sí podrías perdonarme, sin que los curas se enteren, pero yo no lo voy a saber porque tú no hablas, ni escribes, ni te apareces.

Quiero decirte, Jesús, que pienso mucho en ti y que sí me arrepiento. Por favor, te lo ruego, perdóname. Ya no te prometo ser buena porque eso es imposible. Tú te das cuenta de que sin querer cometo pecados y que sufro por eso. Mira, te prometo rezar, ir a la iglesia y amarte mucho, mucho.
Diosito, no hubieras inventado a los sacerdotes; mejor hubieras hecho una fuente en donde nacieran solitas millones de hostias y todos los que nos arrepentimos y creemos en ti fuéramos a comulgar. Qué padre sería que sólo tú oyeras mis pecados y que me perdonaras sin ponerme penitencia ni castigos; que me perdonaras sólo porque me quieres y yo te quiero y somos amigos. Pero como no es así y tengo que confesarme con esos señores, pues me quedo lejos de ti, triste, muy triste”.

Esta carta la metía en un sobre, y allá en la catedral, en donde está un Cristo cargando la cruz, la dejé. Pero no sabía si meterla debajo de su vestido o ponerla afuera. Estaba pensando qué hacer, cuando oí una voz atrás de mí:
-Ahí no.

Era Sab. Me sentí descubierta.
-Es una carta a Diosito- le dije, como advirtiéndole que nadie podría abrirla.
-Qué bueno, pero este es un Dios de yeso. El Dios de verdad está en el Sagrario. Mira, ven.

Me llevó a una iglesia que está adentro de la iglesia. En juna cosa de vidrio que tiene rayos de oro, como un sol, está una hostia grande. Sab dice que está consagrada y que es Dios. Se llama Santísimo Sacramento. Ahí le dejé la carta y nos fuimos. Sab me preguntó:
-¿Te confesaste?
-No. Bueno, sí, en la carta, con Dios.

Ella sonrió, como diciendo: “qué tonta”. Lo que me dijo me cayó como una cubetada de agua.
-Eso no se vale.
-¿Por qué?
-Jesús hizo una iglesia y dejó a los sacerdotes para que estuvieran en su lugar, mientras él regresa.
-¿Dios va a regresar? ¿A dónde?
-Pues a la Tierra. Jesús prometió que vendría el día del Juicio Final para juzgar a vivos y muertos.

Fíjate lo que dice el Credo. Yo no sé cómo rezas. Pero bueno, ese día que venga con nosotros, ya no va a necesitar a los curas. Mientras tanto, sólo ellos pueden perdonar los pecados.
Me quedé viendo a Sab hasta lo más profundo de sus ojos y de pronto se me ocurrió una idea.
-Tienes razón. Entonces voy por mi carta.

Nos despedimos y como rayo entré a la iglesia. Por fortuna ahí estaba todavía el sobre. Me hinqué y le dije al Santísimo:
-Entonces voy a esperar hasta que tú vengas.
Rompí la carta y fui tirando los pedacitos por la calle.

-O-

Kim vino a mi casa a las ocho de la noche y nos encerramos en la cocina a estudiar.

Yo le hago un examen y ella me hace uno a mí, y así nos aprendemos todo. Tomamos café para espantar el sueño. Ya como a las doce que nos sentimos cansadas, nos vamos a la calle.

Anoche me dijo que fuéramos al panteón, a ver si se nos aparecía un espíritu para que yo los conociera. Era como la una de la mañana. No había nadie en la calle. Hacía mucho frío. Llegamos al panteón pero estaba cerrado. Entonces Kim dijo que visitáramos una torre abandonada que está en el campo. Acepté.

Cuando estoy con ella, nada me da miedo. Nos metimos quedito, pero la sorpresa fue que adentro se oyeron miles de alas. Kim gritó que eran murciélagos y nos salimos corriendo. Al llegar a una esquina vimos un coche estacionado y… ¿quién crees que estaba ahí con un señor? Pues mi querida mamá. Kim fue la que me dijo. Mi mamá no me vio pues estaba dándose de besos, ya sabes. Seguimos corriendo hasta la casa.

Yo tenía mucha vergüenza y se lo dije a mi amiga.
-Lo que ella hace está mal.
-¿Y tú quién eres para decir lo que está bien y lo que está mal?

Me quedé callada. En realidad yo no sabía por qué las cosas malas son malas.

-A ver- continuó- ¿besarse es malo? ¿En dónde dice?
-A mí me da vergüenza.
-A ti, pero a tu mamá no. Quiere decir que cada quien sabe lo que hace y lo que siente ¿no? Lo que para ti es malo, para ella es bueno. Y al revés.
-A ver –le repliqué- ¿tú te acostarías con alguien que no es tu esposo?
-No lo sé. Pero lo que yo haga a nadie debe importarle.
-A Dios sí le importa –dije, convencida de que no le iba a gustar que le hablara de Dios. Guardó silencio. Pensé que había ganado la discusión. Todavía agregué:
-Dios quiere que seamos buenos. Si lo que tú haces, me hace sufrir a mí, entonces lo que tú haces está mal.

Kim no dijo nada. Como estábamos en los sillones a oscuras, ella se acostó y me abrazó para que quedara mi cabeza en sus piernas. Mi amiga huele a humo. Sus manos están rasposas y frías. Sus piernas son fuertes y ya tiene busto.

Yo estaba muy intrigada por su silencio, entonces le pregunté:
-¿Por qué nunca quieres hablar de Dios? ¿No crees en él?

Ella empezó a enredar mi cabello en sus dedos, jugando. Dice:
-Claro que creo en Dios. Pero no en el Dios bueno y perfecto en el que tú crees.
-¿Entonces en cuál?
-Dios nos hizo a su imagen y semejanza ¿no?
-Pues sí. Eso dice la Biblia.
-Nosotros a veces somos buenos y a veces somos malos.

Claro, eso yo lo sabía mejor que nadie, pero qué tenía que ver con Dios.
-Está clarísimo, Sili, Dios, el verdadero Dios, el que nos hizo igual a él, es bueno y es malo. Mitad y mitad.

Yo me levanté de un salto. ¿Cómo podía Kim decir que Dios es malo? Estaba loca.
-Pero Kim, Dios no puede ser malo. El malo es el demonio.
-Por eso. Mira, el demonio es el lado malo de Dios, como el lado oscuro de la luna. El bien y el mal están juntos. Eso es Dios.
-Tú no conoces a Jesús.

Ahí terminó la discusión. No porque estuviéramos enojadas, sino porque nos fuimos a esconder al escuchar los ruidos del coche. Mi mamá entró. Se iba de lado. De seguro tomó mucho. Que se mete al baño y que empieza a vomitar. Luego se encerró en su recámara. Kim y yo prendimos la luz de la cocina y seguimos estudiando hasta las seis de la mañana.

-O-

Pasaron los exámenes. Por fin terminé la primaria. Lástima que el final no haya sido feliz. Kim y yo fuimos al festival de la escuela. Nos sentamos en unas butacas de atrás. El auditorio estaba súper lleno. Pasó por ahí la maestra Bertha y me dijo:
-Sili, qué bueno que viniste, vas a ver qué bonito quedó el ballet.

Maldita vieja, pensé. De seguro ella me robó la zapatilla, cómo no se me había ocurrido.

Se apagaron las luces. Las niñas bailaron padrísimo, parecían muñecas musicales. Tina y José Luis lo hicieron perfecto. A mí se me escurrían las lágrimas.
-No seas mensa. Deja de chillar.

Me dijo Kim dándome un codazo. Traté de aguantarme. Pero sólo pensaba en aquella sensación de volar que tenía en los ensayos; me sabía los pasos y las vueltas, la música entera estaba en mi memoria, mis manos ahora eran como cisnes fuera del lago. Al terminar la última escena, el Cascanueces le dio un beso en la boca a Tina. Yo me tapé los ojos.
-Que no llores, pareces tonta.

Kim me quitó las manos de la cara y se dio cuenta de que me estaba riendo.
-¿Y ahora qué? ¿Te volviste loca?

No le contesté. No tenía caso decirle que acababa de descubrir cómo son los hombres.

Al llegar a la casa me encontré con una mala noticia. Ahí estaba mi tía Micol. Le dice a mi mamá:
-Pues me llevo a la Sili, al fin que ya salió de vacaciones.

Diosito, haz que tiemble y se caiga la casa, pero desaparece a Micol, pensé rápido y miré a mi mamá con unos ojos que querían decir: “No me dejes ir con ella; te lo suplico”. Mi mamá entendió perfectamente el mensaje porque dijo:
-Ve por tu ropa. Te vas con tu tía Micol a México un mes.

¡Un mes! Eso sí que era una crueldad. Chillé de coraje mientras vaciaba el cajón. Toda la ropa la eché en una bolsa. Y al cerrar, el cajón no corría. Furiosa, le di un jalón bien fuerte y se zafó. Entonces vi, atorada en el travesaño, la zapatilla de ballet.

Ya qué puedo decirte.

-O-

Odio venir a la casa de Micol; y mírame aquí, en el cuarto de servicio tendiendo la ropa. Va a ser muy difícil que te escriba porque cuando vengo a esta casa, no estoy ni un minuto quieta. Hace que me levante a las seis de la mañana (¡en vacaciones!), me pone a hacer el jugo. Después de desayunar, tengo que lavar trastes, bañarme y bañar a sus hijas, una de tres años y otra de meses. Luego a hacer camas, sacudir y picar cosas en la cocina, mientras la lavadora trabaja. Lista la ropa, tengo que subir a tenderla. Pero no me puedo tardar porque ya está tocando el timbre de servicio. Bajo, pongo la mesa, preparo el agua de limón, le doy de comer a las niñas y luego comemos. Me sigo con los trastes: lavarlos, secarlos y guardarlos. Levantada la cocina, y aprovechando que estoy yo, hace aseo general. La ayudo a limpiar clósets, a lavar paredes, vidrios y muebles. Al terminar, subo por la ropa seca y, señoras y señores, me dedico a planchar hasta la noche. Preparamos la cena, cenamos, dormimos hijas, vuelvo a levantar la cocina y limpiamos frijoles para el día siguiente. Esto lo hago todos los días, más ir por los mandados y cuidar niñas cuando se sale a la calle.

Y de premio, como ella dice, juega conmigo damas chinas, ya como a las doce de la noche que terminamos el quehacer. Jugamos tres partidos mientras pone música de Ray Conniff. Lo peor de todo es que me manda a dormir al sillón de la sala. Ese sillón está helado porque tiene hule transparente para que no se ensucie, y lo horrible es que está junto a una pared en al que cuelga una cara de diablo con un foco rojo adentro. Todo oscuro y el diablo rojo siempre mirándome.

Odio venir a esta casa. Mi tía se la pasa dando de gritos, regañando a sus hijas o a mí. A ellas les pega todos los días, durísimo. Nada más empieza a gritar y yo tiemblo.

Micol dice que soy su sobrina consentida y cree que yo la quiero más que a mi mamá. Cuando era chiquita me llevaba a la calle y siempre se encontraba a alguna amiga que le decía ¿es tu hija? ¡cómo se parece a ti! Yo empezaba a chillar. Claro que Micol se enojaba conmigo, pues según ella era guapísima y debería agradecer que me dijeran eso. Yo tan fea. Imagínate. Pero no quiero ser como ella que quién sabe qué le hicieron que siempre tiene ganas de gritar y se desquita con las niñas; y quién sabe por qué el polvo de las cosas se le mete a su corazón y piensa que todo, absolutamente todo está sucio y ella es la encargada de la limpieza universal.

Nunca pierde el tiempo en hacer cosas simples como reír, tirarse a la cama sólo para pensar, dar la vuelta a la manzana después de comer o mirar por el ventanal de la sala cuando no para de llover.

Todo el día está limpiando, limpiando y limpiando, hasta lo que está limpio. Pone discos de música instrumental y de bandas gringas. Me choca esa música, me choca que Micol me mande todo el tiempo, me choca que me despierte, que me toque la puerta del baño porque según ella ya me tardé y me estoy haciendo guaje: me choca que me truene los dedos, que se burle de mí cuando se me caen las cosas. Me choca que me esté viendo, que revise todo lo que hago para ver si quedó bien. Y nunca quedó bien, claro, y hay que volver a hacerlo. Odio sus gritos, odio que me diga: “Cuéntame de tus novios”, “platícame de tus amigas”, sólo para que yo crea que es mi cuatacha, como ella dice.

Cuento los días que faltan para regresar a la casa. Quisiera… ya me voy, Diario, ya está tocando el timbre. Odio ese timbre.