
“Me escriben los industriales de la belleza, para que compre mi derecho a ser la codiciada propiedad del otro”…
Patricia Medina.
Directora del proyecto “La mujer rota” y Directora editorial de Literalia Editores
Texto presentado el pasado 9 de marzo, con motivo de la celebración del Día de la Mujer en el CERESO de Puebla.
No estoy aquí, en Guadalajara ni en México ni en espacio alguno del mundo. Estoy sentada sobre la silla de la historia que conozco, que he vivido, que quisiera protagonizar. No es diciembre ni es el siglo XXI, ni es mi mano la que traza la letra, la línea, la palabra, una detrás de la otra para hacer el tiempo visible. No están a mis espaldas, atisbando ni Rosario ni Anaís ni mi abuela, que sentencia: ¿qué esperabas de la vida si eres burra y fea? Escribo a un lado del hombre que se queda roncando en la mitad de mi verbo, después de haber eyaculado sobre mis piernas. Me escribe la máquina, los ojos que me miran mirar, la piel que desgarró el bisturí y que zurció la bondad de otras mujeres; me escribe el corazón tieso de tanto palpitar el dolor propio y el ajeno, la desmesura y la incredulidad. Dios me escribe la buenaventura de este día que celebramos las que no fuimos hechas a su imagen y semejanza, porque parimos, nos parte en dos una vagina, amamantamos al mundo con nuestros pechos. No, Dios no fue hecho a nuestra semejanza y sin embargo me escribe la palabra felicidad en el rostro, para que quede constancia en la foto –para la posteridad. Me escribe mi padre, que se murió a los treintaiocho por una cirrosis galopante, que nunca me dio beso ni golpe, pero que me dejó dicho con los padres de las otras mujeres mis encomiendas, mis deberes, los cuales no escribió cabal mi vida y que por poco me causan la muerte. Me escribe el cura, que metía su mano entre mis piernas mientras invocaba a Dios y conjuraba el pecado. Me escribe mi hermano, con sus ojos lascivos en los días de guardar su semen en mi vientre. Me escriben el abarrotero, el vecino, que me sabían sola e indefensa a los seis años. Me escribe la monja, que en el nombre de Dios me condenó por no pagar los santos diezmos. Me escribe un juez que dicta sentencia y me arrebata la custodia de mis hijas. Me escribe el odio y un enorme deseo de venganza: ¿Ya sabía usted que escribió mal su libreto? ¿No entendió lo que decían sus parlamentos? ¿No estaban claramente escritos sus diálogos, señora? Me escribe la señora que fui, que nunca tuvo rostro, que fue alabada por parir y vituperada por no guardar el equilibrio y oler a alcohol. Me escribe el hombre, que endulza mi oído para obtener mi sexo, que cree que lo único importante para mí es el tamaño de su pene. Me escriben los industriales de la belleza, para que compre mi derecho a ser la codiciada propiedad del otro. Me escribe mi cuerpo, que me dice: no hay soledad si tienes a la palabra, no hay injusticia si la puedes nombrar, no hay injuria si se puede escupir. Me escribe mi mano, que me dice: a veces se hace tarde porque se aguarda demasiado al otro, pero barre tu silla, lava tu espacio y ponte a escribir el aire que es tuyo, la vida que es tuya, el amor que siempre te ha pertenecido. Me escribe la precisión de esta hora en que rebasé los sesenta con una frente tan corta y una espalda tan larga. Estoy desnuda y ya comienza el calor. Los laberintos de la escritura se pierden en todas mis edades, entre todos mis libros, mis lápices, mis vestidos. Soy la inquilina de mi escritura y la heroína de mi propia película, ¿verdad que sí, Sor Juana? Soy mis tres hijas que me nacieron con la cara lavada y la mirada al frente, soy la escritura de todas mis congéneres y sus horas de retorcer la vida para obtener su jugo. Gracias. Escritura de todas, en todo, para todo; para salvarme y perderme, para matarme y hacerme resucitar. Escríbanme lo que he querido escribir y no pude, lo que el silencio hizo vestíbulo del triunfo donde se cultivó mi ser. Felicidades a todas las mujeres, escriban o no, estén rotas o no, lo sepan o no. Ustedes me escriben, y yo, por ustedes, en este día interminable, escribo…
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es inevitable identificarse
Por Karen Merklina (no verificado)es inevitable identificarse con algunas de las palabras, ¿por qué? porque también soy mujer y desgraciadamente todas hemos sufrido algo de eso