Primer lugar, Premios DEMAC Querétaro 2008: Las Abuelas de hoy
Autora: Flor, seudónimo que ampara el texto Ana Paola, querida nieta de
María Antonieta Osornio Ramírez
Ana Paola, querida nieta:
En la frescura de mi jardín, mientras disfruto mirar una flor que desde hace días se abre poco a poco, te escribo esta carta. Con el simple hecho de pensar en ti el corazón, como esta flor que observo, se me abre y me doy cuenta de que tu presencia me inspira para disfrutar todos los detalles y momentos que la vida me ofrece, especialmente aquellos que he vivido a tu lado.
Nena, (como te llamo de cariño) recuerdo muchísimos momentos donde, sin que tú lo supieras, fuiste mi pequeña gran maestra. Me diste mi primera lección y una de las más importantes a mis 39 años, el día que naciste. Estaba sentada en el hospital a la expectativa de tu nacimiento. De pronto apareciste envueltita en una cobija, muy pequeñita y frágil. Al tenerte en mis brazos sentí un amor indescriptible y misterioso. En esos momentos descubrí que como un regalo venías a encender mi corazón de una energía hasta entonces desconocida para mí, el amor de abuela a nieta. No, no había vivido nada igual… era un sentimiento completamente nuevo que me inundaba por completo. Me sentí llena de dicha y felicidad, de agradecimiento hacia tus padres por haberte dado la vida, y hacia Dios por la generosidad inefable de ese momento. Me sentí agradecida hacia mí misma por estar viva e inundada de amor. ¿Podría haber lección y experiencia más grande que eso?
Ana Paola, cuando llegaste a mi vida descubrí que tu vida para mí era una enseñanza, un reto y al mismo tiempo un gran regalo.
Esto que te voy a contar quizás no lo recuerdes pues eras sumamente pequeña pero hoy en esta carta te lo comparto como otro de los momentos más conmovedores de nuestra relación. Tenías un año y medio y con la seguridad que te daba el ya saber caminar, te acercaste a mí, mejor dicho, a mi silla de ruedas. Chiquita, desde allá abajo, volteabas tu carita mirándome con una expresión que decía: “¿por qué no me cargas como todos los demás?”. No podía explicarte con palabras… parecías demasiado pequeña para entender que no podía moverme, que esa silla de ruedas no era un carrito con el que jugaba, sino la única forma de movilizarme por la casa.
Así que sólo te miré con el profundo amor que te tengo, imposibilitada de tomarte en mis brazos pero amándote con el corazón entero. Entonces así, chiquita, empezaste a escalar por los barrotes de mi silla, conquistando mi regazo como si fuera una montaña a la que se llega con dificultad pero con empeño y decisión. Con mis brazos débiles te sostuve hasta que llegaste a la cima y entonces, me rodeaste con tus bracitos suaves y tiernos. Fue nuestro primer abrazo de corazón a corazón, el primero de muchos que hasta la fecha nos seguimos dando, siempre: de corazón a corazón.
Ese abrazo fue la primera palabra de un lenguaje que construimos juntas, de juegos y preguntas, de canciones y miradas, de sonrisas y carcajadas, de sentir y disfrutar nuestra mutua compañía.
Me decidí a que vieras mi realidad extraña y compleja como algo normal. Sin muchos rodeos te conté que estaba confinada a esa silla de ruedas pues había tenido un accidente al saltar de un paracaídas. Debido a ese accidente ya no pude volver a moverme. Pero tu insistías en intentar que me moviera, así que me mostrabas tu manita, abriéndola y cerrándola mientras me decías: “así, abuelita, mira qué fácil es”. Y después, sin cejar en tu empeño, manipulabas mis dedos convencida de que en algún momento habría de moverlos como tú. Admiraba tu persistencia y me conmovía tu deseo de verme algún día en movimiento. De alguna forma tendría que mostrarte que el ser humano tenía muchas formas de moverse, que con el cuerpo era una de ellas, pero que los sentimientos, las acciones, las intenciones, los ideales y las conquistas de esos ideales eran aún otras formas de movimiento. Tendría que mostrártelo con mi propia vida, con mi actitud y mis actos, con el ejemplo que pudiera ofrecerte.
¿Te acuerdas como adaptamos el cuento de la caperucita roja? Nuestra caperucita le llevaba galletas a su abuelita que estaba en cama pues se había caído del paracaídas. Y después surgió una canción que tú fuiste la primera en escuchar y más adelante cada uno de mis nietos. La canción de la abuelita que se había caído del paracaídas.
¡Qué lección Ana Paola! Transformábamos mi dolorosa realidad en un juego que me hacía sonreír junto a ti, que nos hacía compartir canciones y cuentos. Convertimos mi silla de ruedas en un carrito divertido de manejar y que a los cinco años ya conducías con destreza, sentada en mis piernas. ¡Cuánto disfrutaba esos momentos! Mi discapacidad nunca nos impidió jugar a lo que juegan todas las niñas con sus abuelas, a las escondidillas, a las princesas, a la comidita, a brincar carcajeándote en mí cama y yo me dediqué a hacer lo que hacen todas las abuelas: complacerte y gozarte.
Muy pronto, en un cerrar de ojos, pasaste de ser una bebita a una niña y tu conciencia de mi realidad cambió. Dejaste de subirte a mis piernas para divertirnos manejando la silla. El juego se transformó en la conciencia del servicio a los demás. Fuiste a verme a la fundación de discapacitados a la cual tenía dedicada mi vida en el servicio. Rápidamente se despertó en ti un afán personal de servir a los demás. Me preguntabas qué podías hacer y yo te daba encargos sencillos pero que eran de gran ayuda para muchos de los discapacitados que asistían a la fundación. Algo tan fácil y sencillo como caminar de un lado a otro, mover una cuchara, acercar un utensilio, cosas que tú como niña podías hacer, servía a otros que no lo podían hacer. Tu altruismo innato me cimbró de emoción el día que sacaste de tu mochila de la escuela un montón de monedas. Eran tus ahorros que venías a donar a la fundación. Tu conducta en el lugar encarnaba de manera sencilla pero profunda una de las enseñanzas más difíciles de transmitir: el servicio desinteresado.
Hoy, querida Ana Paola, ya has traspasado las puertas de la adolescencia, y en nuestro propio lenguaje, ese de corazón a corazón, seguimos hablándonos las cosas y compartiéndonos lo que somos. He sido testigo de momentos amargos y dolorosos de tu vida, que aunque joven, has tenido que atravesar y crecer con ellos. Te he visto luchar y sobreponerte a la adversidad siempre con tu gran corazón por delante, ese que desde que eras pequeña me mostraste. Hemos, en metáforas y cuentos, aprendido a tomar las duras lecciones de la vida, a aceptarlas y moverlas a un nuevo espacio. Tú, en tu propio camino, yo, en el mío. Sin duda, mi querida nieta, vienes de un linaje de mujeres fuertes, como tu madre, como tu bisabuela, como yo misma. Tú, Ana Paola, eres una mujer fuerte y al mismo tiempo de un gran corazón.
Te has convertido en una joven que empieza a descubrir nuevos aspectos de la vida y de sí misma y que, es natural, experimente cambios en su personalidad y en su cuerpo. Te percibo inteligente, sensible, profunda, con una gran sed de saber que se refleja en tu afición por la lectura, y al mismo tiempo tímida e introspectiva. Tu proceso de crecimiento se echó a andar desde hace mucho a pesar de tu juventud. Hoy te veo como un gran ser humano, fortalecida por la vida, y decidida a lograr cuanto te propongas, apoyada en tus principios y valores. Como esta flor que admiro en mi jardín abrirse poco a poco cada día, me asombro de verte florecer, pura, honesta, amorosa, leal a ti y a lo que eres.
Ana Paola, querida nieta, cada mañana te bendigo y cada noche estás en mis oraciones. Cuentas con mi apoyo incondicional, con mi presencia constante y con la fuerza de mi amor que confía en que sabrás librar los retos y dificultades que la vida te ponga enfrente y podrás construir en el amor. Me siento profundamente orgullosa de ti.
Te amo siempre,
Flor.