Diario de Sili

El diario de Sili

Este libro, de Silvia Castillejos Peral, narra la historia de una “niña precoz, muy precoz, aunque a ella no le gusta este calificativo”… Es un libro Demac publicado a partir de los textos que se enviaron en el concurso Premios Demac 1995-1996…Esta es la primera entrega…

Actualmente está agotado –un muy buen libro- y por ello, te recomendamos que lo leas aquí, en la Red…
 

El diario de Sili
Silvia Castillejos Peral
Premios Demac 1995-1996
19 de mayo de 1970

A veces he recogido piedras extrañas para contarles lo que hago y las cosas que se me ocurren, lo malo es que después se me olvida lo que les dije, y además se me pierden siempre.

Pero ahora que me ha pasado lo más importante de mi vida, pensé que tengo que escribirlo para que el recuerdo sea como una piedra de papel que, en lugar de rodar, cuente historias. Así que, desde hoy, tú eres mi piedra y te voy a decir algo triste: apenas tengo doce años y ya mi corazón se rompió como si fuera un mazapán.

Se trata de un secreto. Verás. Todo empezó cuando quería parecerle chistosa a mi mamá y levantaba la ceja izquierda, como una máscara de diablo. Ella, en lugar de reírse, decía:

-No hagas así. Me molesta muchísimo.
-¿Por qué?
-Porque me recuerdas a alguien.

Y se iba enojada, sin darme explicaciones. Desde ahí me empecé a imaginar que tenía un secreto: ¿Quién era ese alguien?

Aunque yo me moría de ganas por saberlo, no volví a levantar la ceja. Mi mamá siempre está enojada y da miedo hacerle preguntas.

Eso pasó hace mucho tiempo, pero te lo platico porque tiene que ver con lo que me ocurrió hoy. A mí me gusta subirme a la cama y poner el radio para imitar a las cantantes. Invento un micrófono, bailo, grito y el público me aplaude, aunque estoy sola. Bueno, pues así fue como me aprendí una canción ranchera que se llama La hija de nadie. Y anoche, cuando llegó mi mamá de trabajar, que le digo:
-Siéntate un ratito aquí, te voy a cantar una canción.

La verdad es que yo quería que me aplaudiera o que le diera risa, pero nunca me imaginé lo que iba a pasar. La letra de la canción va así:

Yo también soy la hija de nadie
sólo cuento con un apellido
tengo que agradecer a mi madre
a mi padre ni lo he conocido
creo que debe ser un cobarde
de los muchos que al mundo han venido.
Son culpables los padres más crueles
que jamás merecieron ser hombres
van por ahí engañando mujeres
y negando a sus hijos el nombre
yo no entiendo por qué no se mueren
antes que hagan maldad y traicionen.

Le iba yo a seguir, pero me callé de pronto, al ver que mi mamá estaba llorando. Me dice:
-¿Quién te dijo?
-¿Quién me dijo qué?
-Pues eso de que no tienes papá.

Yo no entendí. Aunque mis papás están divorciados y muy pocas veces vi al señor, siempre pensé que sí tenía papá. Le dije eso.

-Bueno, sí lo tienes, pero es otro, uno que tú no conoces.

Ahí fue cuando sentí clarito que algo por dentro se me estaba desmoronando.

Mi mamá me contó que estando casada se fue con otro señor y que se embaraza. En ese tiempo, ella vivía en Michoacán. Cuando yo tenía tres años me trajo a Texcoco y me dejó con mi abuela. Pasaron muchos años sin que volviera a verla. -¿Quién te lo dijo?-Volvió a preguntarme, pero ya enojada. Sentí que yo tenía la culpa de haber descubierto su secreto, y al ver sus ojos mojados y fríos, me asusté.

-No, mamita yo no sabía nada.
-Cómo de que no. Eres una perversa. Has hecho todo este teatro para molestarme, para hacerme sufrir.

Yo me puse a llorar y la abracé. Ella no me creía ¿cómo convencerla? Me quitó de sus brazos y me dijo que no me quería ver. Se fue a su cuarto.

Lloré y lloré, primero por lo del secreto tan horrible que me había revelado y luego por su enojo injusto. Sentí  que ya no era su hija Sili, sino “la perversa”. Era una palabra fea y yo la imaginé como un disfraz espantoso que me cubría entera y que nunca me iba a poder quitar.

-o-

Estoy en la azotea. Sola. Ya pasaron tres días y mi mamá no me habla, ha de ser por lo del disfraz. Tú dime ¿cómo le hago para volver a ser yo? En la casa, ya se enteraron todos de lo que pasó. Me miran como si me acabaran de conocer. Tengo dos hermanos y una hermana. Aunque ahora ya no son mis hermanos, sino mis medio hermanos. Los veo y me pregunto ¿cuál de sus mitades es la mía?

Estoy más triste que nunca. Siento como alfileres por dentro. Hace rato que la vi, me dieron ganas de abrazarla y al mismo tiempo gritarle cosas feas. ¿Será que he empezado a odiarla?

-o-

Querida piedra:
Ya que están dormidos todos, regresé a escribirte otro cacho porque hay dos cosas en las que no puedo dejar de pensar.

UNA. ¿No se habrá inventado algo para que las personas se limpien por dentro y vuelvan a ser buenas? Quiero que mi mamá no tenga ninguna manchita en su vida.
DOS. ¿Qué quiere decir eso de que a las mujeres les da “calentura”?

-o-

Te lo dije, Kim es la mejor amiga del mundo. Ayer, al salir de la escuela, nos fuimos a la estación del tren. Ahí hay muchos árboles y casi no pasa gente. Le dije que me quería morir.

-Tú no te puedes morir, Sili, porque nos vamos a morir juntas. No se te olvide nuestro pacto. Además, acuérdate que cuando estemos viejitas vamos a vivir juntas y seremos unas viejas ambiciosas y pachonas.

Me hizo reír un rato, y ya luego le platiqué la historia de la hija de nadie y también que mi mamá no me quiere perdonar.

-Tú estás loca. ¿Cómo se te ocurre pedirle perdón? Si tú no hiciste nada.
-Pero ella no me habla.
-Pues claro. ¿Cómo crees que se siente? Está muerta de miedo y de vergüenza. No sabe qué decirte.
-¿Pero ella es mala?
-Mala o buena, a ti qué te importa. Es tú mamá.

Yo sentí que se me desataban muchos nudos y que por fin podía mover todo mi cuerpo. Las lágrimas se me salieron.

-¿Por qué lloras?
-Es que soy perversa y bastarda.
-Eres una mensa.

Me abrazó. No pude aguantarme y le conté lo que me dijo Rosa.

-Ya te dije que no te juntes con esa pinche loca. Pero eres una necia. La que está llena de caca es ella, por eso se le ocurren puras cochinadas.
-Pero lo de la calentura con los hombres ¿qué es?
-¡Yo qué sé! Ya no digas babosadas. Mira el cielo. ¿Ves esa estrella que está brillando antes de que oscurezca?

Vi la estrella en un cielo azul bajito. Tan bonita. Me sequé las lágrimas y le dije que sí con la cabeza.

-Pues así es la vida. Brilla siempre, para los que quieran ver hacia arriba.

Nos fuimos caminando por la vía del tren, abrazadas. Ya no me dijo nada. Cuando nos despedimos, vi en sus ojos negros una luz como la de la estrella.

Ahora me siento diferente. Aunque estoy triste, ya no tengo prisa de hablar con mi mamá. Tal vez ella también esté sufriendo.

-o-

Amanecí enferma de la garganta. Me quedé en la cama. Mi tía Amalia me llevó una taza de atole y se estuvo sentada conmigo, contándome historias. Ella es un ángel viejo. Tiene ochenta años y lo único que hace es querernos a todos.

Mi tía vivía en Oaxaca –Oaxaca de verdad, ¿eh?- y era muy feliz. Pero cuando mi abuelo abandonó a mi abuela con sus tres hijos chiquitos, mi tía dejó a su esposo para venirse aquí a cuidar a los hijos de su hermana, pues mi abue tenía que trabajar de obrera todo el día. Así fue como mi tiítza

Malacalafritza (así le decimos) se quedó en Texcoco para siempre.

Me dormí un rato. Cuando desperté, había mucho ruido en la sala. Eran canciones de Lucha Reyes. Pensé si habría fiesta o qué, pero no, lo que estaba pasando era que mi mamá invitó a sus amigas a tomarse unas copas y ya se habían emborrachado.

De pronto, entró mi hermana Elisa, que tiene 16 años y es muy seria, y me dijo: -Te habla mi mamá.
Me latió el corazón rápido. Tuve miedo de ir, pero también me imaginé que ya había decidido encontentarse y eso me alegró. Llegué a la sala. Ahí estaban sus dos amigas preferidas que a mí me caen muy gordas porque se emborrachan y dicen groserías. Mi mamá ya estaba tomada. Me dice:

-Ven acá. Acércate.

Obedecí. Ya sabes, con miedo y con la ilusión de que volviera a quererme. Sus amigas nada más se me quedaban viendo.

-A ver, hija, levanta la ceja, como tú sabes.

Quise salir corriendo. Me puse roja y me sudaban las manos. Yo no quería hacer eso, sentí que esas señoras se estaban burlando, pero me aterraba la mirada de mi mamá, así que lo hice.

-¡Cómo te pareces a tu padre, por eso te quiero!

Las viejas se rieron. Mi mamá me abrazó, empalagosa, echándome su aliento de alcohol. Me zafé y corrí a mi cuarto. Ahí estaba Elisa. Me vio llorar de coraje.

-¿Qué te hizo?

Me tiré en la cama escondiendo la cabeza en la almohada, y sin pensar en lo que estaba diciendo, repetí muchas veces:

-La odio, la odio…

Elisa me dio una palmadita en el hombro y antes de salir, dijo:

-No te preocupes, yo también.

Al instante dejé de llorar. ¿Por qué lo dijo? Ella sí es hija del esposo de mi mamá, ¿por qué iba a odiarla? ¿Acaso habría otro secreto peor que el mío?

Mi hermana se pelea mucho con mi mamá, es cierto, pero eso es porque no se deja. Le contesta, le pone cara, la desobedece y se dejan de hablar durante semanas y hasta meses. Eso ya es normal en la casa y yo no creo que sea la causa de su odio. ¿Cómo se atreve a decir que odia a su mamá?

-¡Pero si tú también lo dijiste! –escucho que me dice alguien dentro de mí. Dios mío, ahora sí soy una hija malvada. Pero no puedo arrepentirme de algo que sentí sin querer. Fíjate lo que me hizo, piedra, fíjate bien lo que me dijo. Me quiere porque me parezco a ese señor, no porque soy Sili. Y no le da pena decirlo frente a mí. ¿No sabe que me lastima? ¿No se da cuenta de que me da asco esa historia? Pues sí, la odio y también a él porque me trajeron al mundo para que yo me sintiera la peor de las hijas.

Es de noche. Mientras yo escribo, mi mamá sigue en la sala. Tiene la luz apagada y está sola. No sé lo que hace, pero hasta aquí escucho la música que ha puesto. Es un disco de Los Panchos.