Como yo te he querido

Erma Cárdenas fue la ganadora de los pasados Premios Demac 2007-2008 Biografías de Mujeres Mexicanas, con la obra que habla sobre la vida de Concepción Lombardo, pareja de Miguel Miramón…

Aquí te damos un avance del libro que en breve publicará Demac…

Como yo te he querido
Erma Cárdenas

Contraportada

Como yo te he querido es la historia de amor entre Concepción Lombardo y Miguel Miramón. Este general, también el presidente más joven que ha regido nuestro país, defendió a Maximiliano con una lealtad irreprochable. En aras de sus ideales sacrificó familia, riqueza y poder. 

Concepción lo acompañó a Querétaro y trató, por todos los medios, de salvarlo. Fue inútil. Se topó con la voluntad inflexible de Benito Juárez, a quien los propios conservadores le perdonaron la vida; sin embargo, el benemérito optó por olvidar tales minucias. En el Cerro de las Campanas fusilaron a tres incomprendidos: el emperador, Mejía y Miramón. Para premiar la valentía de este último, Maximiliano le cedió el sitio de honor, al centro. Su general, murió con un “¡Viva México!” en los labios.

Sabiendo que los liberales tachaban de traidor a su esposo, Concepción se propuso resguardar el nombre de este héroe.  Contaba con escasas armas, ya que apenas recibió una educación mediocre. Sin embargo, sus Memorias abarcan más de mil páginas. Sus palabras nos introducen en su intimidad, llena de dicha, sufrimiento, soledad y pasión. Con mano trémula, pero corazón firme, defiende al esposo. Tiene como meta que, en el futuro, nuestra Nación le haga justicia.  Ojalá sea así.

“No sé qué tarde de julio me encontraba paseando por el jardincillo, cuando vi detenerse un elegante carruaje tirado por briosos caballos y con criados de librea; corrí para avisar a mis hermanas y volví luego a la sala. Algo sobrecogida, dije al visitante: “Dispense, ¿con quién tengo el gusto de hablar?”.

—¿No me conoce usted? —clavando tus ojos negros en mi alma, proseguiste—:

Soy Miguel Miramón. Vengo a anunciarle que ascendí a general. Por lo tanto, le ruego cumpla su promesa de matrimonio.

Entonces se presentaron mis hermanas y yo toda cortada, contesté:
—Aquello lo dije sin pensar.

—Pues yo lo tomé muy en serio.

Saludaste a Lupe. Después, con voz clara:
—Le pido a usted, formalmente, la mano de Concepción.

Nos quedamos atónitas. Sin embargo, mi hermana no perdió la compostura:
—Vamos deje usted esas bromas y cuéntenos algo de sus batallas.

—¿Qué puedo añadir? Los periódicos ya la habrán informado de cómo andan las cosas —sonreías sin darte la menor importancia—. Ahora, mi único pendiente es conquistar esta plaza fuerte. Concha tiene que rendirse a mi asedio.

Notando mi incomodidad, cambiaste de tema. Y, ¿qué mejor que la política para no entrar en intimidades? Describiste la situación con mucho tino, subrayando como objetivo esencial la pacificación de México.

—Parece mentira… o pesadilla… ¡No podemos tener un gobierno estable!

Tras la Independencia, el país ha cambiado de presidente innumerables veces. Tantas que es difícil contarlas.

Al respecto, mi nana Lola (quien no se distinguía precisamente por su elegancia), comentaba: “A veces un hombre tarda más en vaciar los intestinos, que en la silla presidencial”.

Yo escuchaba la plática, pero mi pensamiento andaba por otros rumbos.

El sueño de despertar una pasión a toda prueba, renacía con ímpetu loco. Sentía miedo, atracción… subyugar a un militar de tan altos vuelos me mareaba. Eras el héroe del momento, el campeón de la Iglesia católica, aquél que, desde hacía años, me juraba amor. Siempre fiel.

Durante la despedida, tomaste mi diestra:
—Mañana vuelvo para que me dé su contestación. Y, le advierto, no acepto una negativa —después me contemplaste. Por un instante tus ojos se iluminaron—. Se lo suplico… acepte.

Comprendí que hubieras empeñado un mundo por rozar mi rostro con tus labios. La presencia de mis hermanas lo impidió.

Caminé la noche entera por mi recámara, ideando explicaciones, disculpas, razones, motivos…
 —¡Concha, ya duérmete!

Al amanecer me recosté unas horas y, al fin, escogí mi vestido: el azul, ribeteado con encaje; Mercedes me peinó. Cuando estuve lista, empapé mi cuello, las manos, la cara, en agua de azahar.

—Recibiré al general Miramón a solas —anuncié y, antes de que Lupe me contrariara, añadí—: ¡He roto mil convencionalismos! Una falta más, ni quien la note.

Mi hermana mayor, harta de luchar contra mí, hizo una última concesión.
—Te doy quince minutos; tiempo suficiente para que arregles tus cosas.

Después, entro a saludar.

A las ocho en punto, él y yo nos sentamos en la sala. Aguardé unos segundos y… abrí mi corazón.

Relaté mi entrada al convento, mi compromiso con Perry, la dificultad de romper con él.
—Todo lo sé.

—¿Por quién? —demandé sonrojándome.

—Por mi hermana —respiré más tranquila, porque Paz no ensuciaría mi apellido con bajezas—. Sin embargo, hay algo que no entiendo. Si no ama a ese inglés, ¿qué dificultad hay en que se case conmigo?

—Debo cumplir la palabra dada.

—Usted me dio palabra de matrimonio antes, señorita. Puso como condición mi banda de general. Aquí está —te abriste la guerrera y me entregaste el listón. Aquella seda, símbolo del más alto grado militar, tembló en mis manos—. Ahora le reclamo su promesa.

—No sé… no me decido.

—Entonces, permítame decidir por usted.

—No… tampoco. Necesito pensarlo. Deme usted tiempo… por favor.

—Veinticuatro horas, como plazo límite. Mañana vengo por la respuesta.

Esa vez no intentaste besarme. Tal frialdad me lastimó como si hubiera recibido una bofetada… y, a pesar de todos mis esfuerzos, las lágrimas rodaron por mis mejillas, aun después de que la puerta se cerró y me quedé sola.
 

¿Qué te parece? Escribe aquí tus comentarios o envíanos tus opiniones a diana.perez@demac.org.mx