Red Lectura

Mayo, 2009

El Diario de Sili (Parte II)

¿En qué nos quedamos?... Ah, sí, muchos secretos rodean a Sili…. La niña inquieta está por descubrirlos, pero antes, tendrá que crecer… doloroso y simpático proceso a la vez… acompáñala en su interesante e intenso recorrido:

El diario de Sili

Silvia Castillejos Peral
Premios Demac 1995-1996
(Segunda parte)

Estoy feliz. Bueno, no tanto. Tengo que platicarte muchas cosas. Primero algo horrible. Anoche estaba durmiendo y de repente desperté. La puerta se quedó cerrada y no se veía ni una rayita de luz. Pero exactamente en la puerta empezaron a aparecer dos sombras blancas. Ya sé que las sombras son negras, pero estas blancas también son sombras porque no se les ve la cara, son como de humo. Me asusté, quise gritar, pero quién sabe por qué no me salía la voz. Todo mi cuerpo se puso duro. Los fantasmas se movían despacito y se me iban acercando. Yo me duermo con mi abuelita, así que la abracé para que despertara y prendiera la luz, pero no se pudo. Los fantasmas ya casi llegaban a la cama, cuando de pronto mi tía Amalia, que se duerme en la otra cama, da un ronquidote. Yo brinqué y me cubrí toda con los sarapes. Creo que las sombras también se asustaron porque cuando las espié ya no estaban.

En la escuela, le dije a Kim que se me aparecieron dos fantasmas.
-¿Cómo eran?- me preguntó.
-Como sombras blancas.
-¿Tenían pies?
-No.
-¿Oíste alguna voz?
-No.
-Ah, bueno, entonces son almas vivas.

Me explicó que los verdaderos fantasmas se desprenden de los difuntos. Dice que son almas muertas que se quedaron con un pendiente y van a seguir penando hasta que alguien les haga caso y resuelvan su asunto.

-En cambio las otras, sólo abandonan un ratito el cuerpo de los que están durmiendo para hacer alguna visita. Y yo ya sé quiénes eran los de anoche.
-¿Quiénes?
-Pues tus papás. O sea que el alma de tu mamá y la de tu papá verdadero, te andan buscando para que les regreses algo que les quitaste.
-¿Yo?

Es eso estábamos, cuando entró al salón una maestra para ver quiénes iban a participar en los bailables de fin de año. Tú ya sabes cuánto me gusta bailar. (¿O no te lo había dicho?), así que luego luego me animé. Pero cuando la maestra Bertha dijo que a sexto le tocaba poner el Cascanueces, casi me pongo a dar de brincos. ¡Ballet! ¿Te imaginas? Yo quiero ser bailarina de esas que se paran de puntitas y vuelan como mariposas transparentes. Mi mamá tiene muchos discos de música clásica y a mí me encanta ver la portada de uno que se llama Coppelia y Sylvia, y otro que es El lago de los cisnes, porque salen unas bailarinas con vestidos esponjaditos, como si fueran flores al revés. Cuando pone esos discos, bailo imitando las figuras de las muchachas hasta que se acaba la música o hasta que entra mi hermano el burlón y yo hago como que estaba limpiando algo.

El caso es que fui la primera en anotarme. Muy pronto empezarán los ensayos.
Salimos de la escuela y como yo iba dando de brincos y haciendo payasadas, ya ni me acordé de las almas vivas y de lo que Kim me iba a decir de eso que según ella yo les robé.

-0-

Ayer en la tarde llegó un nuevo inquilino. Mi abuela hizo una casa muy grande, con muchos cuartos para poder rentarlos a muchachos o a señores. A mujeres no, porque dice que son muy encajosas y metiches. Entonces en nuestra casa siempre hay hombres, pero no son de la familia. Ellos viven en sus cuartos, solos, aunque con el tiempo se van haciendo amigos de nosotros.

Mi mamá trabaja en México y ya llega muy noche. Mi abue trabaja todas las tardes en el cine de Texcoco, vendiendo boletos y también regresa a la casa después de las nueve de la noche.

Entonces, mis hermanos y yo nos quedamos solos, bueno, con mi tía Amalia, que nos cuida cuando está despierta, porque ella, a eso de las cuatro de la tarde, dice que le entra la calentura y se duerme sentada en un sillón hasta las seis. Mis hermanos se salen a la calle y casi no los veo. Sólo Elisa se la pasa encerrada en una recámara, estudiando, pues va a ser secretaria. Como ves, no tengo con quien jugar. Las tardes se me hacen muy largas. Por eso, cuando mi tía se duerme, me salgo a la calle a buscar a mis amigas o me meto al cuarto de los señores a platicar, pero cuidado con Malacalafritza porque si me descubre con un inquilino, me saca del cuarto diciendo cosas muy feas.

Como ahora que llegó el nuevo. Se llama Daniel y está guapísimo. Que entro y le empiezo a preguntar cómo se llama, de dónde es y cuánto tiempo se va a quedar en la casa. Me dijo que yo era muy simpática, que él se sabía muchos cuentos y que me los iba a contar todas las tardes. Cuando siento, ya está mi tía gritándome. Que me salgo rápido.

-¿Qué cosa estás haciendo metida en ese cuarto?
-Nada
-Ya sabes que no me gusta que platiques con esos hombres. Sabrá Dios qué intenciones tengan. Tú no te imaginas las cosas horribles que te pueden hacer.
-Sólo estábamos platicando.
-Pues sí, así se empieza, y al rato te sube a la cama. ¿Qué no te das cuenta del peligro que corres, niña? Mira, mejor vete a comprar unos bolillos y no vuelvas a meterte a los cuartos porque se lo digo a tu mamá.

Me dio dinero y me salí a la calle pensando en Daniel. Tiene 25 años, es alto, flaco, su cabello es largo y sonríe todo el tiempo. Necesitaría tener diez años más para casarme con él.

Cuando iba pasando por la iglesia, que me encuentro a Sab. Sab es una niña de mi misma edad y vive al lado de mi casa. No somos amigas, aunque sí somos amigas. Es que su mamá no la deja que se junte con nadie, pero cuando nos vemos de casualidad, platicamos mucho. Ella es muy pero muy bonita, sólo que es una niña antigua. Se viste con vestidos largotes y huele a perfume de abuela.

Iba saliendo de la iglesia, pero cuando me vio, nos volvimos a meter al atrio y nos sentamos en la orilla de la fuente. Me contó que se había ido a confesar.

-¿Pues qué hiciste?- le pregunté.
-Cometer pecados.
-Pero si tú eres muy buena. Ni de tu casa sales.
-Ay, Sili, ¿qué no te sabes el Yo Pecador? Fíjate cómo dice: he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. O haces cosas malas o las dices o las piensas.
-¿Y si uno no hace nada de eso?
-De todas maneras pecas, por omisión.
-¿Y eso qué es?
-No hacer cosas buenas. Tú podrías rezar todo el día ¿no? Pero no lo haces. Ese ya es un pecado. 

¡Dios mío! ¡Yo sí que estaba perdida! ¿Pensamiento? ¡Las cosas que pensé de mi mamá! ¿Palabra? ¡Dije que la odiaba! ¿Obra? Haberle cantado La hija de nadie. Ya para qué buscarle a la omisión. No, tenía montones de pecados, cómo no había pensado en eso. Aparte los robos, las groserías, la desobediencia y los pensamientos acerca de Daniel.

Veía a Sab con su cara blanca y sus pestañas enormes, una Biblia chiquita en sus manos y una sonrisa de verdadero ángel. Si supiera la clase de bicho que tenía enfrente. Tuve tantas ganas de ser como ella, que la agarré de los hombros y muy seria le pregunté:
-Sab, ¿cómo se le hace para ser buena?
-Pues te confiesas y ya. Estás perdonada.
-¿De veras?
-Claro. Se te borran todos tus pecados, como si acabaras de nacer.

¡No podía creerlo! Eso sería maravilloso. ¿Te imaginas, piedrita? ¡Volver a estar limpia!
-¿Me va a perdonar Dios, sea lo que sea?

Mi amiga-no amiga se me quedó viendo, algo asustada.
-¿Por qué dices eso? Ni que hubieras matado a alguien.
-No, Sab, es que yo tengo muchas ganas de ser buena y se me hace como imposible.
-Pues confiésate ahorita. Ahí está el padre Camilo.
-Bueno, pero si no me perdona…

Sab movió la cabeza, como si fuera una persona mayor. Y en realidad, lo es porque nunca juega. Sus papás todo el tiempo están rezando. Su abuelita le platica a mi tía Amalia que rezan el rosario tres veces al día y en las tardes ponen a los niños a leer la Biblia en voz alta. Pobre Sab. Digo pobre porque no se divierte como yo, aunque, pensándolo bien, ella debe ser feliz con eso de que se lava el alma a cada rato.

Subí todos los escalones y entré a la iglesia. Iba pensando en lo fácil que es recibir el perdón de Dios y en lo tonta que fui todos estos días por no haber ido a la iglesia a confesarme. Hasta mi mamá podría hacerlo y ya no se sentiría mal, como dice Kim.

El padre estaba en el confesionario, dormido. Me persigné y le dije a Diosito que cuando saliera de la iglesia iba a ser como Sab. En la escuela hasta se sorprenderían; nada de palabrotas, ni de mentiras, ni de chistes léperos. A mi mamá la iba a querer como si fuera la mujer más buena del mundo; es más, hasta me fijaría bien todo el día para no cometer omisiones.

Dije el Yo Pecador y le toqué la ventanita al padre.
Empezamos.

-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida.
-¿Hace cuánto tiempo te confesaste?
-No me acuerdo, padre.
-Dime tus pecados.

Me quedé pensando. ¿Por dónde empezar?

-Dime tus pecados-repitió el sacerdote, como de mala gana.
-Odio a mi mamá y a mi papá.

El padre Camilo sacó la cabeza del confesionario, para verme bien.

-Tú no eres una niña- me dijo- tú eres el diablo.

Se levantó y se fue.

¿Lo puedes creer, amiga piedra? ¡No me perdonó! Me quedé viendo la iglesia oscura y solitaria. ¿En dónde estaba Dios? Mi garganta se fue inundando hasta que me escurrieron las lágrimas. Un demonio. Así me vio el cura. Y es que se me había olvidado que tengo puesto el disfraz de perversa que mi mamá me puso, creo que para siempre.

Dios es malo, pensé y me arrepentí. Luego me arrepentí de haberme arrepentido. Total, un pecado más.

¿Sabes? Te escribo ya sin esperanzas de parecerme a Sab. Siento que estoy extraviada en un túnel sin fin.

-O-

Anoche soñé un túnel sin fin. Parecía una cueva con varias salidas, no sé bien. Estaba llena de agua y yo tenía miedo de que me salieran arañas. Pero lo raro es que sacaba la cabeza por un agujero y zas, me la cortaba una guadaña. Entonces me echaba agua en el agujero del pescuezo y me salía otra cabeza. La sacaba otra vez y de nuevo me la cortaban. De pronto ya no me nació cabeza, sino que, del agujero, empezaron a salir muchas arañas. Me desperté aterrada. Estaba amaneciendo. Vi a mi tía Amalia que ya había empezado a rezar, sentada en su cama. Reza como dos horas, en voz baja, pero se entiende bien lo que dice. Le pide a Dios por toda la gente que existe y por la que no existe. Empieza por la familia, luego por las amistades, después por los países que están en guerra, por los presidentes, por el Papa, y al final por todos los muertos. Diario lo mismo. Es muy religiosa, fíjate, cuando vamos por la calle y mira en el suelo unas ramitas que forman una cruz, se detiene y desbarata la cruz para que nadie la vaya a pisar. Igual con las cruces negras que aparecen en los periódicos anunciando que alguien se murió. Las recorta y las guarda para que no las tiren a la basura. Persigna a todos cuando se van, hasta a los inquilinos les echa sus bendiciones cuando a salieron de la casa. Y no se le escapan los aviones. Cada vez que pasa alguno, sale al patio para bendecirlo.

Sin poder olvidar mi sueño, me pasé a su cama y le dije que había tenido una pesadilla. Me persignó.

-Algo malo has de haber hecho y Dios te mandó ese castigo. Acuérdate cómo dice la canción: los niños malos sueñan visiones, malas acciones hicieron ayer.

Me quedé con ella un rato más. Tenía ganas de decirle que hablara con Dios por mí para que me pusiera otro castigo que no tenga que ver nada con las arañas, pero me ganó el sueño. Cuando me desperté era tardísimo. Al entrar al baño, lo primero que vi en el lavabo fue una espantosísima araña.

Me salí corriendo.

Creo que las arañas no deberían existir. Que no se te olvide esto, piedra. No encuentro palabras que puedan expresar el miedo que me dan esos animales. Las arañas son negras y panzonas. A veces brillosas, como llenas de aceite; a veces están peludas. ¿Cómo pueden tener tantas patas y moverlas al mismo tiempo? Además las encogen y las estiran como si fueran de alambre y parecen listas para pegar el brinco. He visto algunas que tienen la panza llena de puntitos de colores, y otras como anillos pintados en las patas. Me dan escalofrío, pero me gusta contemplarlas mucho tiempo si están encerradas en un frasco de cristal. En un libro leí que en la selva hay arañas del tamaño de una persona. También he visto muchas tarántulas, aunque esas son como menos feas porque no se mueven tan rápido. Un día, mi hermano el mayor me regaló una tarántula viva y la llevamos a disecar. Quedó muy bonita pegada en un cartón. Era anaranjada, con anillos negros, muy peluda y grandota. Mi tía Amalia nunca creyó que era de verdad, dijo:

-Lo que hace la pobre gente para ganar dinero.

A mí me gustaría ver un museo de arañas para conocer todas las que existen, pero muertas.

Me acuerdo que cuando tenía cinco años y vivíamos en la casa antigua, mi tía Micol –hermana de mi mamá- me mandó a buscar una lima en la caja de las medicinas. Me trepé al ropero y ahí empecé a revisar la caja. Ese cuarto era el último de la casa y estaba oscuro. Me llamó la atención una cajita que brillaba. Que la abro y que salta la araña más negra y más grande del mundo. Yo también salté desde el techo del ropero. Desde entonces pienso que las arañas se esconden sólo para asustarme.

Y ya que pienso bien las cosas, mi alma debe estar en pecado mortal porque, fíjate:

  1. Si lo peor que me puede pasar es ver arañas
  2. Si las sueño y me las encuentro
  3. Es porque alguien me está castigando
  4. Pero nadie sabe lo mal que me he portado
  5. Sólo Dios
  6. Por lo tanto, mi tía Amalia tiene razón. Es Dios el que me castiga.

Pero hay una cosa. Yo le iba a pedir perdón y el cura no quiso confesarme. Entonces, señoras y señores, ¿quién tiene la culpa de todo? Pues el cura.

¿Ves, piedra? Por fin pensé algo bueno. Ahora lo que hay que hacer es buscar a otro sacerdote que no se dé cuenta del disfraz, pues mientras no me confiese, me van a seguir persiguiendo las arañas. Y ya sé lo que tengo que hacer. El domingo voy a la misa de la catedral, me confieso y comulgo.

Entonces, como dice Sab, volveré a nacer. Qué alegría, ¿no?

-O-

No te había escrito porque ¿qué crees? Ya empezaron los ensayos del ballet. Son de cuatro a seis, un día sí y otro no. Kim no se apuntó porque no le gusta que le vean las piernas, así que voy sin amiga al auditorio. Pero estoy feliz. La maestra Bertha nos pone los pasos y cada niña va pasando para ver si tiene ¿cómo dijo? Actitudes o aptitudes, el chiste es que a mí me salen perfectos. La maestra Licha dijo: qué facilidad tiene esta niña y qué gracia. No, pues me sentí como un cisne. Dicen que van a formar varios grupos para hacer los cuadros, no sé qué es eso, y luego van a escoger a la niña que baile mejor para que sea la pareja del Cascanueces. ¿Te imaginas que me escogieran a mí? Bueno, eso si sigo yendo, porque ahora deja que te cuente lo peor. Dijeron las maestras que la semana que entra ya tenemos que llevar las zapatillas de ballet, porque si no, nos sacan del grupo. Es lo peor porque verás lo que pasó.

Me esperé hasta las diez de la noche para que llegara mi mamá de México y decirle lo de las zapatillas. Al fin llegó. Como siempre, estaba cansada y de malas. Le digo:

-Mamá, necesito que me compres una cosa porque voy a salir en un bailable.
-Y ¿quién te dijo que te metieras en eso? Ya sabes que yo no tengo dinero.
-Yo no me metí- Qué mentirota, ni modo- me escogieron. Tenemos que bailar o no nos dan el certificado.

Mi mamá se quedó pensando. Yo dije: “ya cayó”. Mientras, mi abuela se hacía un café. Ellas no se hablan. Ya tienen como tres meses que no se dirigen la palabra.

-¿Y qué es lo que hay que comprar?- me preguntó mi mamá preciosa.
-Unas zapatillas de ballet, mami.

Nótese que le dije “mami” para que no se fijara tanto en lo que iba a gastar, sino en mí, que vean ustedes, ya la había perdonado por lo que me hizo el día de la borrachera. Qué buena hija, es un amor, se merece sus papos, pensé.

-Estás mal de la cabeza tú o qué. Eso cuesta mucho dinero, ni creas que te lo voy a comprar.
¡No puede ser! Algo falló.
-Pero mamá… -empecé a llorar.
-No, ni llores. Mañana mismo le dices a la maestra que te borre de la lista. Estás viendo que no puedo comprarme ni un par de medias. Que te calles, te dije. Vete a dormir.

Mi abuela me miró con mucha tristeza, pero no dijo nada. Yo me salí.

Eso fue ayer y no te pude escribir porque me la pasé chillando. Pero ya pensé un plan. Voy a seguir yendo a los ensayos y le voy a proponer a Rosa que nos robemos muchas cosas. Las podemos vender y así junto dinero para los zapatitos. Pase lo que pase, yo tengo que bailar ese día, nunca tendré otra oportunidad de volar con mis brazos siguiendo los dibujos de la música. No hay nada que se parezca a eso.

-O-

Fui con Rosa. Se estaba haciendo unos pañales para su regla. Lo bueno es que a mí todavía no me pasa. Que le cuento el problema y antes de que yo le dijera lo del robo, ella me lo propuso. Dice que su tía Anita de Montellano tiene un baúl lleno de joyas. A las dos de la tarde la casa está sola y nos podemos meter por la ventana.

-Tú no te preocupes. Con unos diez anillos que nos robemos, te compras tus chivas esas. Te vas a ver como una princesa.
-Quiero que mi mamá me vea bailar.

Rosa se cambió la toalla ahí, delante de mí. Estaba empapada. Pensé que le dolía, que me iba a hablar de eso, pero muy tranquila me dijo:

-Y dale con lo mismo. Tú nada más quieres que tu mamá te apapache y a ella no le importas ni un comino, lo estás viendo con esto del baile.
-Pero, Rosa, mi mamá está muy pobre, eso sí es cierto.
-No te quiere.

No te quiere, no te quiere, no te quiere. Esas palabras me siguieron golpeando toda la tarde, como si fueran un aguacero y cuando vi, ya tenía mojados hasta los huesos. ¿Tú crees que un día el solecito alcance a secar esos charcos que tenemos en el alma?

Bueno, termino de contarte el plan. Rosa y yo quedamos de vernos mañana en la farmacia del centro. Yo creo que no va a ir. Me parece increíble que exista en una casa un baúl así como en los cuentos.

De todos modos, le dije que sí, a ver con qué mentira me sale. Mañana te platico todo.

-0-

Esto sí que está de película. Rosa salió de la secundaria y nos encontramos a las dos en punto. Me dijo que hiciéramos rápido lo del robo porque tenía cita con un chavo.

-Si vieras qué besotes me da con su lengua. ¿Nunca te han besado así?

Me dio mucha risa, pero sobre todo, me dieron ganas de verla cuando su novio la besa. Se lo dije.
-Pues un día te lo voy a prestar, nada más para que te enseñe. Mira, te mete la lengua en la boca y con sus manos te aprieta las chichis y se te pega mucho para que sientas su cosa dura y caliente.

Llegamos a la casa. Yo quería que me contara todo lo que hacía con Chucho –que así se llama y tiene veinte años- que me dijera qué siente ella, de qué platican y en qué termina el juego de estarse tocando, pero Rosa ya no dijo nada, se metió por la ventana y me abrió la puerta. No había nadie. Es una casa fea y oscura, llena de polvo y las camas sin tender. No parece de ricos. Seguí a mi amiga hasta el cuarto en el que hay muebles arrumbados. Abrió un ropero y sacó el cofre. ¡Era cierto! Un cofre de madera, grande, apolillado y, además, abierto. Adentro había miles de anillos envueltos en papel de china: grandes, chiquitos, para hombre y para mujer, con piedritas y piedrotas de colores o blancas. Me quedé como tonta viendo tantos anillos que me deslumbraban.

-Son de oro. Y las piedras son rubíes, diamantes, esmeraldas, brillantes. ¿Qué te parece?
Yo ya me había puesto uno azul, padrísimo. Me dice Rosa:
-Ándale, agarra los que quieras. Tomé dos puños y me los guardé. Nos salimos por la puerta, muy contentas. La acompañé hasta un estanque que está cerca del estadio de fútbol y ya la estaba esperando Chucho. Se escondieron atrás de un muro, aunque no sé de quién se esconden, si por ahí no pasa nadie.

Yo me regresé feliz con mis anillos. La verdad es que Rosa es una buena amiga. Me ayuda porque quiere, nunca me ha dicho que no.

Llegué como a las cuatro a la casa y no había nadie. Bueno, sí, mi tía durmiendo. Entró mi hermano Pol. Tiene nueve años, y como siempre me obedece, le dije que me ayudara a vender los anillos. Le encantó la idea. Pusimos un mantel en la banqueta y acomodamos las joyas. Pasaban las personas y les decíamos:

-Anillos, anillos a cinco pesos.

Nos compraron tres. Un señor de lentes que iba en su bici se probó uno y le quedó bien. Se ve que le gustaba un chorro, pero nos dijo que no traía dinero, que luego pasaba por él.

En la noche no podía dormir. Pensé que ya había cometido un pecado más y bien grande. Mi abuela me dijo:

-¿Por qué no te duermes? ¿Qué tienes?

Sentí que estaba a punto de descubrirme. –Nada.
-Cómo no. A ti algo te pasa, yo conozco a mi gente.
-Es que estaba pensando. ¿Cómo cuánto cuestan las zapatillas de ballet?
-Ah, es eso. Pues mucho, como doscientos pesos.

¡Doscientos pesos! ¡Nunca los iba a juntar! Todo había sido en balde. Abracé a mi abuelita. Ella me acarició el pelo.

-Tienes muchas ganas de bailar ¿verdad?
-Sí, abue.
-Pobrecita mija.

Pobrecita. ¿Cómo me decía eso? Si supiera lo que hice. A esas horas de seguro ya se habían dado cuenta del robo. Me dio miedo, quise decirle la verdad, pero me iba a ir muy mal y de todas maneras todo se echaría a perder. Tenía que pensar bien las cosas, así que mejor me quedé callada y me dormí.

-0-

Ayer fue domingo. Tenía que cumplir mi promesa de irme a confesar. Llegué a la catedral a las doce. El obispo estaba dando la misa. Había cuatro padres confesando. Escogí al más joven y me formé. Ya faltaba una persona cuando me salí de la fila. No pude, piedra amiga, es que pensé que aparte del odio a mis papás, tenía que decirle al sacerdote lo de los anillos. Me dio mucha vergüenza, además, después de que me comulgara ¿cómo iba a seguir vendiendo lo que me robé? Y si no lo hacía ¿cómo solucionar el problema de los zapatos? Sentí horrible cuando todos comulgaron muy felices.

Regresé a la casa y, después de comer, me fui al patio con mi grabadora. Puse la canción de Mi dulce señor y la repetí cinco veces, mientras me comía un riquísimo chocolate Carlos V. De pronto, Daniel me llamó desde la ventana de su cuarto. Fui y Pol estaba con él.

-Vente, Sili, estamos contando cuentos.

Al verlo pensé en lo bueno que sería platicarle lo que me pasa. Yo necesito un amigo grande como él, que me diga cómo hacer las cosas sin portarse mal, a lo mejor a él sí se le ocurren soluciones fáciles. Me siento tan sola, tan tonta, tan inútil. ¿Cómo es que él no se da cuenta de que lo necesito?
Pol y yo nos quedamos ahí hasta la noche, nos divertimos mucho oyendo las historias que Daniel nos contó, y como mi tía Amalia vio que estábamos los dos, no nos dijo nada. ¿Sabes? Daniel tiene los labios gruesos, una manzanota en el cuello, las manos grandes y muchos pelitos en el pecho. El cabello se le enrosca y es café claro, como sus ojos, pero lo más padre es su sonrisa y su voz suave, como alargada, como tibiecita, perfecta para contar cuentos, secretos y cosas de amor.

-O-

La primera en llevar las zapatillas fue Tina. Es una niña güera, rica, aplicada y va en mi salón desde primer año. Me choca porque todo lo hace bien y es la consentida de las maestras. Pero lo peor es que tiene papá y todos los días la lleva a la escuela. No es una niña sangrona, pero a mí no me gusta porque es perfecta. Siempre saca diez y sus trabajos manuales son los mejores porque se los hace su papá. Tiene los dedos largos, como todos los que son ricos, y un anillo de perlita bien bonito. También usa esclava y aretes. De vez en cuando voy a su casa a hacer la tarea, pues tiene enciclopedias y cajas de colores prismacolor de cuarenta y ocho lápices, padrísimos, aparte del montón de juguetes que guarda en sus cajas durante años. Tina se pone vestidos almidonados y moños que combinan con las telas, tiene el cabello largo y usa zapatos de charol. La maestra Bertha la pone a pasar lista y se la lleva a todas partes. Su papá es un militar retirado, así que se la pasa con ella todo el tiempo. Yo no sé qué se siente tener papá, pero me imagino que es como estar adentro de una campana de cristal y nada malo te puede pasar. Las niñas dicen: Mi papá me dio dinero. Mi papá me llevó al cine. Mi papá me dio un beso. ¿Cómo serán los besos de los papás? ¿Se sentirá pena? Yo, si tuviera papá, nunca haría cosas malas, sería tan fácil ser buena. Claro que también regañan y pegan, pero eso ha de ser bonito porque te educa ¿no? Le importas, quiere que seas una buena persona.

Mi papá me compraría una piñata, me haría los mapas que me dejan en la escuela y que me salen horribles, me cuidaría cuando estuviera enferma y, lo más importante, me llevaría a conocer el mar. Pero como no tengo (y si lo tengo quién sabe dónde está), pues me quedo viendo a Tina que ya puede pararse de puntitas. Cuando terminamos el ensayo, le pedí que me prestara sus zapatos y sí quiso. Hubieras visto cómo di de vueltas. Parecía que estaba parada encima de dos palomas blancas. Qué bonito es ser bailarina. Yo creo que Dios me estaba viendo y se le puso blandito el corazón porque cuando llegué a la casa, me esperaba una sorpresa.

Bueno, déjame contarte poco a poco. En realidad, cuando llegué no me esperaba nadie. Eso fue más noche. Yo venía muy triste. Pol y yo sacamos el puesto de anillos. Hice cuentas y ni vendiéndolos todos acompletaba el dinero. Ahora les pusimos un precio de diez pesos, pero no se vendió ninguno. El señor de los lentes del otro día volvió a pasar en su bici, y sólo nos gritó: al ratito paso por mi anillo. Guardamos las cosas y nos fuimos al patio. En eso llegó Daniel y nos invitó a su cuarto. Traía dulces y se puso a contarnos el cuento de Irás y no volverás. Los tres nos acostamos en la cama. Como el cuento estaba muy emocionante, Pol y yo brincábamos y nos tirábamos en las piernas de Daniel, hasta que en una de esas, que le pego sin querer en su cosita. El se sobó porque le dolía mucho. Yo miré ese lugar que se veía como un bultito apretado abajo del pantalón. Tuve tanta curiosidad de saber cómo es. Yo nunca he visto a un hombre desnudo.

Cuando me acosté seguí pensando en lo mismo. Kim me dijo un día que la cosa de los hombres se llama pene y que es como una manguera, pero que no tiene ningún chiste y que ya no le preguntara eso. En cambio, Rosa le llama de otro modo –es una grosería- y dice que es como un animal y sirve para hacerle a las mujeres cosas bonitas y también hijos. Yo quisiera ver uno aunque sea una vez.

Pero lo más importante que te iba a contar desde el principio, fue que en la noche mi abue me despertó y me dijo:
-Mañana no vas a la escuela.
-¿Por qué?- le dije entre sueños.
-Porque te voy a llevar a México a comprar tus zapatillas.
Que me levanto de un brinco y que la abrazo. Se puso a llorar.
-Cómo de que mi nieta consentida no va a bailar, me canso ganso.

Me levanté primero que todos para escribir esto. ¿No es maravilloso?

-O-

Por fin las tengo. Son tan bonitas. Costaron 195 pesos. Mi abuelita me contó que le pagan 30 pesos al día en su trabajo, así que imagínate cuánto esfuerzo es para ella hacer ese gasto. Quise saber lo que gana mi mamá y me contó que sólo le pagan diez pesos y que por eso no podía comprarme nada.

-Tu mamá está muy amolada, debes pensar en ella. Considérala.

Así me dijo mi abue. Yo hubiera querido que de una vez me platicara por qué ellas no se hablan, pero me dio miedo que se enojara. Igual que a mi mamá, a mi abuela es muy raro verla contenta.

Te voy a confesar algo, piedra, mi abuela llora en las noches. No todas las noches, pero sí muy seguido. Yo estoy dormida cuando siento que el colchón se mueve como si tuviera hipo. Es ella, que se aguanta para que no la oigan, pero está llore y llore. Yo me hago la dormida porque siento como si yo tuviera la culpa. No sé qué hacer ni qué decirle. No sé por qué llora. Mi tía Amalia no la oye porque ya está muy sorda. Entonces sólo yo sé que algo le pasa y que no le quiere decir a nadie. Es muy rara. Fíjate, cuando alguien la quiere ayudar, dice que no, que ella puede sola, que no necesita de nadie. Y cuando no la ayudamos, empieza a decirnos que somos unos flojos y que estamos en su casa de arrimados. Yo sí le tengo miedo y a veces quisiera ser invisible y que mis pasos no se oyeran ni mi respiración, para no hacerla enojar.

Me acuerdo que una noche estaba llorando muy fuerte. Mi mamá y mi tía Micol vinieron al cuarto. Entonces mi abuela se bajó de la cama rápido y se acostó en el suelo. Así estaba cuando prendieron la luz. Y no lo vas a creer, pero ella, cuando le preguntaron, dijo que estaba llorando porque yo la tiré de la cama. Me regañaron tanto y yo no dije nada. Ella me echó la culpa con tal de que no la descubrieran. Por eso siempre me pregunto qué tendrá, por qué llora a escondidas y qué puedo hacer yo para no oírla, porque es muy feo despertar por ese llanto nunca explicado.

Siempre he vivido con ella. Una sirvienta me dijo un día que mi mamá me regaló con mi abuela porque no me quería. Otra señora me aseguró que yo era hija de mi tía Micol y que por eso nos parecíamos. Cómo me hacían llorar. Pero ahora ya sé la verdad: me regaló porque no era hija de su esposo. Ya me imagino la vergüenza que le daba que él me viera todos los días y se acordara de lo que hizo mamá. Siempre ha dicho que yo estaba muy enferma y que sólo en México me podían curar y que por eso me dejó con mi abuela hasta que terminara el tratamiento. Dice que después ya estuve bien, pero que mi abuelita no quiso separarse de mí y pues pobre, ¿no?

-Te dejé con ella para que no sufriera.

Historias, cuentos. Yo no tuve mamá ni papá muchos años, hasta que un día se divorciaron y mi mamá llegó a vivir aquí con todo y mis tres hermanos. No me acuerdo, pero me imagino que entonces empecé a ser muy feliz, aunque también estaba contenta con mi abue, pues me quiere mucho y la prueba está en el regalo que me acaba de hacer.

De regreso a Texcoco le platiqué que Daniel era  mi amigo y que me regalaba dulces y también historias. Me regañó.

-Eres muy inocente y un día te va a pasar algo.

Algo, algo. ¿Por qué la gente grande no explica bien las cosas? Yo he sido amiga como de veinte inquilinos y me regalan chocolates, dinero o cosas que no les sirven, como cajitas, botellas, cuadernos o peines, y nunca se han enojado conmigo. ¿Qué me pueden hacer?

Bueno, me voy a dormir. Ya guardé mis zapatos con alas. Estoy contentísima. ¿Y ahora qué hago con los anillos?

-O-

Kim me contó que en la noche, ella, sus hermanos y su mamá, estuvieron peleando con un perro que se quería meter a su casa. Entre todos empujaban el zaguán y no podían con su fuerza. Por fin lograron cerrar. Y cuando estaban cenando, voltean y ahí en el comedor está el perro negro con sus ojos rojos, viéndolos. Nadie se movió. Entonces el animal se fue y vieron que se metió al baño. Al ir a buscarlo, ya no estaba. El papá de Kim les explicó, ya más noche, que esa casa estaba llena de espantos debido a una maldición, pues resulta que él un día le robó las patas a una bruja y las fue a enterrar. La bruja lo maldijo diciéndolo que toda su descendencia estaría perseguida por el diablo.

Eso les contó anoche. Pero la mamá de Kim no le creyó nada. Dice que sabe la verdad, y que la verdad es que debajo de esa casa hay una pirámide y adentro de esa pirámide un gran tesoro.

Terminaron peleándose porque nadie quiere hacer un túnel para buscar el dinero. ¿Qué te parece? ¿No están bien locos?

Kim sí cree lo que dice su papá y está segura de que debe haber una forma para acabar con el maleficio. Mi amiga no quiere seguir viendo espantos en su cuarto porque no la dejan dormir. Tiene que dejar la luz prendida toda la noche.

Yo quisiera que fuera mi hermana. Platicamos a todas horas y siempre nos quedamos con ganas de platicar más. Es raro ¿verdad? porque yo con Elisa casi no hablo. Nunca sé qué está pensando, qué sueña, a quién quiere, qué muchacho le gusta, cómo son sus amigas, a qué le tiene miedo, por qué está enojada y por qué tampoco quiere saber nada de mí. Y ahora que me acuerdo, no te he dicho que ya le pregunté por qué odia a mi mamá.

-Porque se sale en las noches.

Eso me dijo. Dice, no, dice, tú no te das cuenta, pero los domingos que mi abuela se va a México y allá se queda, mi mamá se escapa. Si no me crees, espíala y verás.

Yo le pregunté más cosas, pero no quiso decirme nada. Entonces me quedé pensando: ¿A dónde va mi mamá en las noches? ¿Con quién? ¿A qué? Sentí como espuma adentro de la cabeza, algo raro, como si tuviera comezón pero sin saber en dónde. Luego Kim me explicó que eso que siento se llama celos.

-Pues yo voy a salirme detrás de ella cuando se escape.
-¿Para qué?
-Pues para saber.

Mi amiga movió la cabeza, decepcionada. Y me dijo:
-Yo no entiendo por qué eres así. A mí nunca se me ocurriría espiar a alguien. Nadie se debe meter en la vida de nadie. ¿Qué no te das cuenta?
-Pero es mi mamá, Kim. A ti porque no te importa.
-Pues si lo haces, te va a ir peor. No sirve de nada. Vas a descubrir cosas que duelen y aunque te pares de cabeza, tu mamá no va a cambiar. Déjala.

Me cayó mal. Creo que no me comprende. Tal vez ella no quiere a su mamá y le valga lo que haga. Yo en cambio la quiero tanto que a veces siento como si estuviera pegada a ella. Si está contenta, yo estoy feliz; si está triste, todo me parece horrible; si está enojada, me lleno de miedo; si está preocupada, siento que yo soy la que debe ayudarla. Y cuando se emborracha o hace cosas feas, a mí me da vergüenza.

Lo peor que me puede hacer es dejar de hablarme. Es como si cortara un cable que me conecta con su corazón para darme vida. Yo no puedo soportarlo y siempre le ruego, le pido perdón, le lloro, me hinco, hago lo que sea para que me quiera. Elisa me dice:

-¿No te habla? Pues mándala al diablo. Eres bien rogona, hasta caes gorda.

Y sí, la verdad yo siempre busco a los que se enojan conmigo. Pero más a mi mamá. Puedo aguantar que mis hermanos se rían de mí, pero cuando es ella la que dice algo burlonamente, me quisiera morir. Un día llegué muy feliz a enseñarle mis calificaciones, que, cosa rara, estaban de lo mejor. Yo pensé que me iba a felicitar o algo así, pero no. Vio la boleta y dijo:

-Y ya te crees mucho, ¿no? Ay, sí, la sabia de la casa.

Eso me dolió un chorro. Ya desde entonces no le enseño nada ni le platico de mí. Ella misma se cerró la puerta de mi corazón, y mira que en el corazón están todos los secretos y todos los tesoros de uno. Pero de cualquier modo, lo que mi mamá diga o haga me importa. Puede hacerme llorar o brincar de alegría con sólo un gesto. Yo digo que eso es quererla mucho, aunque haya dicho que la odio.

-O-

¡Felicítame! Ayer hicieron la selección de las diez niñas que bailan mejor y quedé en el grupo. También Tina. Estamos ensayando mucho. Por cierto que mi mamá no sabe nada. Ni siquiera le dije lo de las zapatillas, pues de todas maneras no va a querer comprarme el vestido. Mi abuelita me va a ayudar, y hasta que sea el mero día le decimos para que se lleve la sorpresa. Ah, otra cosa, ya escogieron al chavo que va a ser el Cascanueces y ¿adivina? pues es el más guapo de la secundaria y tiene 15 años. Se llama José Luis. Escogieron a uno grandote como él para que pueda cargar a su pareja y darle vueltas. Va a estar padrísimo.

Hoy me siento muy cansada porque mi abuelita nos mandó al río a recoger piedras redondas, pues las va a pintar de colores para ponerlas en el jardín. Mi abuela hace muchas cosas: pinta las paredes, las ventanas, corta el pasto, siembra plantas y también hace dulces. Ahora se le ocurrió lo de las piedras y Pol y yo fuimos al río y llenamos dos costales. Es un río seco, pero me da un poco de miedo porque mi tía Amalia dice que de repente puede aparecer el agua con mucha fuerza y que nos puede llevar.

Dejamos las piedras en el patio, y mientras Pol se fue a ver la televisión, yo fui con Daniel a su cuarto. Me preguntó por qué el otro día estaba yo tan triste y le dije que lo que pasa es que yo quiero saber muchas cosas y que nadie me las explica.

-¿Cómo qué cosas? A ver, dime.
-Es que me da pena.

Yo sí quería decirle todo, pero a la mera hora sentí que a lo mejor se iba a reír. Dice:
-Mira, conmigo no tengas pena de nada. Quiero que seamos muy buenos amigos. Pregúntame lo que sea.

Me quedé pensando. Su mirada me quitó la pena y de un jalón le dije:
-Ah, pues quiero saber si Dios es bueno o malo. Quiero saber a dónde va mi mamá cuando se escapa. Por qué existen los espantos. En dónde está mi verdadero papá. Por qué llora mi abuela en las noches. Y también cómo es un pene.

Daniel se me quedó viendo, callado. Luego me dijo:
-¿Cuántos años tienes, Sili?

Le dije que casi trece.
-Otro día platicamos.
-¿Y las preguntas? ¿No que me ibas a explicar lo que yo quisiera?
-Sí, pero necesito pensar. Algunas son muy difíciles. Ve con tu hermano a ver la tele. Y no pienses tanto.

Me fui desilusionada. Fíjate, no me contestó ni una ¿no que grandes amigos? Qué pena, haberle dicho mis secretos, a lo mejor ahora también va a pensar que soy mala, pues puso cada de “no puede ser, qué decepción”.

Yo creo que lo mejor es ir a confesarme. Mañana, te lo prometo. Luego iré a ver a Sab para decirle que ya somos iguales. Deséame suerte.

-O-

-Estás en pecado mortal.

Me tocó un cura que no es regañón, pero con toda calma me dijo que me iba a ir al infierno.

Le confesé todos mis pecados, pero todos. Y luego él habló un rato largo, diciendo que yo estaba en pecado mortal, y que si en ese momento Dios me llamaba, de seguro que me iba a condenar, sobre todo por la cosa de mis padres. Antes que nada, dijo que si no me daba pena traer esa faldita y andar enseñando las piernas. Esas palabras me hicieron recordar cuando iba a la doctrina.

Pol y yo aprendíamos el catecismo con una señorita anciana que siempre me decía: niña, cierra las piernas, niña, no te toques ahí. Y al oírla, me acordaba de algo que me pasó cuando tenía cinco años. Estaba jugando con mis primos arriba de las camas. Yo traía vestido. En eso que entra mi tío Juan, que ya era muy viejo, y que me dice:

-¿No te da pena enseñar los calzones? Cierra las piernas, no seas tan deshonesta.

De aquel antiguo recuerdo me regresé al de la doctrina. No se me olvida que dese entonces pensé que Dios no quiere a las mujeres porque enseñar los calzones es pecado, y en cambio los hombres hasta pueden ser santos. ¿Quién les dijo a ellos que usaran pantalones?

Luego regresé de ese otro recuerdo, al momento que te estoy contando, y como todos esos pensamientos se me juntaron, le pregunté al padre si era malo ser mujer.

-Acuérdate de Eva. Es la mujer la que hace pecar a los hombres.

O sea que, aparte del asunto de las piernas, uno es culpable de los pecados de los hombres. Qué enredado ¿no? Bueno, pues el sacerdote no paraba de hablar. Dijo que no bastaba con arrepentirme de lo que hice. Que para que Dios me perdonara, tenía que componer las cosas. Dice:

-Primero le pides perdón a tu mamá. En segundo lugar, vas a regresar los anillos a su dueña. Tercero, debes rezar el rosario toda la semana. Esa es la penitencia, y hasta que no cumplas con todo, NO PUEDES COMULGAR.

Yo estaba asustada.
-Pero, padre, si regreso los anillos, nos van a descubrir.
-¿Y qué esperabas? ¿Que tus malas acciones no tuvieran consecuencias? Has ofendido a Dios. Y peor con ese sentimiento de odio hacia tus padres que te dieron la vida.
-Pero ya no los odio- dije, llorando.
-Lo hiciste, y eso es lo que cuenta. Jesús sufre por tus pecados.

Cuando me dijo eso, sentí que el suelo se me hundía. Miré a Cristo en la cruz. Cómo era posible que yo aumentara su dolor. Nunca imaginé que los pecados de uno le hacían daño a él. Dios, me quería morir. Es cierto que robé, pero yo sólo quería comprar las zapatillas, no quise perjudicar a Jesús.

Pensaba miles de cosas, menos en lo que dije:
-Ya nunca voy a usar vestido. Sólo pantalones.
-Muy bien. Debes ser una muchacha honesta.

Honesta-deshonesta-cierra las piernas-no te da pena-estás en pecado mortal-ofendiste a Dios-no puedes comulgar.

Todas estas palabras están suene y suene en mi cabeza, mientras mi hermana oye el disco de Una pálida sombra y mi mamá se pinta. Hoy es domingo. Mi abuela se quedó en México.