Agradecemos mucho la colaboración de otra de nuestras Abuelas Atrevidas… Ella es Avelina, de 69 años “felizmente casada, madre de tres y abuela de siete…”, es abogada jubilada y aquí te presentamos su texto…
TERROR EN LA TERCERA EDAD.
Había llegado el día. No podía ni quería ya evitarlo. Desde hacía más de un año que pensaba en ello con miedo pero expectante y ansiosa.
¿Podría yo hacerlo como lo hice de joven? Después de todo no son lo mismo Los Tres Mosqueteros que Veinte Años Después.
Indudablemente el valor no me faltaba y seguramente que el amor supliría la amnesia provocada por el transcurso del tiempo.
Hacia treinta y dos años que yo no era tan osada, pero en aquel entonces no me habían preguntado, simplemente con la ignorancia de la juventud y con la ansiedad de la novedad, había resuelto mi absoluto desconocimiento y total inexperiencia.
Pero... entonces mis reflejos eran maravillosos, era una mujer joven y fuerte, de brazos firmes y paso decidido. Y no es que ahora fuera vieja, no, simplemente es que aquella había sido mi responsabilidad y ahora no lo era, aunque ambos fueran mis amores.
Ahora recordaba con ternura y una sonrisa aquella agua, que yo no sabía si estaba suficientemente caliente o si estaba fría.
Y el frío, siempre el frío. Yo tan friolenta, acumulando cobija tras cobija, hasta que el médico tuvo que llegar a quitarlas y a explicarme que los chinos medían el frío por el número de cobertores necesarios para quitarlo. Y hoy es un día tan frío. ¿Sabré medirlo o me volveré china?
Y el llanto. . . cómo me espanta el llanto. Lloro sólo de pensar en él, ya sea de hombre o de dolor, ya sea de cansancio o de sed. Ese llanto que preocupa y enternece, que cansa y exaspera y que en algunas casos te deja la tranquilidad de la señal de vida y salud, por su fuerza y espontaneidad.
Y el sueño... su sueño y mi sueño… y el cansancio de los dos. Hubo un primer tiempo en que su sueño era mi desvelo. ¿Soñaba o moría? ¿Por qué gemía? ¿Sufría o reía? Y mi sueño… siempre mi sueño, vivía con sueño, siempre sueño y más sueño, de ilusión por verlo y de cansancio.
Y la imaginación, siempre desbocada, sin freno, sin referencia con la realidad, ni con la referencia que no existía ni con la comparación, cosas con las que yo no contaba.
Y cuando consideraba que en mi madurez ya había superado todo ello, la vida me volvía a lo mismo. . . y además lo agradecía… y ponía veladoras y rezaba de alegría… y de angustia.
Así, con ese revoltijo de sentimientos, con decisión tomé mi bolsa, me puse mi saco y me dirigí a casa de mi hijo y de mi nuera, para cuidar por primera vez a mi primera nieta, de menos de un año de edad.
Avelina
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